La maravilla de la tecnología nos permitió sortear el encierro del coronavirus y la lejanía. En esta nueva realidad, las redes sociales abrieron nuevas ventanas, cobraron vida las clases por zoom y hasta se crearon nuevas actividades por internet. Ahora, con el lento retorno a la vieja normalidad, algunos de aquellos beneficios comenzaron a inquietar.
En muchas actividades, el cambio llegó para quedarse y nos dimos cuenta de que quedamos abandonados, a que del otro lado del mostrador no haya un solo ser humano para resolver nada.
Esa tendencia, que había empezado, se acentuó y ahora hay ‘mucho online’; todo es virtual, desapareció don Cosme, que te pesaba el kilo de papas y te hablaba de la vida: En este nuevo mundo nadie escucha, nadie ve y vos estás solo con tu alma, preguntándote qué es lo lindo de todo esto, qué premio te dan por tu pasividad, por esta nueva esclavitud, por quedarte mirando cómo la vida pasa por la web y los algoritmos bucean en tus deseos.
En la oficina de reclamos, un contestador lo primero que te pide es que informes tu número de NIS. No sos más José Pérez, ahora estás en el mundo digital, donde la existencia quedó atrapada en el mundo binario de los ceros y los unos.
La batalla está perdida y no se trata de emprender una nueva cruzada contra estos modernos molinos de viento. Sin duda la digitalización está produciendo grandes beneficios desde que irrumpió con fuerza, allá por los años noventa del siglo XX, pero también plantea problemas que urge abordar, ¿está para solucionarnos la vida o, con ese paradigma, también nos está sometiendo a una peligrosa comodidad y superficialidad? Nada es gratis en la góndola de Google y en las ofertas de canalizar la vida por la web.
Cada vez cuesta más leer un libro o un artículo extenso, resulta difícil concentrarse y navegar sin entrar a fondo en ninguno de ellos; son usuales las discusiones por falta de comunicación en una mesa, por prestarle atención a la pantalla. Wikipedia nos hace médicos en un minuto y Google Earth Flight Simulator, comandantes de Aerolíneas en sólo un par de segundos.
La transformación digital es irreversible, el nuestro ya es un mundo digital, y no solo porque los nativos digitales no pueden imaginar otro diferente, sino porque los inmigrantes digitales nos hemos metido en él, aprovechando los beneficios que proporciona.
No obstante, urge reflexionar sobre las metas de la transformación digital y sobre el modo de alcanzarlas, descubriendo sus ventajas y también los problemas que plantea. Porque es imposible predecir el curso que van a seguir los avances tecnológicos, pero sí que podemos anticipar para qué mundo las queremos.
La mente humana es limitada. Es maravillosa en muchos aspectos, pero tiene puntos débiles. Ahora que sabemos que la tecnología ha cruzado esa barrera, nuestro entusiasmo ha disminuido porque es algo que ya no podemos controlar.
LA PEOR VERSIÓN
Cuando nuestra atención se interrumpe repetidamente, nos distraemos más. Nos convertimos en la peor versión de nosotros mismos. La tecnología nos cambia. Y eso ocurre constantemente y cada vez más. El mejor ejemplo son las redes sociales, que facilitan ese proceso.
Cuando competimos por la atención -likes, comentarios, shares- comenzamos a "decir" cosas distintas, a usar otro lenguaje. Publicamos fotos que llaman más la atención, somos más extremos cuando debatimos cuestiones políticas... todo eso beneficia a los algoritmos.
Mientras las fuerzas del mercado avanzan con las nuevas tecnologías a su favor para incrementar sus ventas y a los analistas les fascina buscar nuevas maneras para transformar esas tendencias en dinero, quienes piensan en los beneficios, no están teniendo en cuenta algunas de las consecuencias. Y es por eso, precisamente, que urge pensar otro modelo, un cambio, que debiera empezar por uno mismo.