La primera vez nació el 7 de enero de 1900, en Bahía Blanca, de padres inmigrantes italianos, por lo que tuvo que aprender el español como si fuera un idioma extranjero. La segunda fue el 12 de enero de 1960, en Olivos, día de su muerte. Paradójicamente, allí tuvo un nacimiento definitivo: transformarse en uno de los renovadores fundamentales del tango, el sueño eterno de alguien que tuvo señorío en el manejo de una orquesta de purísimo sonido y poderoso aliento interpretativo. Carlos Di Sarli fue director de excelencia, que dibujó otra manera de sentir la música del dos por cuatro, sin apartarse de la esencia clásica del género, aunque imprimiéndole una personalidad romántica y original, no parecida a ninguna otra. Ese resultó el gran mérito del bahiense.
Aunque nadie lo coloque como un exponente a la altura de Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo o Astor Piazzolla, Di Sarli siempre exhibió un compromiso digno con lo mejor del tango. Su orquesta tuvo un toque distinto, emparentado con lo espiritual. Horacio Ferrer lo definió con una claridad meridiana: “Di Sarli se hacía al piano bajo el influjo de cierta íntima soledad que puso, a veces, un halo de aparente hurañez o de distancia sobre las fronteras de su presencia. Su fecunda inventiva estuvo prevalentemente consagrada a la mano izquierda en la cual, con excelente y purísimo sonido, creó una manera de decir, de acentuar, de modular, de rellenar y de bordonear. Esa mano le bastó para tocar el atildado metodismo de Fresedo con profundidades milongueras “con olor a kerosén” –para decirlo con el exacto graficismo de Pichuco-; y sobre esa mano, fue capaz de llevar a su orquesta “en el aire”, tal como lo ilustra su labor en Shusheta, Tinta verde, A mí me llaman Juan Tango o El Ingeniero, para apelar a cuatro entre cien ejemplos. Desde su piano, eje y pilar –alma- de su conjunto, sintió y expresó con ascética emoción los restantes planos instrumentales, finamente matizados siempre sobre la base de un fraseo inconfundible y particularmente dócil a las transiciones de ligado y stacato”.
Junín tiene una riquísima historia ligada al tango, que empezó a hacerse oír a poco de su nacimiento, con las pulperías en tiempos de Rosas, allá por 1832. Fue extendiéndose poco a poco, ayudado por la virtual aparición de músicos talentosos y creativos. Durante los festejos de Carnaval, la ciudad se transformaba en el ámbito propicio para las nutridas comparsas tintineantes, rodeadas de alegría, máscaras y disfraces. Nuestra ciudad, a lo largo de su joven existencia, recibió a todas las grandes orquestas típicas del momento, así como a los solistas más prestigiosos, en salones y pistas de clubes locales y también en otras instituciones de bien público. Si uno se dispone a tachar el listado imaginario de las glorias del dos por cuatro que pisaron el suelo juninense, se llevará una gran sorpresa: no hubo casi excepciones (apenas una, que ya abordaremos), vinieron todos. El comienzo grande de esta serie interminable que se mantiene hasta estos días, aunque lejos en muchos sentidos de la época de oro del tango, no pudo ser más significativo. El 2 de junio de 1921 se produjo la primera de las dos actuaciones que Carlos Gardel hizo en Junín. Ese día, en el salón Víctor Hugo de la Sociedad Francesa, El Zorzal se presentó junto a José Razzano. ¿Casualidad? ¿Premonición?
La única gran orquesta que nunca actuó en Junín fue la dirigida por Cayetano (tal su verdadero nombre) Di Sarli, apodado con toda justicia “El Señor del Tango”. De la investigación realizada no existen indicios capaces de explicar esta curiosidad. Si estuvieron Troilo, Pugliese, Basso, Salgán, Fresedo, Pontier, Gobbi, Sassone, D´Arienzo, Francini-Pontier, Caldara, Sánchez Gorio, Federico, Rotundo, Barbero, Di Paulo, Attadia, Caló (Miguel y Roberto), Salamanca, Piazzolla, Do Reyes, Lacava y Maderna, entre otros, ¿por qué no Carlos Di Sarli?
Muchos años atrás, toqué este tema con Arnaldo Sabus, en ese momento presidente del Club Junín. Precisamente, la entidad albirroja estuvo a punto de contratar al gran maestro. Fue en febrero de 1948, luego de la actuación en la casa de Horacio Salgán. “Tengo entendido que estaba todo arreglado para la presentación de Di Sarli, pero a último momento no se firmó el contrato. Ahora, a tantos años, no alcanzo a memorizar los motivos, pero pudo haber sido por razones económicas. Era una orquesta cara, mucho más que Troilo o Pugliese”, apuntó el recordado Nandy.
Carlos Di Sarli exhibió una forma distinta y elegante de interpretar la música ciudadana, sin apartarse de los moldes tradicionales. Ninguno como él buscó enlazar la cadencia rítmica del tango en el marco de una estructura armónica, en apariencia sencilla, aunque repleta de matices y sutilezas. Desde el piano sugería cosas, con un bordoneo que se transformó en una marca registrada, tratando de encadenar los compases, acentuando un ritmo delicado y elegante. Nunca vino a Junín, pero es como si hubiese estado
ESTILO DI SARLI
“Fue un talentoso ejecutante de piano. Desde su instrumento dirigía la orquesta dominando la sincronía y la ejecución del conjunto. En el estilo de Di Sarli no había solos de instrumentos, la fila de bandoneones cantaba por momentos la melodía, pero tenía un papel esencialmente rítmico y milonguero. Solo el violín se destacaba de un modo extremadamente delicado, en algún solo breve o en un contracanto. Su fecunda inventiva estuvo prevalentemente consagrada a la mano izquierda en la cual, con excelente y purísimo sonido, creó una manera de decir, de acentuar, de modular, de ‘rellenar’ y de ‘bordonear’ que era una pieza fundamental en el estilo del músico, encadenando los compases de la obra y acentuando un ritmo delicado y elegante, especial para la danza”. (Página/12, 9/1/2023).