El 20 de febrero, Alejandro Zalazar, un anestesista de 29 años, fue encontrado muerto en su departamento en el barrio porteño de Palermo. Según informaron fuentes oficiales, se investiga si la causa del fallecimiento fue por una sobredosis de propofol y fentanilo, dos fármacos potentes de uso hospitalario.
A partir de este trágico episodio, se destapó una trama que combina consumo de drogas, robos en un hospital y fiestas clandestinas. “Alito”, como lo apodaban sus seres queridos, trabajaba como anestesiólogo de guardia del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez y era un exresidente del Hospital Rivadavia.
El día que lo encontraron muerto tenía que ir a trabajar a la Fundación Favaloro, donde lo esperaban para que intervenga en una operación. Al no presentarse y no responder los reiterados llamados, la familia dedició llamar al 911.
Posteriormente, se produjo el trágico hallazgo en un departamento de un edificio ubicado en Juncal al 4600. En el lugar, la policía secuestró medicamentos anestésicos y una bomba de infusión, un equipo médico utilizado para administrar drogas intravenosas.
Según el parte policial al que accedió este medio, el cuerpo de Salazar tenía una vía conectada en el pie derecho, además de la marca de un catéter en el izquierdo. A su lado se encontraron también elementos descartables para inyecciones.
La primera parte de la autopsia determinó que la causa de muerte fue congestión, edema pulmonar y edema meningoencefálico, pero aún resta saber la causa de base, que se cree que fue por una sobredosis.
En 15 días, se esperan los resultados de los análisis toxicológicos que podrían ser determinantes para la investigación.
El origen de los anestésicos
La causa para averiguar el faltante de los anestésicos se inició el 23 de febrero a raíz de una denuncia del Hospital Italiano de Buenos Aires y quedó a cargo del juez Javier Sánchez Sarmiento.
El 12 de marzo, la División de Organizaciones Criminales de la Policía de la Ciudad llevó a cabo tres allanamientos, que finalmente dieron positivo. De esta manera, se determinó que los fármacos que encontraron en la casa del médico fallecido pertenecían al Hospital Italiano.
A partir de esto, se empieza a investigar una administración fraudulenta en perjuicio del nosocomio, es decir que había personas que se robaban los medicamentos.
Esto disparó un procedimiento interno en la institución, donde se identificó a un profesional del área de Anestesiología, Hernán Boveri, y a Delfina Lanusse, una residente de tercer año, como presuntos responsables del robo y distribución de las drogas.
Tras ser acusado, el anestesiólogo presentó su renuncia y el hospital inició un sumario interno para esclarecer cómo salieron las sustancias controladas del establecimiento.