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A 30 años de la muerte de Tato Bores - Semanario de Junín

CULTURA | 11 ENE 2026

RECUERDO

A 30 años de la muerte de Tato Bores

Se cumplen tres décadas de la partida de fallecimiento del cómico que entendió la Argentina



A treinta años de la muerte de Tato Bores, sus monólogos siguen funcionando como un espejo incómodo de la Argentina. El dólar, la inflación, la corrupción, los cambios de gobierno y la desconfianza hacia la clase política eran el corazón de sus rutinas humorísticas. Hoy, buena parte de esos textos podría decirse casi sin retoques en la televisión actual, con la misma vigencia y el mismo filo.

Detrás del personaje del frac, la peluca despeinada y el habano estaba Mauricio Borensztein, nacido el 27 de abril de 1927 en Buenos Aires, en el seno de una familia judía de bajos recursos. Inteligente y despierto, pero poco afecto al estudio, nunca terminó el secundario y quedó libre por inasistencias. Dejó los libros para trabajar como plomo en una orquesta, hasta que una despedida de soltero le cambió el destino para siempre.

Aquel joven que se animó a subir al escenario para contar chistes fue descubierto por Pepe Iglesias, “El Zorro”, quien lo invitó a sumarse a su programa en Radio Splendid. El guionista Julio Porter lo rebautizó con un nombre corto y contundente: Tato Bores. Desde entonces, radio, cine, teatro y, sobre todo, televisión se convirtieron en el escenario natural de un artista que prefería definirse simplemente como “cómico”, aunque para muchos fue el mejor analista político del país.

En 1957 llegó el gran punto de inflexión: el ciclo Caras y morisquetas, con libretos de Landrú, donde Tato apareció por primera vez con su icónico frac, el habano y la peluca. Lo que siguió fue una sucesión de programas dominicales que marcaron época: Tato, siempre en domingo, Dígale sí a Tato, Déle crédito a Tato, Tato por ciento, Tato diet y el recordado Good Show, su despedida en 1993 por la pantalla de Telefe.

El método Tato: precisión, velocidad y cero improvisación Una de las marcas registradas de Bores era su manera vertiginosa de hablar. Él mismo explicaba que ese ritmo se debía al miedo escénico: quería terminar rápido la “faena”, como un torero que teme al toro. Esa inseguridad lo llevaba a evitar la improvisación.

“No me enorgullece que los textos todavía sirvan. Habla de lo mal que estamos nosotros porque estamos repitiendo las cosas”, advirtió Tato en una de sus últimas entrevistas, consciente de que su vigencia era también un síntoma del país.

Sus monólogos eran aprendidos al pie de la letra: recibía los libretos los lunes, estudiaba toda la semana y los decía los viernes frente a cámara sin cambiar ni una coma. Guionistas como César Bruto, Jordán de la Cazuela, Aldo Cammarotta, Juan Carlos Meza, Jorge Guinzburg, Carlos Abrevaya, Santiago Varela y hasta sus propios hijos colaboraron en los textos. Sin embargo, la cadencia, el tono y la ironía eran inimitables. Solo Tato podía convertir un análisis económico en un remate humorístico y, al mismo tiempo, en una advertencia política.

Las entradas al estudio sobre patines, los números musicales, las llamadas telefónicas imaginarias a presidentes y ministros, y la clásica ceremonia de los tallarines al final del programa formaron parte de un ritual que atravesó generaciones. Figuras como Susana Giménez, Mirtha Legrand y numerosos funcionarios de turno aceptaron sentarse a su mesa, sabiendo que la ironía podía ser tan filosa como una editorial política.

Legado de un humorista que sigue interpelando a la Argentina Tato Bores murió el 11 de enero de 1996, a los 70 años, tras una larga lucha contra el cáncer. Tiempo después, El Trece emitió el especial La Argentina de Tato, que reunió algunos de sus monólogos más recordados. El material sorprendió por su actualidad: las denuncias, los tics del poder y las promesas incumplidas parecían calcadas del presente.

Su personaje de frac y habano se convirtió en símbolo del humor político argentino. Instaló frases y remates que aún hoy forman parte del lenguaje popular. Logró que la televisión de aire dedicara un espacio central a la sátira política semanal. Marcó a varias generaciones de humoristas y guionistas que lo reconocen como referencia ineludible.

A tres décadas de su partida, la figura de Tato Bores sigue funcionando como brújula y termómetro de la realidad nacional. En tiempos de crisis recurrentes y desconfianza hacia la política, sus monólogos recuerdan que el humor, bien utilizado, puede ser una forma poderosa de crítica, memoria y resistencia.