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La carpa, invasora que vuelve a escena en las lagunas de Junín - Semanario de Junín

LOCALES | 11 FEB 2026

PESCA Y TURISMO

La carpa, invasora que vuelve a escena en las lagunas de Junín

Tras la histórica sequía y con el regreso del agua, especialistas advierten sobre el impacto ambiental de la carpa común y plantean la necesidad de estudios, control y un debate serio sobre su manejo en los espejos de agua de la región.



Antes de que las lagunas de Junín atravesaran la mayor sequía en 100 años, que incluso dejó sin agua a la laguna de Gómez, la carpa (Cyprinus carpio) resultaba un problema mayúsculo, nunca debatido de forma organizada, más allá de algunas propuestas de los clubes ubicados a la vera de El Carpincho.

Hoy, mientras se produce el reingreso de la fauna íctica, podría considerarse la posibilidad de abocarse a un mejor relevamiento de esta especie y establecer algunas medidas para su control, teniendo en cuenta que se trata de un pez que produce una importante alteración en los ecosistemas a los que llega.

Si bien no está del todo claro, se sostiene que en Argentina su introducción ocurrió a mediados del siglo XIX, en la provincia de Entre Ríos, con fines ornamentales y de acuicultura, a partir de ejemplares traídos desde Brasil. Esta constituye la primera introducción registrada de una especie no nativa en el país. Según Welcomme (1988), parte de la población fue introducida para acuicultura desde Brasil y otra parte se difundió desde ese país por el río Uruguay. De todos modos, su introducción oficial fue en 1925, en estanques públicos de la ciudad de Buenos Aires.

En 1945 se registró por primera vez esta especie en estado salvaje en el Río de la Plata.

Hasta 1985, el límite sur de su distribución era el río Colorado, pero su alta capacidad de dispersión y las actividades humanas facilitaron su expansión aún más al sur. Una de las hipótesis que intenta explicar su presencia en esa región, particularmente en el río Colorado, es que habría ingresado a partir de un desborde extraordinario del río Salado, en la provincia de La Pampa, a principios de los años 80.

Actualmente, su distribución es más meridional, encontrándosela en casi toda la cuenca del río Negro, que constituye el límite más austral de su presencia.

Hoy, mientras se produce el reingreso de la fauna íctica, podría considerarse la posibilidad de abocarse a un mejor relevamiento de esta especie

Según investigaciones basadas en modelos de nicho ecológico, Argentina en toda su extensión presenta condiciones climáticas adecuadas para su establecimiento. De hecho, la carpa es considerada una especie no nativa invasora en siete de las diez ecorregiones del país.

La aparición de la carpa en la Patagonia generó la mayor cantidad de investigaciones científicas, teniendo en cuenta la importancia de la pesca deportiva en esos lagos a nivel mundial, particularmente por las truchas y los salmones, y la preocupación de que la carpa común diezmara esas poblaciones, afectando de manera directa la economía regional.

Estos estudios demostraron cambios en las condiciones físico-químicas del agua, lo que podría estar ocasionando perjuicios a las especies ya establecidas.

Si bien en nuestro ámbito las tareas de investigación han sido escasas en comparación con las realizadas en el sur del país durante la última década, no por ello deja de ser relevante su presencia a la hora de considerar al pejerrey como máximo exponente del río Salado para la pesca deportiva.

Aunque no existen datos precisos sobre las poblaciones de pejerreyes, bagres, mojarras y tarariras previas a la llegada masiva de la carpa, sería importante comenzar a registrar esos parámetros, teniendo en cuenta que nos encontramos prácticamente ante “un nuevo comienzo” de los espejos de agua en cuanto a la recuperación íctica.

Del mismo modo, podría establecerse como línea de investigación si la aparición de cianobacterias, además de estar relacionada con el vertido de productos químicos utilizados en el agro que llegan a los cursos de agua, también guarda relación con el comportamiento alimentario de Cyprinus carpio en los ambientes lagunares.

Está comprobado que el éxito de la carpa común trae aparejados efectos negativos sobre la comunidad íctica autóctona y el ambiente. La capacidad de modificar hábitats y ecosistemas es un rasgo característico de muchas especies invasoras. Se ha demostrado que las carpas aumentan la turbidez del agua a partir de la re-suspensión de sedimentos, lo que puede tener efectos profundos en los ecosistemas acuáticos.

Esto deriva en el deterioro del hábitat a gran escala, descripto en numerosos ecosistemas donde la carpa se encuentra en abundancia. Además, es probable que estas invasoras consuman recursos que, de otro modo, estarían disponibles para las especies nativas.

Entre las propuestas para mitigar su expansión, se recomienda fomentar su consumo por parte de la población, con el objetivo de reducir su abundancia. Esta alternativa presenta una elevada factibilidad, basada en la calidad de su carne, el tamaño de sus filetes y la necesidad de incrementar el consumo de pescado en la dieta.

Sin embargo, resulta fundamental avanzar previamente en estudios de laboratorio que determinen la fiabilidad del consumo de la carne de pescado de las lagunas, teniendo en cuenta la posible presencia de agroquímicos utilizados de manera intensiva en la región, que por lavado llegan a los espejos de agua.

Entre las propuestas para mitigar su expansión, se recomienda fomentar su consumo por parte de la población, con el objetivo de reducir su abundancia

Fabián Grosman, docente de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Unicen, es una autoridad en la materia. Licenciado en Biología por la Universidad de La Plata y magíster en Gestión Ambiental por la Universidad de Mar del Plata, se especializa en ambientes acuáticos continentales, evaluación de calidad de agua, diagnóstico de comunidades de peces —en particular el pejerrey— y gestión de pesquerías recreativas de la Pampa Húmeda.

Grosman calificó a la carpa como una “plaga-recurso”, al señalar que “es imposible erradicarla para volver a un ambiente natural como era antes en la región pampeana, con la cantidad de arroyos y lagunas que tenemos y con esta alternancia de sequías e inundaciones que se viene mencionando desde Florentino Ameghino”.

Reconoció que existen adeptos y detractores de la especie. “Hay gente apasionada de la pesca de carpas, con técnicas particulares, que las pesca, las pesa y las devuelve al agua. Simplemente disfrutan de esa actividad”, explicó.

“La otra mitad de la biblioteca tiene una mirada negativa, porque están provocando disturbios ecosistémicos; principalmente por el hábito de remover sedimentos, que incrementa la turbidez del agua. Eso aumenta la temperatura y reduce la capacidad de los peces carnívoros visuales para identificar a sus presas. Como toda especie exótica, genera modificaciones irreversibles en el ambiente”, reflexionó.

Frente a este escenario, pidió una pesca consciente: “Por respeto a la vida. Uno camina por la vera de los cursos de agua y ve carpas muertas producto de la pesca recreativa deportiva. Eso de deportivo no tiene nada”.

“Es comida, es proteína animal de excelente calidad. El pescado no tiene la culpa de ser una carpa para dejarlo morir en el ambiente”, remarcó.

Recordó que a principios de los años 80 era habitual encontrar pilas de carpas muertas en las orillas de arroyos y lagunas. “Después se les empezó a tomar el gusto: cómo adobarlas, desangrarlas y consumirlas. De hecho, la carpa es la principal especie que se cultiva a nivel mundial en piscicultura, por su rusticidad y la calidad de proteína animal que aporta”, destacó. “Es totalmente comestible. Tiene espinas que dificultan nuestro paladar argentino, acostumbrado al pescado sin espinas. Comemos filet de merluza, pero la carpa es el pescado de agua dulce más consumido a nivel mundial y también se consume en Argentina. Incluso hubo pesca comercial con exportación”, insistió.

La irrupción y proliferación de la carpa abre interrogantes sobre el destino de las poblaciones de especies nativas.

“Lo primero que hay que decir es que el culpable no es la carpa, sino el ser humano que la trajo. El gran problema es que tenemos muy pocos registros sobre la cantidad de bagres, tarariras, mojarras, dientudos, viejas del agua y anguilas que había. Por lo tanto, no podemos adjudicarle con precisión el impacto”, advirtió.

“Sí se sabe que, si encuentra un desove, se lo va a comer, algo similar a lo que hacen los bagres con el desove del pejerrey. Lo que genera es una competencia por el espacio: donde hay carpas, generalmente acardumadas, es muy difícil encontrar otras especies”, sostuvo.

El docente también se refirió a las grandes migraciones de esta especie, visibles en el Río de la Plata, el río Salado y la laguna de Lobos. “Por su tolerancia a la salinidad, lograron salir del estuario e ingresar a la provincia a través de los arroyos que desembocan en la bahía de Samborombón”, explicó.

Respecto del equilibrio natural, señaló que la carpa no tiene depredadores en los ambientes lacustres, salvo en menor medida las tarariras, que solo pueden predar sobre ejemplares juveniles.

“Ese equilibrio siempre es inestable, en la lucha constante por alimento, espacio y supervivencia. En el Paraná las especies nativas ofrecen mayor resistencia, porque hay muchas más especies que en los ríos y arroyos pampeanos, donde no se superan las veinticinco o treinta”, concluyó.