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La función pública en manos de ineptos - Semanario de Junín

LOCALES | 12 ABR 2026

EDITORIAL DE DOMINGO

La función pública en manos de ineptos

El personal de carrera de una empresa pública suele terminar subordinado a un incompetente que arriba con arrogancia



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EDITORIAL PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 509 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 11 AL 17 DE ABRIL DE 2026

Casi todas las definiciones coinciden en que la gestión pública es la disciplina encargada de administrar los recursos de una nación “de manera eficiente”, a través de sus entidades estatales.

La eficiencia, por su parte, se refiere a la capacidad de realizar una tarea o alcanzar un objetivo utilizando la menor cantidad de recursos posibles. En términos simples, es la habilidad de hacer las cosas bien sin desperdiciar tiempo, dinero ni esfuerzo. No solo se centra en el resultado final, sino también en el proceso mediante el cual se llega a ese resultado.

En el caso de una entidad pública, la eficiencia operativa se vincula con la capacidad de minimizar costos y optimizar la prestación de servicios. Esto implica mejorar procesos, reducir desperdicios y utilizar los recursos disponibles de la mejor manera posible.

Sin embargo, desde hace décadas las empresas y organismos públicos han sido dirigidos, en muchos casos, por verdaderos paracaidistas de la política que, cuando su partido llega al gobierno, reciben el premio por haber sido fieles militantes.

Este fenómeno se observa lamentablemente en todas las esferas del poder: municipal, provincial y nacional.

En el ámbito local, basta realizar un paneo por los funcionarios del Ejecutivo comunal para advertirlo. Desde el interino que resulta ser cuñado del titular, hasta los saltimbanquis que hoy atienden el mostrador de la seguridad, mañana el de una secretaría y pasado el de Desarrollo Social. Allí se hace evidente aquel viejo refrán que señala que “quien mucho abarca, poco aprieta” porque, además, en muchos casos, tampoco cuentan con la capacidad necesaria para hacerlo.

Si se observa el plano provincial, el HIGA Junín aparece como un claro ejemplo del amiguismo político que termina colocando al frente de responsabilidades ejecutivas a personas que no estaban debidamente preparadas para gestionar. Las consecuencias son previsibles: internas palaciegas, desinversión, mala administración y padecimientos para la población que debería contar con un establecimiento modelo. En cambio, lo que se observa es un despilfarro de recursos producto de la ineficiencia y la improvisación.

Al evaluar el ámbito nacional, el PAMI busca concentrar todos los disvalores. Para colmo, está en manos de personajes que suelen presentarse como críticos del populismo y de otros “ismos”, pero que, bañados de moralina, no dudaron en nombrar amigos, hijos, padres, novias y más conocidos en distintos cargos. El resultado es el caos que hoy deben atravesar jubilados y pensionados para ser atendidos dignamente por una obra social donde los directivos designados por la política ganan hasta quince veces más que el afiliado que durante más de treinta años aportó para sostenerla.

Por ese motivo nada funciona como debiera en el sector público. La conducción, que es política, queda en manos de personas que llegan circunstancialmente al cargo sin tener la menor idea de lo que deben hacer. Y cuando finalmente “meten mano”, los resultados suelen ser desastrosos.

Se trata de un mal crónico del país, tan enquistado como la corrupción y que, justamente, se retroalimenta con este tipo de prácticas.

Vale, en todo caso, destacar la labor del personal que trabaja en estas instituciones. Son ellos quienes, día tras día, deben “poner la cara” frente a la ciudadanía mientras los recién llegados ocupan cargos sin saber realmente de qué se trata su función. Para colmo, esos funcionarios suelen ser reemplazados con la misma ligereza con la que fueron nombrados, según el antojo de algún burócrata superior.

Lamentablemente, el personal de carrera de una empresa pública suele terminar subordinado a un incompetente que arriba con arrogancia. Sin embargo, son esos mismos trabajadores quienes, a pesar de los magros salarios y del desprecio de los acomodados, terminan haciendo funcionar la maquinaria estatal, muchas veces atada con alambre, pero todavía en marcha.

Este es un debate que difícilmente se dé si no se lo encara con verdadera honestidad intelectual.

No es casualidad que muchos servicios públicos no funcionen como debieran: quienes están al frente, sencillamente, no están capacitados para conducirlos.