Desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, el Gobierno incorporó la denominada “batalla cultural” como uno de sus ejes políticos. El propio mandatario llamó a dar esa pelea y planteó la necesidad de modificar ideas y consensos que identifica con el progresismo.
En ese marco, el oficialismo cuestionó las políticas de género, eliminó el uso del lenguaje inclusivo en la administración pública y avanzó sobre organismos y programas vinculados con esas políticas. También impulsó una reducción del financiamiento y una reestructuración de distintas áreas de la cultura estatal.
Algo similar se vive en Alemania. La cultura se convirtió en un nuevo campo de batalla para la ultraderecha alemana. A medida que Alternativa para Alemania (AfD) gana espacio político, el partido busca extender su disputa más allá de las elecciones y las instituciones para intervenir sobre aquello que una sociedad considera válido, representativo y digno de ser preservado, muy parecido a lo que pregona Milei en Argentina.
La ofensiva alcanza a museos, teatros, universidades, instituciones culturales y políticas públicas, pero también se proyecta sobre una discusión más profunda: qué valores debe transmitir el Estado y qué relatos sobre Alemania deben ocupar un lugar central en el espacio público.
El fenómeno adquiere una dimensión particularmente sensible en un país cuya identidad democrática de posguerra está estrechamente ligada a la revisión crítica de su pasado nazi. La memoria del Holocausto y los mecanismos desarrollados para mantener presente ese pasado forman parte de una cultura política que durante décadas fue considerada un límite frente a cualquier intento de reivindicación del nazismo.
La AfD, sin embargo, cuestiona algunos de esos consensos. Dirigentes del partido han criticado la cultura de la memoria alemana y reclamado una mirada diferente sobre la historia nacional. Uno de sus referentes, Björn Höcke, llegó a calificar de “vergüenza” el monumento dedicado a los judíos asesinados de Europa en Berlín, en una declaración que provocó una fuerte reacción política y social. La propia Feria del Libro de Fráncfort ha sido escenario de controversias alrededor de dirigentes de la AfD y de protestas contra sus posiciones.
El avance de la ultraderecha plantea así una pregunta que excede el resultado electoral: qué ocurre cuando una fuerza política que cuestiona consensos democráticos construidos durante décadas comienza a disputar también el territorio de la cultura.
De acuerdo con una nota del portal DW, hoy en día, el AfD vuelve a considerar que la Bauhaus es demasiado modernista y globalista para la "política cultural patriótica" que el partido tiene en mente.
La estrategia no consiste únicamente en reducir el gasto público o modificar estructuras administrativas. Se trata también de disputar los sentidos. La cultura aparece como un instrumento para redefinir qué se considera tradición, identidad nacional, memoria histórica y valores compartidos.
En ese sentido, el caso alemán forma parte de un fenómeno más amplio que atraviesa a distintas derechas radicalizadas en Europa y otros países occidentales. La disputa cultural permite trasladar al terreno de las ideas conflictos que antes se expresaban principalmente en torno de la economía, la inmigración o la seguridad.
En Alemania, esa batalla tiene una particular intensidad porque pone en juego la manera en que el país procesa uno de los capítulos más traumáticos de su historia. El avance de la AfD obliga a discutir hasta qué punto la cultura puede funcionar como una barrera frente a la normalización de discursos de ultraderecha y qué sucede cuando esos discursos intentan transformar no sólo la política, sino también la memoria colectiva.
La discusión, en definitiva, excede los presupuestos destinados a museos, teatros o universidades. Lo que está en disputa es quién tiene la capacidad de definir qué merece ser recordado, qué valores deben ser transmitidos y qué relato sobre una sociedad ocupará el centro de su cultura.