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“Chacho”, el entrenador eterno - Semanario de Junín

DEPORTES | 28 MAR 2026

MIGUEL ANGEL VILLAFAñE

“Chacho”, el entrenador eterno

El jueves 19 de marzo se cumplieron once años del fallecimiento de Miguel Angel Villafañe. He aquí una pequeña semblanza de su trayectoria.



Se lo puede recordar poniendo todos sus reflejos y solvencia al servicio de Sarmiento. O por su firmeza en la marca y en la prestancia para la entrega. O evocando su título de campeón juvenil Panamericano de la mano de Ernesto Duchini. O demostrando su capacidad para transformarse en el único entrenador de la historia verde en dirigir al equipo en tres divisiones distintas, las más trascendentes en ese momento: C, B y A. O instalándose en los brillos de aquel Jorge Newbery de los 70, ese mismo Newbery de las hazañas y los milagros. O simplemente nombrando su apodo, “Chacho”. Porque “Chacho” fue su identificación natural, es una marca. Decir “Chacho” es decir Miguel Angel Villafañe.

Como futbolista, formado en las divisiones inferiores de Rivadavia, reunía lo que considero son las condiciones necesarias para alcanzar el equilibrio perfecto en el puesto que ocupaba: zaguero. Contaba con grandes reflejos y un enorme respaldo físico, condiciones naturales que él siempre se encargó de mantener gracias a su dedicación al entrenamiento, sumadas a una perfecta ubicuidad que lo destacaba y le permitía llegar a cubrir ángulos imposibles. Dueño de un poder de reacción envidiable, se tornaba prácticamente impasable. Por otra parte, al margen de esa solidez defensiva, se ayudaba con una gran técnica para el manejo del balón. Además, también descolló como un gran tiempista, si se trataba de salir a cortar envíos. Era muy difícil verlo vacilar y solía abortar sistemáticamente cada enfrentamiento cara a cara con los delanteros rivales. Como si fuese poco, lucía una personalidad ganadora y un enorme temperamento, que le valió varias expulsiones. La última de ellas, con cuatro años de suspensión, selló su retiro de la actividad: fue el 21 de setiembre de 1969, en un accidentado partido ante Comunicaciones, tras el pésimo arbitraje de Ricardo Garay. Su extraordinaria trayectoria merecía otro final, aunque de ninguna manera empañó todo lo anterior, que adorna el perfil de uno de los grandes en la historia del club de los Behety.

Más allá de los números (jugó siete temporadas en Sarmiento, 1962/64/65/66/67/68/69, contabilizando un total de 133 partidos y 2 goles), Miguel Angel Villafañe dejó un recuerdo nítido entre los hinchas, como un referente indiscutido. Jugó en Atlanta en la temporada 1960, justo el año en que la entidad de Villa Crespo inauguraba su estadio y Luis Artime comenzaba a perforar las redes adversarias. Pero un poco antes, en 1959, asomó a la fama cuando aun era un pibe que no llegaba a la mayoría de edad, integrando el seleccionado argentino juvenil (un Sub 20 de los de ahora), que se adjudicó el Panamericano realizado en Estados Unidos, junto a muchos cracks, como Basilico, Bonnano, Scardulla, Saldías, Lejona, Vázquez y Díaz, entre otros.

Empezó muy joven su carrera de director técnico, en Primera “C”. Tenía 32 años cuando asumió en Sarmiento, reemplazando a Taliche Lombardi. Corría la temporada 1970. Dejó el cargo a manos de Héctor Mosca, en los últimos ocho partidos del ciclo. Regresó al club en el comienzo del torneo 1972 y guío al elenco verde al subcampeonato, tras un breve paso de Omar Valdez. Ese fue un equipazo, dotado de brillantes elementos: Barrionuevo, Pezzatti, Boianelli, Sanz, Avilés, M. Jorge, Bertolotti, Burgos, Giménez, Massari, Américo, Zunino, Melillo y Bissón, entre varios otros. Siguió en el puesto en el campeonato 1973, pero renunció luego de la octava fecha, cuando el equipo marchaba en la novena posición y tras promocionar a Daniel Passarella, un ignoto joven de Argentino de Chacabuco.

Como todo vuelve, un día no muy lejano “El Chacho” volvió a Sarmiento. Pero ahora en un peldaño superior: Primera “B”. Ocurrió en 1976, relevando a Pedro Mansilla. Renunció cuando el equipo marchaba irremediablemente a un reducido para luchar por mantener la categoría, la que luego resignó. Regresó por penúltima vez en 1979 y se bajó del cargo en la undécima fecha.

“El Chacho”, junto a Tomino y Ayala.

La última participación de Villafañe con el buzo verde ocurrió en el Metropolitano de 1982, en Primera División. Fue otro hierro caliente que tomó, así como otras brasas ardientes en períodos anteriores. Nunca le tocó agarrar un equipo victorioso. Siempre asumió en medio de brumas, interrogantes e incertidumbres. Nunca con tranquilidad, siempre con calles empedradas.

Aunque todos los que lo recuerdan lo identifiquen con Sarmiento, Miguel Angel Villafañe tuvo un bellísimo romance con Jorge Newbery, a quien dirigió en el Nacional 1974, el primer año que la entidad del Pueblo Nuevo trepó a la cima de los campeonatos de la AFA, luego de ganar la final del Regional a Atlético Paraná de San Nicolás, también de la mano de “El Chacho”. Fue una quimera hecha realidad. Fue casi el sueño del pibe. Fue, definitivamente, la quijotesca hazaña de un humilde club amateur, conquistada por un grupo de futbolistas que está en la historia grande del fútbol juninense.

En ese Nacional 1974 (al año siguiente se produciría otro espaldarazo de Newbery, ahora bajo la conducción de Raúl Azconzábal), el equipo albiazul debió competir en la Zona “B” con Talleres de Córdoba, Newell´s, Gimnasia y Esgrima LP, Altos Hornos Zapla, River Plate, Argentinos Juniors, Colón y Huracán de Mendoza. Terminó penúltimo, con 13 puntos, producto de 2 triunfos, 9 empates y 7 caídas. Sin embargo, Newbery se dio el lujo de derrotar a River por 1 a 0 (gol de Hugo Spadaro), un 8 de setiembre, con el marco imponente del estadio de Sarmiento a punto de explotar. Los millonarios, dirigidos por Enrique O. Sívori, presentaron, entre otros, a Passarella, J.J. López, Mastrángelo, Sabella, Marchetti y Di Meola.

“El Chacho” de tantas batallas, falleció el 19 de marzo de 2015, a los 76 años. Estaba más actualizado que nunca en materia futbolística. Reunía la rica experiencia de todos aquellos que alguna vez supieron ser jóvenes. Lejos de la actividad, disfrutaba con intensidad esa paz que había sabido ganarse, la que no pudo evitar se le escape por los ojos. Tenía a flor de labios, con voz cargada, los recuerdos que supo guardar. Cansado de hablar de fútbol, respondía como si ya hubiese dicho mil veces cada cosa. Se reía muy seguido. Miraba fijo y dejaba la vista atenta y lejana después de cada respuesta. Se le adivinaba en el rostro una manera muy especial de tomarse la vida. Exhibía, en su imagen tranquila, la satisfacción de haber entregado lo mejor de sí, sin traicionar convicciones y manteniendo bien en alto la importancia del jugador sobre cualquier otro aspecto, aun en detrimento de su última profesión de DT.