SECCIÓN SEMANAGRO PUBLICADA EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 490 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 29 DE NOVIEMBRE AL 5 DE DICIEMBRE DE 2025.
Ocurrió que las provincias de Neuquén y Chubut sufrieron un fuerte temporal con ráfagas que superaron los 150 kilómetros por hora, obligando a declarar la emergencia climática. La alerta por viento extremo se extendió al centro, sur y costa atlántica bonaerense. En esa franja, el viento llegó “cargado”: una masa de polvo y material fino que, levantado en superficies áridas y castigadas por la sequía, terminó depositándose sobre grandes zonas de la provincia.
El viento del sector sudoeste arrastró el polvo patagónico hacia la zona central y redujo la visibilidad por debajo de los 5.000 metros en ciudades costeras como Necochea, Miramar y Mar del Plata. También hubo reportes desde Tandil, Azul, Rauch, Las Flores y localidades del norte bonaerense donde se observó una tenue neblina rojiza y sedimentos en autos, ventanas y maquinarias.
La situación trajo a la memoria aquellos años en que el humo de los incendios en las islas del Delta avanzaba hasta Junín y la región, provocando sofocos, olor penetrante y, en los peores casos, problemas respiratorios. Esta vez no se trató de humo, sino de polvo: partículas minerales, sedimentos y restos orgánicos que viajan con la circulación atmosférica cuando los vientos son suficientemente intensos y el suelo de origen está degradado o sin cobertura.
El cambio climático es un gran impulsor de estas postales que, hace treinta años, eran de ciencia ficción: calienta el planeta, intensifica los eventos extremos, prolonga sequías y deja suelos expuestos que se vuelven presa fácil de la erosión eólica. En Latinoamérica, como en gran parte del mundo, la desertificación avanza. La ONU calcula que cerca del 40% de los aerosoles globales provienen de partículas liberadas por degradación de tierras: deforestación, monocultivo agresivo, sobrepastoreo, incendios, mal manejo del suelo o, simplemente, la respuesta del territorio agotado ante un clima que cambia más rápido de lo que puede recuperarse.
MÁS FRECUENTE
Los expertos en meteorología coinciden en un punto: no es la primera vez que ocurre, pero sí es llamativa la extensión del evento. La combinación fue perfecta para que el polvo viajara tan lejos: suelos extremadamente secos en Patagonia y en sectores del sudoeste bonaerense, vientos intensos con ráfagas de temporal, y una circulación atmosférica que empujó la masa hacia el centro del país en dirección noreste.
Cuando esas tres condiciones se alinean, la distancia deja de importar. Por eso se registraron nubes de polvo incluso en el Área Metropolitana de Buenos Aires y sobre la costa del Río de la Plata. La atmósfera funciona como una autopista que, cuando el tránsito del viento es intenso, redistribuye partículas que pueden recorrer cientos o miles de kilómetros.
El cambio climático es un gran impulsor de estas postales que, hace treinta años, eran de ciencia ficción
En Argentina este fenómeno es conocido: la erosión eólica es uno de los problemas más estudiados por el INTA desde hace décadas, especialmente en La Pampa, el sur de San Luis, el oeste bonaerense y el norte patagónico. Zonas donde los suelos, naturalmente frágiles, se vuelven más vulnerables por la pérdida de cobertura vegetal o el uso intensivo sin períodos de descanso.
Para el sector agropecuario, la preocupación es doble: por un lado, lo que estos eventos indican sobre la salud del territorio, por el otro, los efectos directos sobre los cultivos en curso.
Cuando una nube de polvo de origen remoto llega a zonas productivas, lo primero que afecta es la radiación disponible. Una capa fina de sedimento sobre las hojas puede reducir la fotosíntesis, disminuir la respiración vegetal y entorpecer los intercambios de humedad entre la planta y la atmósfera.
Si el cultivo está en etapas sensibles —emergencia, floración, llenado de grano—, esa interferencia puede traducirse en pérdidas de rinde.
Aún más importante es la calidad del suelo. La llegada de polvo no siempre es negativa en términos químicos (algunas veces aporta minerales), pero cuando el fenómeno se vuelve recurrente indica que otros territorios están perdiendo su horizonte fértil. Se trata del mismo suelo que el viento levanta: riqueza que se desprende de un lugar para caer, en forma de polvo, en otro. Un síntoma de degradación que debería encender las alarmas.
Para los tambos, la combinación de viento, polvo y alta temperatura puede complicar la rutina diaria
El segundo impacto, menos conocido pero cada vez más relevante, es la posibilidad de que las partículas transporten sales, residuos de incendios, restos industriales o compuestos químicos adheridos a su superficie. Aunque los análisis de laboratorio son necesarios para determinarlos, es un aspecto que técnicos y productores debieran prestar mayor atención.
Finalmente, hay implicancias operativas: filtros de maquinaria colmados, desgaste acelerado de equipos, obstrucciones en sistemas de riego, y necesidad de lavar superficies para evitar corrosión o sobrecalentamiento en motores y ventiladores de galpones.
En los rodeos bovinos, ovinos y caprinos el impacto del polvo es más directo: irritación respiratoria, ojos irritados, disminución del consumo por presencia de partículas en los bebederos y forrajes, y mayor estrés general. Animales jóvenes y categorías en encierre son los más vulnerables.
El ingreso de polvo al tracto respiratorio puede favorecer infecciones bacterianas en situaciones de hacinamiento o estrés calórico. Pasturas cubiertas de material arenoso también reducen la palatabilidad y la digestibilidad, y generan un comportamiento típico: el ganado busca zonas menos expuestas, concentrándose en sectores del lote y alterando la distribución del pastoreo.
Para los tambos, la combinación de viento, polvo y alta temperatura puede complicar la rutina diaria: más partículas dentro de los galpones, mayor suciedad en los equipos y mayor riesgo de mastitis si los corrales quedan demasiado secos y polvorientos.
El ingreso de polvo al tracto respiratorio puede favorecer infecciones bacterianas en situaciones de hacinamiento o estrés calórico
Los meteorólogos observan un aumento en la intensidad de los vientos en sectores de Patagonia durante ciertas épocas del año, y los climatólogos vienen registrando un incremento de la variabilidad extrema: años muy secos, seguidos de lluvias intensas, seguidos otra vez de sequías pronunciadas. Esta inestabilidad, combinada con un uso intensivo del suelo, es la receta perfecta para que aparezcan episodios como el de la semana pasada.
Lo ocurrido la semana pasada no debería ser leído únicamente como “una nube rara que llegó a Buenos Aires”, sino como un nuevo capítulo dentro de un proceso mayor. Un proceso que involucra desertificación, eventos extremos y un modelo productivo que necesita ajustes profundos para volver compatible rentabilidad con conservación.