Por: Ismael A. Canaparo
Murió Horacio Oscar Barrionuevo. Falleció Taqueta y no puedo dejar de suponer que se trata de dos cosas: o bien es un error que él se haya muerto o bien es un error que los demás sigamos vivos. En estos tristes momentos uno se pone a pensar qué hubiera sido del fútbol en toda su dimensión si El Maestro nunca hubiera existido.
La extensa nómina de amigos que han quedado en el camino comienza a ser tan insoportable, que había decidido no escribir más obituarios de gentes queridas. No solamente porque hacerlo no me produce ninguna liberación, sino también porque cuando llega el final del camino, por cercano y previsible que fuere, necesito un tiempo para pensar. En este caso puntual, para Taqueta y para mí. Pero los muertos famosos son noticia y como a tales se les mira con ojos urgentes.

Para enorme tristeza de hoy, se me ocurre una única consigna: "Se prohíbe todo sufrimiento porque a partir de ahora, Barrionuevo es futuro", y así ha iniciado un viaje intemporal por sus orígenes en catalán con "Ara que tinc vint anys" (1967), su salto al castellano con "La paloma" (1969) y su acercamiento a la poesía de Miguel Hernández y Antonio Machado, también por parte de sus discos de los primeros años 80 y, de ahí, a su obra más reciente.
Taqueta, el poeta del fútbol, que tuvo la osadía de morirse para recordarles a todos que estaba vivo, acredita hoy el dudoso privilegio de la reivindicación post mortem. Una reivindicación que lo excede, sin duda, y lo ubica como uno de los tantos ejes posibles de esa entelequia que llaman “las décadas del 50, 60 y parte del 70”. Redescubrir hoy al “engominado” Barrionuevo, como lo llamaba Daniel Willigtón, su gran amigo de ironías con la pelota, uno de los fundadores de la belleza del fútbol en Sarmiento, admite la ventaja y el riesgo de la perspectiva: ese pedazo de historia (familiar, amateur y profesional, social), bien juninense, pasó por el tamiz de la gélida décadas pasadas y llegó a estos días con la única certeza de la utopía perdida.