Futbolista, comerciante, devoto de la música, incansable admirador de Alfredo Zitarrosa, viajero a ultranza y buena persona a tiempo completo, Carlos Alberto Ceratto (27 de febrero de 1956 – 9 de abril de 2026), murió hace algunos días atrás, como consecuencia de un inesperado y fulminante paro cardíaco. Había llegado a regentear por muchos años un tradicional comercio en la emblemática esquina de Sáenz Peña e Hipólito Yrigoyen, después de una larga etapa como educador y profesor de Educación Física en el colegio Padre Respuela. Tenía 70 años.
Vivió entre la música, el fútbol, la actividad física, el comercio, el turismo y el contacto permanente con amigos. Fue muy fiel con todas esas cosas.
Nació en el barrio El Molino y su ligazón con el fútbol de Mariano Moreno fue indestructible. Se inició en las inferiores del blanquinegro. Salió campeón en todas las categorías, hasta llegar a Primera, gozando lo que hasta ahora ha sido el mayor logro de la entidad: ganar un Regional y participar en un torneo de la AFA.
Siguiendo con el fútbol, cabe apuntar que Ceratto participó activamente en tres hechos fundamentales: el título liguista de 1981, la proeza en ganar el por entonces Regional del interior y luego la frutilla del postre, jugar el Nacional 1982, siempre con su querido Moreno. La dirigencia, con mucho esfuerzo, alcanzó a conformar un plantel de excelentes jugadores, tales los casos del propio Carlos, Manolo Sanz, Sergio Lippi, Gustavo Caresani, Alfredo Pérez, Angel Kennan, Walter Gatti, Ramón Heredia, Daniel Carpaneto, Daniel Di Gilio, Hugo López, Rubén Gallegos, Oscar Más, Alberto Córdoba, Carlos Pereyra, Walter Raspo, Daniel Gallego, Jorge Castro, Juan C. Ferrari, Héctor Italia y Mario Pettinarolli. Y este cuerpo técnico: Raúl Azconzál (entrenador), Héctor Alcolea (preparador físico), Aldo Chiachietta (médico), Ramón Mendoza (auxiliar) y Aldo Fernández (masajista).
Carlos siempre recordaba algo de su niñez que ocurría en su casa, cada vez que la orquesta de Osvaldo Pugliese tocaba en Junín o en la región. Casi siempre, luego de cada recital, el maestro del clavel rojo y sus músicos, solían parar en dos lugares de grandes amigos: las viviendas de Maito Ceratto, su padre, y en el hogar de Orlando D´Andrea, ese Tano tan auténtico y comprometido, en medio de una amistad inolvidable, donde el asado se transformaba en una mera excusa. Muchos guitarreros y cantores locales se unían a la fiesta, que duraba hasta el amanecer.
“Recuerdo las últimas dos veces que Pugliese estuvo en casa, porque yo era por entonces más grandecito. Una, el 9 de abril de 1980, cuando brindó en dos sesiones sendos conciertos en el Teatro Italiano. Y la otra, quizá la última, el 18 de diciembre de 1983, en el Club Ciclista. Agradezco haber gozado de la presencia de dos fueyes irrepetibles en el tango: el chacabuquense Roberto Alvarez y Alejandro Prevignano, como también el violín del juninense Fernando Rodríguez y los cantores Abel Córdoba y Adrián Guida”, solía contar Carlitos a sus amigos más cercanos.
Otra de las guitarreadas memorables se realizaban en la quinta de Angelito Larghi, sobre la ruta nacional 188. Allí se daban cita, cada quince días, emblemáticos músicos juninenses, para despuntar el vicio de una larga sobremesa con música. Carlos y quien esto escribe, jovencitos, fuimos invitados a muchas de estas reuniones, donde alternaban Maito Ceratto, Pepe Coppolino, Luis Acebal, Tano D´Andrea, Gaucho Linguido, Pepe Muscariello, Mataco Saborido, los Bruno, Jesús Sola y Néstor Lorenzo, entre otros. Pasaron más de sesenta años y el recuerdo de esas noches permanecen inalterables.
En los últimos años había elegido Junín de los Andes para pasar varios pasajes del año, junto a amigos que él invitaba. Llegó a tener un largo romance con los paisajes del sur. Con algunos ahorros familiares, pudo cristalizar un sueño: construir un par de cabañas, las que regenteaba para despuntar el vicio del turismo, la caza y la naturaleza.
Carlos Ceratto tenía una mirada costumbrista, celoso con sus ideas, las que defendía a ultranza. Se fue en silencio, porque como decía el Gordo Soriano, “el bobo no perdona”. Fue un trajinador enamorado de Sáenz Peña, donde hasta hace algunos años atendía su negocio de armas, completado con regalería, a cargo de su esposa e hija.
Con la muerte de Ceratto, de lenguaje cordial y delicado, coloquial sin vulgaridad, loco por la música de Alfredo Zitarrosa, se va una parte del centro comercial de Junín y un pedazo grande de la historia de Mariano Moreno. Siempre es infinito lo que perdemos con el adiós a un entrañable. Pero lo que perdemos con Carlos no tiene reposición.
Laura Acebal despide al amigo de sueños compartidos
“Tu padre y el mío fueron amigos de toda la vida. Vos y yo comenzamos a charlar un poco más grandes. La música nos unió en amistad, encontrarnos era recorrer el cancionero de Alfredo Zitarrosa, a quien, en nuestro cariño por él nombrábamos como Alfredo solamente. Hablábamos de Serrat, de su poética, de cómo nos marcó en nuestra adolescencia, de Paco Ibáñez y aquel recital en el "Olympia" de París y citábamos las canciones, solazándonos en los poetas que Paco elegía para musicalizar e interpretar...
Son los caminos que recorrió nuestra amistad: sencillos, de charlas largas, de intercambiar mensajes musicales porque coincidíamos tanto... Hoy te fuiste, Carlitos, abrazo a Gladys, Julieta, Ramiro y a Rosana y Cecilia...
Te despido pensando en "Guitarra Negra", el poema inmortal de Alfredo y pregono, junto a él, que hay un lugar para vos en la fila... Que nunca olvidaré nuestras charlas y nuestras coincidencias con los músicos que amamos...
Que descanses en paz, que las canciones de ellos y la guitarra y la voz de Maíto, tu padre, acompañen tu sueño eterno”. (Laura Acebal Vivas).