Junín. miércoles 21 de octubre de 2020
Semanario de Junín » Cultura » 23 sep 2020

CUENTOS EN PANDEMIA

Espléndido

El texto fue presentado en el último certamen denominado “Cuentos en pandemia”, organizado por el Frente de Todos de Junín y la Fundación Ciudad Abierta.


Por Fer Somoza (*)

El viejo me llamó y me dijo que quería hablar conmigo. Le dije una, dos, cuatro y ocho veces que no podía, que no me dejaban ir.

Le expliqué con lujo de detalles que no nos podíamos juntar porque la pandemia, el murciélago, el Presidente, el intendente y hasta el delegado del pueblo de al lado; tenían un miedo bárbaro de que el virus nos atacara.

Y él, que nunca creyó en nada y que siempre fue más testarudo que la hostia, no me creyó. Me colgó y a los dos minutos me volvió a llamar.

Creo que fueron cinco veces que me hizo lo mismo. Insistía en que fuera, que era una sorpresa, que me tenía que contar algo, que estaba “podrido” de que yo no pasara a verlo y que iban más de dos semanas que no nos juntábamos cuando habíamos quedado que los martes y los sábados yo iba y le hacía el café turco que le gustaba.

¡Qué va a entender! En los últimos años, se había puesto cada vez más caprichoso y a la vez, a mí no me cabía más paciencia porque me la habían consumido por completo los cuatro pibes que alguna vez crié y ahora tampoco tenían tiempo para pasar por lo del abuelo y llevarle alguna cosita, una boludez; pero que sintiera que no lo habíamos abandonado.

Yo ya había dejado de mirar la televisión en este año “virosabático”,  me había acostumbrado al encierro. Escuchaba música, leía diarios y revistas de toda época y cada tanto revisaba algunas fotos de antaño.

Y el viejo otra vez llamando.

Me puse firme y le di todo un argumento de por qué no iría a verlo. Que había que cuidarlo y que había que cuidarse y que la única salida era: “Quedarse en casa”.

Que no había vacuna, ni paliativo, ni “inmunidad de rebaño” y que hasta que no bajara la “estadística de contagios versus la densidad de población”, no teníamos más opción. Listo.

“Vino la vieja, pelotudo”, me dijo bajito y colgó.

“Jodeme”, pensé para mis adentros. Y aun sintiendo el mayor respeto por la investidura Presidencial, me calcé los guantes, la gorra de lana, la campera roja y con el tapabocas colgado de una oreja; me eché un poco de perfume y salí en la bici.

Por un momento me di cuenta de que todas las excusas que buscaba antes para no ir a visitar la casa eran de “mal llevado”. No era tan lejos, aunque las cinco cuadras que pedaleé para llegar me dejaron muerto de frío.

La puerta estaba abierta y los dos estaban sentados uno al lado del otro con las manos entrelazadas, rumoreando cosas inentendibles y casi no advirtieron mi presencia.

Mi vieja se había ido poco después que yo me casara con Mónica.

Al viejo nunca le vi ni una mueca que diera la pauta de que la extrañaba. Pero tampoco parecía feliz de que lo hubiera dejado así sin más.

Yo en ese entonces estaba demasiado ocupado con mi nueva y corta vida de casado y recién me di cuenta de la falta de mamá cuando me separé y por unos meses caí otra vez en la casa de siempre.

Creo que no hubo un solo día en que no pensara si ella estaría bien y ahora los veía a los dos ahí.

¡Y de la mano!

Como si el tiempo se hubiera parado. Me vino a la memoria aquel día en que mi viejo me mostró la carta de despedida que le había dejado. La leímos sentados en la estación del tren que ya ni pasaba por Junín.

Y otra vez ahí, ellos dos.

Miedoso como siempre, ni me acerqué pensando que podía llegar a contagiarlos y por un momento me sentí bastante insensible. Pero corría el riesgo de que los abrazara y los perdiera.

Ni me acuerdo si sonreí o fue una seña grotesca la que les devolví cuando me miraron con sorpresa, como si los hubiera “pescado” en la cursilería de un pecado de juventud.

Volví sobre mis pasos y salí corriendo una cuadra hasta la plaza 9 de Julio, me saqué la gorra para poder llenarla de unas naranjas amargas que jamás había vuelto a juntar y que me parecían todavía más grandes y más anaranjadas que nunca. Y otra vez me babeé al recogerlas, como si sintiera en mi paladar esa cruel acidez.

Arranqué exactamente doce, las “menos sucias y lastimadas”, como siempre me la pedían. Corrí de nuevo a la casa, revoleando la gorra estirada por el peso y cuando entré charlaban frente al fogón y el mate estaba listo.

“¡Te traje para que hagas tres frascos!”, le grité a la vieja e imitando la voz de papá le dije a carcajadas: “Hay pa’cer dulce” y los dos se miraron cómplices como cuando me “paveaban” por algo.

Y ahí estaba yo, parado bajo el dintel sin entender que pasaba, pero contento de que pasara. Mirando ese cuadro que jamás pensé que algún día se repetiría.

No podía creerlo. La vieja y el viejo juntos de nuevo. El olor a las brasas, a las naranjas, a la ruda  de la entrada. Hasta creo haber oído algún vago sonar de la sirena del ferrocarril, que quizás haya sido para mandarnos a todos a “guardarnos” para que ningún virus nos contagie y ahí me di cuenta que yo mismo estaba en falta con la cuarentena.

Y a pesar de la negrura de un confinamiento sin horizontes, presos de un enemigo invisible que casi nadie conocía, pero del que todo el mundo -literalmente el mundo- hablaba, yo no recuerdo otro momento en el que me haya sentido más espléndido.

Eso mismo. Había encontrado la palabra para describirme: “Espléndido”. De esplendoroso, de esplendor, de sentir que todo brillaba otra vez, como si fuera el azúcar, rompiendo la amargura de las naranjas para hacer el dulce que tanto me gustaba.

Y en medio de estos juegos telepáticos y febriles, los dos se pusieron frente a mí y justamente (mirá vos) me dijeron: “Estás espléndido”. Y entre la emoción y la sorpresa… Ahí sí; me olvidé del barbijo y de todas las distancias, de los consejos y de las prohibiciones. En tres pasos largos los alcancé y los abracé, tan pero tan fuerte, que se esfumaron para siempre.

(*) El texto fue presentado en el último certamen denominado “Cuentos en pandemia”, organizado por el Frente de Todos de Junín y la Fundación Ciudad Abierta.




 

 

 

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