Por: Por Claudio Camilo
El peronismo bonaerense se encamina a un nuevo proceso interno que, si se respetan los plazos, desembocará en el día 15 de marzo con la elección de autoridades partidarias provinciales de los 135 distritos. El 8 de febrero vence el plazo para la presentación de listas y, como siempre, ya empezaron las roscas, las llamadas subterráneas, las operaciones y los intentos de “ordenar” lo que en realidad debería ordenarse de otra manera: con votos.
Porque digámoslo sin eufemismos: al peronismo no lo está dañando la competencia. Lo está dañando el miedo. Miedo a perder, miedo a quedar expuestos, miedo a que la militancia hable… El miedo a las urnas. Y un movimiento que le tiene miedo al voto deja de ser movimiento para convertirse en aparato.
El peronismo es, por definición, un hecho colectivo. Juan Domingo Perón fue terminante cuando afirmó que su único heredero era el pueblo. Sin embargo, desde hace años se intenta reemplazar al pueblo por mesas chicas, sellos, lapiceras y acuerdos de cúpula que se venden como “unidad” pero que en realidad son uniformidad forzada. Y esa receta ya fracasó. A nivel nacional, provincial y también en Junín.
Junín: cuando se clausura la democracia, se clausura la esperanza
Junín es un espejo incómodo. Acá también se bajaron internas, se bloquearon listas, se impusieron candidatos y se exigió disciplina sin debate. ¿El resultado? Un peronismo cada vez más lejos de la sociedad, cada vez más encerrado en sus problemas y cada vez menos competitivo electoralmente. No es casualidad. Cuando no se deja elegir, la gente deja de creer. Las conducciones que temen al voto no buscan fortalecer al peronismo: buscan preservarse a sí mismas. Y ese es el camino más corto a la irrelevancia.
Una crisis que no se resuelve con silencio El peronismo viene de derrotas duras y de errores propios. El gobierno de Alberto Fernández fue la síntesis más clara de una conducción débil, sin autoridad política real y sin rumbo. Fue el producto directo del verticalismo sin consenso, del “ordenamiento” sin legitimidad. Y terminó como terminan siempre esas experiencias: mal.
Hoy, mientras la Argentina es gobernada por un presidente que desprecia al Estado, ajusta sin anestesia, recorta a los más vulnerables, destruye pymes, empleo e industria y pretende avanzar con una reforma laboral regresiva, el peronismo sigue sin ofrecer una alternativa nítida, potente y creíble.
No alcanza con denunciar a Milei. No alcanza con la nostalgia. No alcanza con los apellidos. Hace falta conducción. Y la conducción no se autoproclama: se gana.
Basta de peronismo sin peronistas
No se puede construir una alternativa popular con partidos vaciados de participación.
No se puede hablar en nombre del pueblo negándole el derecho a elegir. No se puede recuperar credibilidad sin animarse al veredicto de las urnas. Habrá dirigentes con experiencia. Habrá nuevos nombres.
Habrá proyectos mejores y peores. Habrá tensiones. Todo eso es sano. Lo que es enfermizo es seguir pateando las internas, seguir armando listas entre pocos y seguir culpando a la militancia de los fracasos de las conducciones.
El peronismo no está en crisis porque discute. Está en crisis porque dejó de discutir en serio.
Votar no divide: ordena
La interna no es el problema. Es parte de la solución. El problema es la trampa de una falsa unidad que solo sirvió para esconder diferencias, tapar errores y sostener liderazgos agotados.
Después del voto vendrá lo más difícil: construir síntesis, integrar, aceptar resultados y tener la grandeza política de que el que gana conduzca y el que pierde acompañe. Eso casi nunca se cumplió del todo. Pero sin elecciones, ni siquiera existe la posibilidad.
El peronismo bonaerense y el de Junín tienen una oportunidad. Incómoda. Riesgosa. Impredecible. Pero real. Dejar hablar a los peronistas.
Porque si el peronismo no se anima a democratizarse, otros van a seguir decidiendo el país. Y no precisamente para mejor.