SECCIÓN SEMANAGRO PUBLICADA EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 520 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 27 DE JUNIO AL 3 DE JULIO DE 2026
Hace apenas once años, en la campaña 2015/16, el campo argentino se enfrentó a un evento de características similares, catalogado en aquel entonces como uno de los más potentes de los últimos cien años. La pregunta que hoy recorre las tranqueras de nuestro distrito no es solo si volverá a llover, sino si, después de más de una década, estamos realmente preparados para gestionar el exceso.
La comparativa entre el ciclo 2015/16 y el presente 2026/27 no es un simple ejercicio estadístico; es una advertencia sobre la vulnerabilidad de nuestro sistema productivo.
En 2015 y años posteriores el impacto no fue solo climático, fue estructural. En aquel entonces, las excesivas precipitaciones redujeron rendimientos por anegamientos directos y paralizaron la logística. Los caminos rurales se transformaron en intransitables, impidiendo que la cosecha saliera de los campos y que los insumos básicos llegaran a destino. Los tambos sufrieron cortes en su cadena diaria por la imposibilidad de que los camiones cisterna recorrieran los senderos de tierra.
Hasta hubo que improvisar empalizadas por temor a que el agua llegara al casco urbano, por un posible desborde del canal que une las lagunas de Gómez con El Capincho.
Hoy, al analizar los pronósticos, la historia parece pedir permiso para repetirse, y el interrogante es si la infraestructura de Junín ha logrado cerrar las brechas que quedaron expuestas en aquel traumático ciclo.
La memoria nos recuerda que el clima de una década atrás no solo trajo lluvias abundantes, sino una distribución errática que castigó severamente la calidad de los granos. La aparición de enfermedades fúngicas, la imposibilidad de realizar aplicaciones a tiempo y el deterioro de la calidad forrajera para la ganadería fueron la norma. En Junín, muchos recuerdan el costo de oportunidad de aquella campaña, donde gran parte de la producción quedó atrapada en los silos por falta de camiones que pudieran transitar caminos convertidos en cauces de barro.
Es momento de que la previsión deje de ser una palabra y se convierta en una realidad en nuestros campos
Si bien el clima es un factor exógeno que escapa al control humano, la gestión del agua y la conectividad territorial son responsabilidades que recaen directamente sobre la planificación estatal. En el distrito de Junín, la preocupación por el estado de los caminos rurales cobra una dimensión crítica ante la inminencia de un año híper-húmedo. Años de desatención y falta de un plan de estabilizado integral han dejado a gran parte de la red de caminos secundarios y terciarios en una posición de fragilidad extrema. Un fenómeno de "Súper Niño" no solo trae lluvias por encima de la media, sino eventos de precipitación concentrada y violenta que, sobre suelos saturados y caminos sin el debido mantenimiento, se traducen en el aislamiento del productor.
A esto se suma una problemática denunciada por las entidades rurales: la proliferación de canales clandestinos. En la compleja topografía de nuestra zona, cualquier intervención no autorizada que derive excesos hídricos de un campo a otro, o hacia los caminos, funciona como un multiplicador del desastre.
Mientras el Estado no ejerza un poder de policía efectivo sobre estas prácticas, la capacidad de resiliencia del distrito frente a las inundaciones se verá siempre condicionada por el accionar desmedido de particulares. La falta de control estatal no solo es una negligencia administrativa, es un riesgo para la sostenibilidad de todo el entramado rural.
El impacto económico directo es severo. Cuando los caminos colapsan, los costos de transporte se disparan. El productor debe enfrentar fletes más caros, mayores tiempos de espera y, en muchos casos, la pérdida de calidad comercial del producto. Esta erosión de la rentabilidad es una descapitalización que termina afectando a la economía local, que depende vitalmente del flujo comercial agropecuario.
El escurrimiento de los cauces que provienen de aguas arriba, sumado a las lluvias locales, requiere que la infraestructura de control esté operativa al 100%
La gran obra de infraestructura que debería actuar como salvaguarda contra los excesos hídricos —el Plan Maestro del Río Salado— sigue siendo un tema de discusión recurrente y de avances lentos. Este proyecto, diseñado para aumentar la capacidad de conducción del río y mitigar los efectos de las inundaciones en toda la cuenca, ha sufrido demoras que superan cualquier justificación técnica. La falta de finalización de los tramos que afectan directamente a nuestra región no es solo un incumplimiento administrativo; es una vulnerabilidad tangible que el campo juninense carga sobre sus hombros.
El escurrimiento de los cauces que provienen de aguas arriba, sumado a las lluvias locales, requiere que la infraestructura de control esté operativa al 100%. La realidad, sin embargo, muestra que todavía hay tramos críticos en proceso o bajo licitaciones demoradas. El sector agropecuario de Junín no puede permitirse que la falta de voluntad política o la burocracia estatal sigan dilatando el cierre de esta obra vital. La experiencia de 2015 debe servir de espejo: en aquel año, la falta de capacidad de respuesta del río ante caudales extraordinarios causó pérdidas incalculables. Esperar a que el evento climático se instale para reclamar lo que debió estar terminado hace años es una estrategia que ya ha demostrado su alto costo.
En el distrito de Junín, la preocupación por el estado de los caminos rurales cobra una dimensión crítica ante la inminencia de un año híper-húmedo
El desafío para este 2026/27 no es solo climático, es de gestión. Si bien el productor agropecuario ha demostrado una capacidad de adaptación encomiable, estas estrategias son insuficientes cuando el suelo se transforma en una laguna. La lección de 2015 debe ser leída no como una fatalidad inmodificable, sino como un mapa de los errores que no deben volver a cometerse.
Las autoridades deben comprender que el campo no es solo un motor de divisas, sino un ecosistema que requiere una infraestructura que acompañe su ritmo. La desatención de años en la red vial rural y el retraso en las obras del Salado son pasivos que hoy pesan más que nunca. Ante el inminente arribo de un "Súper Niño", el tiempo de la ejecución de obras es el tiempo de la supervivencia. Junín se encuentra, una vez más, mirando al cielo con incertidumbre, pero con la mirada puesta en las promesas incumplidas de un Estado que aún tiene la oportunidad de demostrar que, esta vez, el escenario será distinto. La historia no espera, y el agua, cuando llega, tampoco. Es momento de que la previsión deje de ser una palabra y se convierta en una realidad en nuestros campos.