Pareciera que aquello que uno posee o disfruta, sólo lo siente ante su ausencia. Algo así vivió este escriba, al caminar nuevamente por el Borchex, uno de los espacios verdes más amplios y acondicionados para la recreación, la caminata o la práctica de numerosos deportes. Agosto entregó un solcito envidiable y dio para aprovecharlo.
Fueron cientos los que pensaron igual, porque la de este jueves se pareció a otras jornadas, de tiempo no muy lejano y de otra normalidad. Una abuela le saca fotos a su nieto, que adaptó un eucaliptus cortado para que sea la mesa de sus muñequitos, mientras sus hermanas whatsapean recostadas en el mantel, convertido en alfombra.
El nivel del agua del canal del Salado parece alto, pese a la sequía invernal. Tres adolescentes interrumpen su trote, alarmados por Simba, el labrador que debe creerse Simbad, el Marino, nadando en medio del río y desobedeciendo los gritos. Ajenos a todos, las cotorras discuten sus diferencias como siempre, a puro grito.
En la pista de atletismo, el pasto luce corto y cuidado, y aunque no están marcados los carriles, sobresalen las indicaciones de Gerardo González, de la Escuela de Atletismo Galas de Junín, que acomoda unos conos, mientras unos diez, doce chicos aguardan prestos para hacer pasadas. Un nuevo portón, era hora, reemplazó a los viejos alambre que hacían las veces de acceso.
Los caminos rectificados, un poco más amplios que, -si bien podrían haber quedado mejor, más parejos-, mejoraron el tránsito, especialmente para los grupos; hay algunos arbolitos nuevos, de reciente puesta, aunque faltarían unos cuantos más, especialmente luego de la tala casi desproporcionada que se hizo de los eucaliptus, hace algunos años.
Es una lástima que entre las pocas mejoras, no se incluyeron las pérgolas, que hace añares desaparecieron, junto a algunos bancos de cemento, donde la gente solía tomar mate. Los ciento y pico de días de cierre y unos pocos palos hubieran alcanzado para solucionar el faltante.
Los juegos siguen sin poder usarse, y así lo advierten los carteles, tampoco está autorizado el fútbol pero un grupo de adolescentes desafían la prohibición, unos pateando solos y otros, en la canchita que da al río, jugando un improvisado partido, al menos hasta que alguien les diga que no pueden. Un grupo de amigas conversan mientras caminan, acompañadas de un par de galgos con capitas. Al lado, dos perros más, comparten la caminata grupal, acompañando a sus dueñas.
Varios runners, incontables caminantes, algunos ciclistas, papás con hijos, chicos en bici, y muchos con mates, desparramados en los círculos al sol de agosto, fueron una postal que parecía olvidada.
Es la nueva normalidad, pero volver al Borchex aunque sea así, a disfrutar la transpiración y el dolor de músculos que uno creía habían desaparecido bajo la quietud obligada, hacen que uno se olvide de todo. Hasta del coronavirus.