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EDITORIAL PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA Y LA EDICIÓN DIGITAL Nº 519 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 20 AL 26 DE JUNIO DE 2026
Junín tampoco escapa a esa realidad.
Las sospechas que hoy alcanzan a la administración municipal encabezada por Pablo Petrecca y que actualmente tiene a Juan Fiorini al frente del Departamento Ejecutivo interino no constituyen solamente un problema político. Tampoco son una cuestión exclusiva de la oposición o de los sectores críticos de la gestión. Son, ante todo, un problema institucional.
Existe una tendencia a creer que la corrupción se limita al dinero que eventualmente alguien se lleva de manera indebida. Sin embargo, el daño suele ser mucho más profundo. Cuando aparecen dudas sobre licitaciones, contrataciones, compras, concesiones o utilización de fondos públicos, lo que comienza a erosionarse es la confianza ciudadana y también se debilita la legitimidad de las instituciones.
La experiencia argentina demuestra que muchas veces la sociedad tolera estas situaciones mientras la economía funciona o mientras los servicios continúan prestándose con cierta normalidad.
Pero esa tolerancia tiene un costo porque detrás de cada peso mal utilizado, de cada procedimiento poco transparente o de cada información que no se brinda adecuadamente, existe una consecuencia concreta para los vecinos.
Los recursos públicos son limitados. Lo que se gasta de más en una contratación es dinero que deja de invertirse en infraestructura. Lo que se pierde en ineficiencias no llega a la salud, a la seguridad, al mantenimiento urbano o a los servicios esenciales. La corrupción, o incluso la mera sospecha, nunca es gratuita.
Por eso resulta indispensable comprender que el debate no debe girar alrededor de simpatías partidarias. No se trata de quién denuncia ni de quién gobierna. Se trata de determinar si los procedimientos fueron correctos y si los recursos de los contribuyentes fueron administrados con la transparencia que corresponde.
En una república, las sospechas no pueden reemplazar a las pruebas. Pero tampoco las autoridades pueden pretender que la ciudadanía confíe ciegamente cuando surgen cuestionamientos legítimos. La respuesta adecuada no es el silencio, ni la descalificación del crítico, ni la construcción de relatos defensivos. La respuesta adecuada es más información, más control y más rendición de cuentas.
Los organismos de control, la Justicia, el Concejo Deliberante, la prensa y la ciudadanía cumplen allí una función esencial. No para condenar anticipadamente a nadie, sino para garantizar que los actos de gobierno puedan ser examinados con claridad.
Junín necesita obras, inversiones y desarrollo. Pero también necesita algo igualmente importante: instituciones confiables. Porque las ciudades crecen cuando los vecinos tienen la certeza de que quienes administran los recursos públicos lo hacen de manera transparente y responden por cada una de sus decisiones.
Las sospechas que hoy sobrevuelan la gestión municipal deberán encontrar respuestas concretas. No por conveniencia política ni por interés electoral. Simplemente porque la transparencia no es una opción, sino una obligación.
Y porque cuando la confianza pública se pierde, recuperarla suele ser mucho más difícil que construir cualquier obra material.