A casi treinta y dos años de su muerte, una muestra de logros y objetivos del recordado Orlando Tuso (16 de abril de 1917 – 24 de octubre de 1994), más allá de las limitaciones que impone el hecho de que el intento no tenga un exhaustivo carácter retrospectivo, puede considerarse “válido” si responde a una intención de estricta justicia, más que a un deseo reivindicatorio.
Tuso fue un alumno adelantado del cooperativismo, cuyas ideas y métodos puso en practica en la Liga Agrícola Ganadera de Junín, cuando tuvo la responsabilidad de conducirla. La institución, bajo su control, consiguió plasmar un crecimiento extraordinario, a través de obras de interés común. Como la Usina Láctea, por ejemplo. Precisamente la idea del “bien común” resultó una de las premisas fundamentales de este singular personaje de la vida juninense, que prefirió volcarse a favor de las raíces de la “empresa asociacional”, en lugar de trabajar para el “mercado”. Su escrupulosidad crítica en el rastreo de la solidaridad y los conceptos de “ayuda mutua”, no le impedían enriquecer sus interpretaciones con visiones actuales, a través de la red de relaciones que establecía entre distintos momentos de la vida laboral de Junín y sus intereses. Nunca abandonó la búsqueda de la palabra exacta, sólida, acerada.
Tuvo una larga vida dedicada a la cooperación, lema que practicó a ultranza, en el fomento de las diversas actividades, con la constante creación de trabajo, derivado de tantos enfoques visionarios que arrastró durante su largo espacio al frente de la Liga, que fue su segunda casa, dentro de un maravilloso romance de alegrías y sacrificios compartidos. Tuso depositó allí su pasión y transformó a la entidad en un lugar cálido, ejemplar, serio, cristalino y poderoso de la ciudad. Trabajar en
No prestaba atención a las voces que le cantaban los versos aduladores del momento. Tenía una personalidad fuerte y apenas le alcanzaba con ratificar su opinión a través de hechos concretos. Hay ejecutivos que están en las empresas porque pretenden demostrar su inteligencia, o su maravilloso talento, o su compromiso con el mercado. Hay otros que lo único que buscan es mostrarnos el humanismo del trabajo, dentro de un pensamiento no-individualista, sin interponer su persona. Orlando Tuso pertenecía a esta última raza. Era un cooperativista agudo e inteligente, porque había decidido transitar las calles y las vidas de nuestra gente, buscando siempre lo mejor, el equilibrio necesario. Lo suyo no tuvo moraleja ni conclusión, más allá de lo que dejó sembrado, que hoy aparece, desgraciadamente, como tierra arrasada. Su obra, en el fondo, evocada a tantos años, parece una ciencia ficción. Pero no. Todo fue cierto. Todas fueron historias importantes, que tuvieron principio y un final no deseado. Sólo se trata de recorrerlas, mientras que el cuerpo y el corazón aguanten.
Para “Lando” Tuso, Sarmiento no fue solamente un nombre, ni otros colores (a veces blanco, otras verde), ni mucho menos el conjunto de dirigentes ocasionales que están o estuvieron representándolo. Sarmiento fue para él un código, un sistema de señales directas al corazón, un teléfono imaginario que convocaba al espíritu y al sentimiento. Tuvo el privilegio de jugar, como zaguero central, al lado de viejas glorias de la entidad, como Cele García, Alejo Fuertes, Marcelo Marsetti, Oscar Magallanes, “Catanga” Pressacco, Agustín Cosso, Carlos Arias, Elmo Bovio y tantos otros, en cuatro memorables campañas: 1942/43/44/45. No desentonaba, claro. Cómo iba a desentonar si también fue campeón provincial con el seleccionado de
El idilio con Sarmiento no terminó con el agotamiento de su carrera, porque siguió aferrado al tablón, sufriendo y gozando con el verde, gritando su nombre y sus goles, emocionándose frente a un escenario donde once jugadores le devolvían una imagen simbólica, espectacular, irreal, de sí mismo. Nunca imaginó un triunfo (o una derrota) sin lucha, sin entrega, sin apasionamiento, sin lágrimas.
El deporte significó para Tuso otra compañía reveladora y a la que nunca descuidó, pese a sus obligaciones laborales. Con una Liga Agrícola floreciente, erguida y solidificada gracias al esfuerzo de muchos (verdadera razón de ser del cooperativismo), se ocupó de apoyar y fomentar ese ángulo de la comunidad. Acompañó las campañas del boxeador Mario Guilloti y organizó conferencias con otros grandes referentes del pugilismo, disciplina que también quería entrañablemente. En tal sentido, llegaron hasta aquí Tito Lectoure, Horacio Accavallo y Pascual Pérez, entre otros.
No concebía la vida sin amigos y tuvo permanente compañía en muchos de ellos: Terragno, Fiorda, Cosso, Corvetto, Carpaneto, Magallanes, Juliano, Marsetti, Zunino y otros. La gente solía captar intuitivamente en él al tipo que le gustaba escuchar y al que le gustaba contar todo tipo de historias. En ese plano, en el personal, en el familiar, es donde la muerte se transforma en una herida absurda.
Como si su romance con el cooperativismo, el fútbol, el boxeo y sus amigos hubiese sido poca cosa, también le dedicó una porción a algo entrañable: el periodismo. Desde la función gerencial, junto a su amigo Santiago Zunino, fundó “El Agrario”, publicación que reflejó hasta hace algunas décadas las actividades de la institución y los problemas del hombre de campo.
La pasión por la política también lo abrazó. Sus ideas progresistas lo llevaron a aterrizar en el Partido Intransigente, la única alternativa viable al bipartidismo de los 80. Fue concejal. Fue una voz distinta en el recinto. Admiraba a Oscar Alende, al que consideraba un ejemplo de la dirigencia argentina, la única figura con neto arraigo popular. Pero, como muchos, sucumbió al desencanto que suscitaron las intimidades del “Bisonte” con el menemismo en el poder.
¿Cómo desentumecer los puestos de trabajo juninenses, ese inapreciable don ataviado de ilusiones? ¿Cómo volver ligera esa melosa, esa pastosa masa, ahora acurrucada entre miedos e incertidumbres? ¿Cómo remozar a la anciana señorita chapada a la antigua que apenas se tiene en pie? Ahora que el trabajo no existe, todo hombre busca una ilusión a la cual aferrarse. Toda ilusión busca a un hombre. Y es allí donde se reflota, inconfundible, la figura de Orlando Tuso, aquel hombre grandote, inteligente y adelantado treinta años al mundo de entonces, que hizo de