Si las callecitas y veredas de Junín tienen ese no sé qué, viste, las plazas no le van en zaga. Hay algunas con pocas luces, otras con juegos que precisan algo más que una mano de pintura y otras, que parecen acomodaditas pero esconden un secreto en las alturas.
Una de ellas es la Plaza Eusebio Marcilla. A pocos metros del Caballero del Camino, inmortalizado en el centro de la plaza adonde concurren a diario centenares de chicos con sus padres, madres y abuelos a compartir un grato momento, hay un peligro que acecha allá en lo alto y está presto para arruinar una jornada de mates o hacer que los bizcochitos terminen en el cesto de residuos, antes del primer mordisco.
No son torcazitas ni mensajeras. Estas son las bravías, caseras, comunes. Grises y azuladas, doble pechuga. Como sea, y sin que importe raza y función, han hecho de ese lugar, su hogar y por ese privilegio que les da la ley de gravedad, llevan la ventaja en este juego de comer y ganarle a los de abajo.
Por las dudas, mire los bancos: Son el fiel reflejo y testigos involuntarios que antes de posar el traste allí, será mejor relojear arriba. Están como si nada, buscando a quien ca..ar. Ojo al piojo...tienen la mira aceitada, y no le erran.
No espere pronta solución de Espacios Verdes, Ambiente o quien sea que tenga que espantar a estas mensajeras de la (no) paz. Por lo pronto, elija otro banco, no sea cosa que tenga que volverse antes de llegar.