Según el último Boletín Epidemiológico Nacional, entre julio de 2025 y la primera semana de enero de 2026 se registraron 58 casos de hantavirosis y 20 muertes en el país. La letalidad en ese período fue del 34,5 %, la más alta en comparación con temporadas previas. El informe advierte, además, que el escenario está en umbral de brote, con especial impacto en la región Centro —que comprende Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos— donde los casos se concentran.
Más allá de los números, la familia Morinigo sostiene que en el hospital de San Andrés de Giles Rodrigo no recibió una atención adecuada. Hablan de decisiones médicas tardías, demoras y falta de estudios que —aseguran— le quitaron tiempo vital. “Lo mandaron a casa con ibuprofeno”, dice su padre. “Ahora no me quieren dar la historia clínica”, agrega.
Del primer síntoma a la terapia intensiva
Rodrigo Morinigo nació el 25 de enero de 2011 y era el cuarto de cinco hermanos: Brian (22), Leonardo (19), Benjamín (16) y Ámbar (8). Vivía con su familia en el campo, a unos 15 kilómetros de San Andrés de Giles, y viajaba todos los días al pueblo para ir a la escuela. Su papá, albañil, lo acompañaba en colectivo.
“Era un chico muy respetuoso y educado. Había pasado a tercer año del secundario. Sus compañeros del colegio lo adoraban”, cuenta. Video: así fue un brutal choque en cadena entre cuatro camiones y un auto en la Autopista Panamericana
El malestar arrancó el jueves 25 de diciembre de 2025. Rodrigo empezó a levantar temperatura hasta que, el lunes 29, decidieron llevarlo al hospital municipal. Según el relato de su padre, fue atendido “así no más” y enviado de regreso a su casa. “Le dieron ibuprofeno y, aunque no le bajaba la fiebre, no fueron capaces de mandarle a hacer una placa o un análisis de sangre. El médico que lo revisó le dijo que era un cuadro viral”, plantea.
El 31 de diciembre, al ver que su hijo empeoraba, David volvió a llevarlo al hospital. “Tenía 40° de fiebre y lo único que hacía era tomar agua. ‘Tengo sed, tengo sed’, decía”, cuenta. Esta vez lo atendió una médica que conocía a la familia y ordenó placas y análisis.
Los primeros resultados abrieron varias hipótesis —entre ellas, dengue hemorrágico— y optaron por dejarlo en observación con suero. Pero el cuadro siguió empeorando. De acuerdo con David, su hijo fue llevado a una sala común, sin aire acondicionado, en medio de una jornada de calor agobiante.
“Mi señora pidió un ventilador porque Rodrigo se estaba sofocando y le dijeron que no. Le sugirieron que lo refrescara con una ducha. Mientras lo bañaba, se desmayó”, relata. Recién en ese momento lo trasladaron a terapia intensiva y, tras repetir los análisis varias veces, apareció la sospecha de que podía tener hantavirus. “Jamás se nos cruzó por la cabeza. Mi nene era un chico sano y fuerte”, dice.
La última noche de Rodrigo
El 1° de enero, Rodrigo fue derivado al Hospital Interzonal General de Agudos “San José” de Pergamino, a unos 140 kilómetros de San Andrés de Giles. En el trayecto volvió a descompensarse. “Yo estaba desesperado, no sabía qué hacer”, resume David.
Antes de salir, dice, su hijo le alcanzó a decir a su mamá que le dolía el pecho y que no podía respirar. “Le pedía que le pusieran algo para calmar el dolor”, recuerda. Horas después, mientras intentaba contener a sus otros hijos en su casa, el hombre recibió un llamado: tenía que viajar a Pergamino a donar sangre para Rodrigo.
“Me fui creidísimo y, en realidad, me mandaron a llamar para que fuera a despedirlo”, cuenta. Cuando llegó, ya estaba entubado. “Me dijeron: ‘Pasá a hablarle, a ver si le das ánimo’. Verlo ahí, todo lleno de cables, me dejó una amargura. No hay consuelo”, dice entre lágrimas.
La confirmación del diagnóstico llegó al día siguiente, pero ya era tarde. Rodrigo murió en la madrugada del 3 de enero, en terapia intensiva. David asegura que en Pergamino “hicieron hasta lo imposible” para salvarlo.
“Yo les agradezco. Así tendría que haber sido desde el principio en Giles”, insiste. Y cierra con la frase que repite desde entonces: “No puede haber otro Rodrigo”.
Un caso “solapado”
La muerte del adolescente sacudió a la comunidad gilense. Según informaron las autoridades, si bien el caso fue verificado por laboratorio, todavía no se pudo determinar el sitio exacto de contagio. San Andrés de Giles había registrado casos en 2019 y 2020 —siempre vinculados a áreas rurales—, pero hasta ahora no se habían reportado víctimas fatales.
El pasado 5 de enero, en una entrevista con FM Mundo, la funcionaria se refirió al caso y sostuvo que al inicio fue “muy solapado”. También defendió el procedimiento del hospital municipal. “No es una enfermedad que se sospeche en las primeras 24 horas de fiebre. Si el médico lo revisó y notó bien las ruedas aéreas, en principio quizás no le dio la sospecha. Entró con síndrome febril y a las pocas horas, con ya shock tópico, tenía afectación cardiopulmonar”, dijo.
En esa misma entrevista radial, consultada sobre el trabajo posterior con la familia, Maccari señaló que, aunque la probabilidad de contagio de persona a persona es baja, se estaba realizando un seguimiento epidemiológico y clínico “según los protocolos”.
“Por supuesto que, como seguimos al grupo familiar, también lo acompañamos en todo lo que tenga que ver con apoyo en salud mental”, dijo. “Desde chicos siempre fueron inseparables”, cuenta el papá David, sin embargo, cuestiona la respuesta del municipio una vez que Rodrigo murió.
“Lo único que hizo Bromatología fue dejarme un listado con instrucciones para limpiar mi casa. Tuve que conseguir veneno para ratas y desinfectante. No recibí nada por parte del Municipio. El pasto lo cortó un vecino y los productos me los regaló un amigo”, reclama. También asegura que advirtió sobre un galpón cercano a su domicilio con presencia de roedores, pero no hubo respuesta. “Nosotros no podemos hacer nada porque nos mandaron acá”, le contestaron.
Mientras continúa desinfectando su casa, él y su familia se fueron a vivir a otro lugar: “Estamos en lo de otro amigo, a unos quinientos metros. Si no era por él, capaz que terminábamos durmiendo en una plaza o en la terminal”.
El duelo por la muerte de Rodrigo atraviesa a toda la familia, pero en especial a su hermana menor, Ámbar. “De día está todo bien, pero cuando llega la noche se levanta llorando por su hermano. Y a mí me destroza verla así”, dice David, con la voz quebrada. Y cierra: “Esto se tiene que saber. No puede haber otro Rodrigo. Yo no voy a parar hasta que el médico que lo mandó a casa con ibuprofeno no pueda ejercer más. Y ahora dicen que arreglaron el aire en el hospital. ¿Te parece? Una familia tuvo que quedar destruida para que alguien haga algo”.