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Sería irrespetuoso olvidar a Eusebio… - Semanario de Junín

LOCALES | 15 MAR 2022

MARCILLA, 69 AÑOS DESPUÉS

Sería irrespetuoso olvidar a Eusebio…

“El caballero del camino, el de Junín ha muerto. Vino a morir a mi provincia. Atravesó mi pueblo. Iba tan rápido a su fin, que nadie pudo verlo. La voz de mi saludo me la quitó con viento”. (José Pedroni).



Los homenajes tienen la rarísima particularidad de hacer brotar una vena hermosa e inigualable, la emotiva. Pero cuando se llevan a cabo, casi siempre cuentan con la irreparable ausencia del reverenciado. Este no es el caso, simplemente porque Eusebio Marcilla, a sesenta y nueve años de la maldita columna que nos privó de su sencillez, de su maestría, de su ética de muchacho sin dobleces, sigue tan vivo como en aquellos días. Es como si este abrumador reconocimiento lo tuviese a él, presente en cuerpo y alma. El recuerdo permanente no es otra cosa que el saldo fiel de una deuda de gratitud de Junín con el personaje más querido de la historia del deporte local. Además de ser una estricta razón de justicia, ¿cómo olvidarlo?

El Chevrolecito de juguete negro “Ciudad de Junín”, con el número 4 pintado en sus puertas y en el techo, se mueve inquieto. Se desespera por partir rumbo a la largada. Verifico, una vez más, si todo está en orden. Al parecer, no hay nada fuera de lugar. La masilla y el hilo lonero, bien cortito, dos aspectos fundamentales, no ofrecen objeciones. Estuve casi una hora trabajando con la pasta, introduciéndola en los distintos vericuetos del coche, sin olvidar los lugares precisos. La ingeniería infantil necesitaba un piloto perfecto para ganarle a mis amigos, en aquellas interminables horas de la siesta, ¿y quién mejor que Eusebio? Mientras ellos elegían a los Gálvez, a Carlos Menditeguy, a Toscanito Marimón, a Marcos Ciani, a Pablo Gulle, a Daniel Muzzo, yo me quedaba con Marcilla. Había que probar antes de “correr”. Entonces, el Chevrolet empezaba con las piruetas. La largada era en la cocina. El difícil tramo seguía, con dificultad, en el pasillo del baño, para doblar enseguida en las cercanías de la habitación de los viejos y salir hacia una amplia recta, buscando las baldosas del patio y luego “volar” por la tierra suelta del jardín, retornando al punto de partida.

Tal como seguramente le sucedió a miles de argentinos nacidos y criados en el interior, fui un chico que supo de la actualidad y de sus protagonistas a través de la lectura. Esa fuente bella e inagotable suele fomentar la fantasía y uno, humano al fin, no puede evitar hacer de una persona lo que sugiere su sensibilidad, con los agregados colocados, puntillosamente, por la imaginación. Y así, con hilitos finitos, me dediqué a atar cabos sobre la fascinante personalidad de Marcilla. Llegué a la conclusión que Eusebio fue un borbotón fértil de frescura humanista. Un hombre de palabra. Un “paisano” callado y metódico, brillante mecánico, excepcional piloto. Con la obvia exclusión de las condiciones conductivas, que todos la tenían en esa etapa dorada del folclórico Turismo de Carretera, era la contracara de Oscar Gálvez, un bocón verborrágico incurable, y de otros apóstoles similares de la categoría. La obligación de reconocimiento de varias generaciones de juninenses con un personaje que excede el campo de lo estrictamente deportivo, nunca quedará saldada.

Los archivos dicen que nació en Junín el 16 de junio de 1914. Debutó el 27 setiembre de 1940 en el Gran Premio del Norte. Pocos meses después ganó dos carreras consecutivas: las “12 horas de Rafaela” y la “Vuelta de Añatuya”. Hasta esa columna mortal del 14 de marzo de 1953, Eusebio participó en 40 competencias, de las cuales triunfó en 9 ocasiones, con excelentes clasificaciones en las restantes. En tres oportunidades fue subcampeón argentino: 1947, 1948 y 1952.

Existe un episodio, entre la inmensidad que tuvieron como protagonista a Marcilla, que tal vez sea oportuno contar a las nuevas generaciones. Sucedió el 29 de octubre de 1948, en el Gran Premio de la América del Sur, más conocido como “Buenos Aires-Caracas”. Tras un choque protagonizado por Juan Manuel Fangio y Juan Gálvez, el auto del “Chueco” volcó y su acompañante, Daniel Urrutia, quedó gravemente herido. Los tripulantes fueron recogidos por Eusebio, que transitoriamente abandonó la competencia para auxiliarlos y acompañarlos al hospital de Trujillo. Este hecho marcó a fuego la relación del juninense con el mundo automovilístico, produciendo una verdadera catarsis emocional, ya que no era común tropezar con gestos de esas características.

Claro que Marcilla debió padecer la persecución de los alcahuetes de turno de un régimen que no toleraba el disenso. Pero él, sin estridencias y sin protestas, contestaba con el silencio, con el trabajo artesanal, con el amor a su pueblo, con una dignidad estremecedora. No le importaba que desde las radios partidarias, Luis Elías Sojit, los hermanos J.J. y Eduardo D´Agostino, Pedro Fiore y Luis García del Soto, entre otros, ignoraran olímpicamente sus actuaciones, nombrándolo apenas por el número de la máquina. Cosas bravas le pasaron. Sin embargo, nunca se quejó. Tampoco descalificó a sus detractores. Se doctoró de “Caballero” mucho antes de aquel fatal accidente de Urrutia.

Esa tarde de siesta interminable, gané la carrera. No era la mano de un chiquilín de seis años la que manejaba aquel autito masillado. El mismísimo Eusebio Marcilla se había metido en él, nunca supe cómo. En aquella rígida estructura negra, batí los records más insólitos en todas las vueltas, quizá porque el circuito estaba montado en la vereda de la Escuela Nº 24, donde su esposa Haydée daba clases en tercer grado. Yo pensaba para mis adentros: “el amor todo lo puede”. Sí, gané la carrera, pero en realidad fue Eusebio el piloto. Hice “trampa”. No sé dónde habrá quedado aquel autito. Qué pena. Sería hermoso volver a la niñez por unos minutos, regresar a las cosas simples, hasta tropezar con la picardía, sin saber qué significa. Desgraciadamente, es imposible. Para colmo, Eusebio dejó de correr.

El automovilismo es así, lamentablemente. No hay goma que no se pinche ni motor que no se haga trizas. El Chevrolet Nº 4 de Eusebio Marcilla no podrá volver a la ruta o a los polvorientos senderos de tierra o de arena. Por rara paradoja, una columna asesina de Recreo le dio luz verde a su camino hacia la leyenda, hacia el lugar de los elegidos: el unánime cariño popular, sin estridencias ni falsas poses. Esa leyenda que viaja a todo trapo, con “la pata en la tabla, siempre a fondo”. Claro que uno siempre es “celoso” a la hora de confrontar nuestros afectos con los afectos de los demás. Pero creemos que el “Caballero del Camino” nos pertenece un poquitito más a los que alguna vez lo pusimos en la butaca imaginaria de un autito relleno de masilla.


LA AMISTAD DE DOS GRANDES


Por Ivo Gustavo “Petete” Chávez (*)

Como todas las noches del verano del 52, luego de cenar, mis viejos me daban “permiso” para salir a jugar un rato. Vivía en la calle Emilio Mitre (hoy Hipólito Yrigoyen), entre Sarmiento e Italia. En ese barrio que se llama “El Picaflor”, existió una barra inolvidable de chicos y muchachos: Lito Dui, Nene De Salvo, Pedro Fritayón, Guti Decarre, Coco Cuenin, Enrique Penazzi, Juan Carlos Ferrero y Mario Mirambell, compañeros de un tiempo único e irrepetible. Nuestro lugar de reunión era la esquina de Italia y Emilio Mitre.

Debido al casi inexistente tránsito de vehículos, organizábamos todo tipo de juegos, bajo la mirada de algunos de nuestros padres, que sacaban sus sillas a la vereda para tomar fresco.

Cuando salí de casa vi al Nene De Salvo y Lito Dui, que ya estaban sentados en el cordón de la vereda, y me uní a ellos. Estábamos charlando esperando tener “número” para iniciar una “escondida”, cuando de repente por calle Italia se acerca una impecable e impresionante Coupé Chevrolet, que al vernos se detuvo al lado nuestro. Yo diría que nunca habíamos visto en Junín semejante automóvil. A raíz de ello, su aparición nos dejó deslumbrados. Miramos al hombre que estaba al volante. Indudablemente era un forastero y estaba perdido.

--- Chicos, ¿me podrían decir si por aquí vive Eusebio Marcilla?

Efectivamente, Eusebio Marcilla vivía muy cerca de ahí. Por lo tanto, le explicamos al forastero que había que seguir por Emilio Mitre, doblar en la primera cuadra a la derecha, y a una cuadra y media, sobre la mano izquierda en la primer casa de color blanco, se encontraba el domicilio de Marcilla.

--Gracias, chicos, dijo el conductor. Puso primera y salió hacia el rumbo señalado.

De pronto estalló el grito del Nene Salvo.

---¡Ese, ese es Fangio…! ¡Sí, es Fangio…!  ¡Sí, Juan Manuel Fangio!

Nos miramos y los tres hicimos lo mismo, salir corriendo detrás de la Coupé, que ya doblaba la esquina.

Íbamos gritando alertando a Davilín Mazzadi, que estaba en la puerta de su casa, y que con tanto alboroto se sumó a nuestro grupo.

En nuestra alocada carrera, ya veíamos la casa de Eusebio justo en el momento que El Chueco tocaba timbre.

Llegamos cuando se abría la puerta y salía Marcilla, quién al ver a Fangio, exclamó: ¡Juan Manuel…! Se estrecharon en un fuerte abrazo.

Ante ese recibimiento, nosotros perdimos la inhibición y comenzamos a tocar a Fangio. El Chueco nos saludó con un gesto fraternal acariciando nuestras cabezas, en medio de gritos de euforia y admiración.

Marcilla, al ver el desborde que se había creado, y como no podía tener a semejante visita parada en la puerta, lo invitó a pasar, pero también lo hizo con nosotros.

Por primera vez estábamos en la casa de Eusebio y teníamos el extraño privilegio de ver junto a dos ídolos, a dos deportistas cuyas carreras tenían ahora caminos distintos. Dos seres excepcionales, a los que Junín amaba.

En el comedor de la vivienda lucían vitrinas llenas de trofeos, pergaminos, fotos y copas de todas las batallas del gran corredor de Junín.

El visitante era quien unos meses antes, para ser más exactos el 28 de octubre de 1951, iba a ganar el Gran Premio de España, con una Alfa Romeo 159, convirtiéndose en campeón mundial. (N/R: En el circuito de Pedralbes de Barcelona, Juan Manuel Fangio cruzaba la meta del primer Gran Premio de España de Fórmula 1, superando a su compatriota José Froilán González y conquistando su primer Campeonato del Mundo de la especialidad, en dura pugna con los Ferrari). Fangio llegaba a la casa de un grande del TC, con la intención de entregarle repuestos originales para su coche de carrera.

Se ve que necesitaban hablar. Entonces, el dueño de casa nos dijo: EUSEBIO nos dijo: “Bueno chicos, ya han visto al campeón del mundo, ahora necesito estar a solas con él”. Y nos invitó a retirarnos. Nos fuimos emocionados, comentando el momento vivido.

Cuando llegamos a nuestra esquina, Isabel (la mamá del Nene), nos esperaba preocupada, porque alguien le avisó que nosotros habíamos salido corriendo detrás de un auto.

-Nene, ¿qué pasó?, quiso saber Isabel.

-Nada, mamá. Acompañamos a Fangio hasta lo de Marcilla.

Quizá muchos de los que lean este relato no conocieron a ninguno de los dos, pero si puedo decir que eran un ejemplo vivo de ética y moral. No nacieron en el mismo pueblo, y se conocieron en las carreras, aunque sellaron su amistad indestructible en 1948, cuando Fangio vuelca en la Buenos Aires-Caracas y Eusebio lo auxilia, levantando a su acompañante Daniel Urrutia para llevarlo a un hospital de Tumbes (Perú), saliendo temporariamente de la carrera. Lamentablemente, Urrutia llegó muerto al nosocomio. Por ese acto humanitario y los demás rasgos reiterativos, Eusebio se ganó el mote de “Caballero del Camino”.

Fangio y Marcilla solidificaron una gran amistad a partir de ese desgraciado accidente, la cual se acrecentó en el tiempo, de manera permanente. Por lo tanto, no podía resultar extraño que el Chueco, al regresar a la Argentina, se llegara a Junín y se bajara en la casa de Eusebio con una caja con repuestos, para decirle: “¡Como estás amigo!, aquí te traigo lo que me pediste”.

Nosotros siempre escuchábamos por radio las carreras en donde Eusebio brillaba cada vez más, y como Junín era un pueblo chico, conocíamos de boca de los mayores los comentarios de lo difícil que era preparar un coche y competir contra grandes corredores en donde se destacaban los Ford de los hermanos Oscar y Juan Gálvez. Marcilla era sinónimo de Chevrolet, y esos repuestos fueron fundamentales para que su auto se codeara más seguido con la punta. Fangio se sentía amigo de Eusebio, y le devolvía con ese gesto lo que había hecho por él.

Me volví a encontrar con ellos el 14 de marzo de 1983, al cumplirse 30 años de la muerte del gran piloto juninense. Como todos los años el pueblo de Junín se reunía en su plaza a rendirle homenaje. Ahí estaba yo, esta vez junto a Beto Vignolo, en silencio y escuchando.

Ese día el Chueco estaba presente. Llegó para testimoniar esa amistad, y fuera de todo protocolo, pidió el micrófono para dirigirnos unas palabras. Con voz quebrada por la emoción dijo: “Qué gran hombre ha sido Eusebio Marcilla, para que después de 30 años de su muerte, el pueblo de Junín se siga reuniendo en esta plaza para testimoniar el cariño que se le profesa. No es común que esto suceda, porque el paso del tiempo va haciendo que todo se olvide. No es el caso de este excepcional amigo mío”. El campeón de Balcarce no pudo seguir hablando. ¡Se largó a llorar!

Yo lo sabía. Pero si hacía falta algo terminante para demostrar el grado de amistad que los unió en vida y muerte a estos dos hombres, fueron esas truncas palabras y el llanto del más grande deportista que dio la Argentina.

Cuando terminó el acto nos pusimos con Beto bajo un árbol cerca de su auto. Por ahí tenía que pasar Juan Manuel. Lo vimos acercarse rodeado de gente, junto a dos fornidos custodios. Queríamos saludarlo. Y, por qué no, abrazarlo, si podíamos. De manera imprevista al pasar al lado nuestro, nos miró a los dos y nos extendió la mano para saludarnos.

Sí, el Chueco nos saludaba a nosotros dos. Quise decirle: “Juan Manuel, Juan Manuel. Yo soy el chico aquel de la noche de verano del 52, que lo llevó a la casa de Marcilla y estuvo presente cuando le trajo los repuestos. Yo era ese niño que lo admira profundamente, y que ahora de grande puede dimensionar ese gesto de amistad”. Pero solo me salió... ¡Gracias, maestro…! Y no pude seguir. A mí también las lágrimas me habían ganado, lo mismo que a Beto. Nos estrechó las manos, y se fue.

Hoy vivo lejos de Junín. Mi destino es Formosa. Cada vez que regreso a mi pueblo, mi camino es la ruta 11 y debo pasar por Recreo, el fatídico lugar donde Marcilla encontró la muerte. Paro y me bajo. Miro la columna donde se enroscó el Ciudad de Junín y vuelvo a releer las placas del monolito construido a su memoria, puestas por sus amigos, por Junín entero. Y rezo por el alma del Caballero del Camino. Además, pienso y me pregunto: ¿De qué estaba hecho Eusebio Marcilla, que prefería perder la gloria del triunfo para dar una mano a un adversario, que seguramente en la próxima le pelearía la victoria? ¿Como se habrá templado su espíritu, que no dudaba en hacer lo que consideraba su deber, postergando sus sueños y hasta su necesidad? ¿Existen hoy seres humanos de esta dimensión? Yo creo que no. Fangio lo sabía. Por eso lo honró con su amistad.

(*) A la memoria de dos amigos de la infancia que ya no están entre nosotros: Nene De Salvo y Angel Pedro “Lito” Dui.