martes 3 de marzo de 2026

LOCALES | 1 mar. 2026

JUNIN CRECIO A SU RITMO

Día del Ferroviario: cómo festejar un saqueo

En una ciudad como Junín, cuna de talleres ferroviarios que llegaron a albergar a 5.000 trabajadores y marcaron el pulso productivo regional, la conmemoración interpela más que nunca: ¿celebración o memoria crítica de un desmantelamiento que cambió para siempre el mapa social y económico del país?


Por: Redacción Semanario de Junín

La historia de los ferrocarriles está íntimamente ligada con el desarrollo de la Argentina y su inserción en el mundo. También con la historia — hoy casi “muerta”, si se permite el término— de nuestro distrito, que creció más que otros de la región justamente por haber tenido en su seno talleres ferroviarios que dieron trabajo, identidad y horizonte a miles de familias.

En ese contexto, la pregunta resulta inevitable: ¿acaso podemos festejar el Día del Ferroviario? Ni siquiera podríamos estrechar la mano de los antiguos trabajadores del riel sin que se nos caiga la cara de vergüenza por la responsabilidad compartida en un proceso de desmantelamiento que atravesó gobiernos de distinto signo, desde la dictadura iniciada en 1976 hasta las privatizaciones de los años noventa.

DE MOTOR DEL PAÍS A SISTEMA EN RETROCESO

El ferrocarril fue palanca del desarrollo y del poblamiento del territorio. Su nacimiento formal se remonta a 1854, cuando se acuerda la concesión para construir una línea desde la ciudad de Buenos Aires hacia el Oeste. En 1857 se inauguran los primeros 11 kilómetros entre las estaciones del Parque y Floresta. Para 1870 ya existían 722 kilómetros de vías.

El impulso inicial estuvo fuertemente vinculado a capitales británicos y franceses. Tanto fue su impacto que un diputado de la época afirmó en el Congreso que los ferrocarriles habían hecho más por la unidad nacional que muchas leyes dictadas hasta entonces. No era una exageración: las vías unieron regiones productivas, facilitaron el comercio y consolidaron la integración territorial.

Hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, la red argentina rondaba los 50.000 kilómetros, ubicándose entre las diez más extensas del mundo. En 1947, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, el Estado nacionalizó las compañías ferroviarias de capital francés e inglés. Aquella decisión, respaldada por amplios sectores sociales, consolidó la idea del tren como servicio público estratégico.

DESMANTELAMIENTO Y PRIVATIZACIÓN

El punto de inflexión llegó con la dictadura iniciada en 1976. En el marco del plan económico impulsado por Alfredo Martínez de Hoz, comenzó un proceso sistemático de cierre de ramales, estaciones y talleres, acompañado por el despido de más de 50.000 trabajadores.

Durante el gobierno de Raúl Alfonsín no se logró revertir la tendencia. Y en la década de 1990, bajo la presidencia de Carlos Menem, se concretó la privatización integral del sistema. La frase “ramal que para, ramal que cierra” sintetizó una política que terminó de desarticular el entramado ferroviario nacional.

Las consecuencias fueron profundas: pueblos que quedaron aislados, economías regionales debilitadas, migraciones forzadas hacia grandes centros urbanos y la pérdida de servicios sociales asociados al tren, como los trenes sanitarios o los llamados trenes aguateros. El ferrocarril dejó de concebirse como herramienta de integración para convertirse en una unidad de negocio sujeta a rentabilidad.

EL IMPACTO LOCAL

En Junín, donde los talleres ferroviarios supieron ser un emblema productivo y cultural, el golpe fue directo. No se trató solo de empleos perdidos, sino de un entramado social que se deshilachó. Comercios, barrios enteros, clubes y tradiciones estaban ligados al movimiento del ferrocarril.

Hoy, el sistema ferroviario argentino exhibe deficiencias estructurales que se traducen en servicios saturados y episodios recurrentes vinculados al deterioro de infraestructura. Los trenes funcionan —cuando lo hacen— bajo una lógica que ya no prioriza la integración territorial sino la ecuación económica.

La Argentina destina al transporte un porcentaje del PBI significativamente superior al de países como Canadá o Australia, lo que reabre el debate sobre eficiencia, planificación y prioridades estratégicas.

En una ciudad que creció al ritmo del silbato de locomotoras y del martillo en los talleres, el Día del Ferroviario no puede reducirse a un saludo protocolar. Es, ante todo, una jornada de memoria y de interpelación política. Porque los ferrocarriles no se deterioraron por fatalidad técnica sino por decisiones concretas. Y si el desmantelamiento fue resultado de voluntades, también lo será cualquier intento serio de reconstrucción.

Celebrar sin revisar esa historia sería, en definitiva, convalidar el saqueo.

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