SECCIÓN SEMANAGRO PUBLICADA EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 527 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 15 AL 21 DE AGOSTO DE 2026
En paralelo, un equipo iberoamericano detectó glifosato en alimentos incluidos en programas de asistencia alimentaria de Uruguay y Perú. En algunos casos, las concentraciones encontradas superaron los límites máximos de residuos establecidos por el Codex Alimentarius.
Son dos investigaciones diferentes, con metodologías y objetivos propios, pero ambas vuelven a poner sobre la mesa una discusión que el modelo agroindustrial arrastra desde hace años: cuánto agroquímico llega al ambiente y a los alimentos y qué consecuencias puede tener sobre la salud de las poblaciones expuestas.
Estudios realizados sobre alimentos destinados a programas sociales encuentran presencia de glifosato y concentraciones que exceden los límites establecidos
El trabajo realizado por la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR analizó información de 6.497 mujeres de entre 18 y 70 años, a partir de antecedentes de abortos espontáneos e hipotiroidismo registrados entre 2008 y 2018 durante los Campamentos Sanitarios.
Los relevamientos comprendieron 2.870 embarazos: 2.501 culminaron en nacimientos y 369, el 13%, en pérdidas gestacionales. De estas últimas, 285 ocurrieron durante el primer trimestre, precisamente el período de mayor vulnerabilidad del desarrollo fetal.
Las localidades estudiadas fueron Acebal, Arteaga, Chabás, Luis Palacios, San Genaro, Sastre, Timbúes, Villa Eloísa y San Jorge, todas en Santa Fe y caracterizadas por una intensa actividad agrícola. Según los investigadores, hasta el 80% de la superficie de algunas de esas localidades está destinada a cultivos pulverizados con plaguicidas.
El dato más contundente aparece entre las mujeres menores de 30 años: la tasa de abortos espontáneos durante el primer trimestre pasó del 4,1% al 12,8% entre 2008 y 2018, lo que representa un incremento del 210%. En las mayores de 31 años, pasó del 11,1% al 19,8%, una suba del 78%.
El uso del glifosato en la región es masivo para la matriz productiva agronómica.
El estudio también encontró un incremento de 2,5 veces en los casos de hipotiroidismo, que pasaron de 5,7 a 14,3 casos cada 1.000 habitantes. Además, ajustado por edad, las mujeres con hipotiroidismo presentaron un 40% más de probabilidades de sufrir un aborto espontáneo durante el primer trimestre que aquellas que no padecían la enfermedad.
Los investigadores advierten que estos resultados deben interpretarse con una salvedad: no se realizaron mediciones directas de exposición a plaguicidas, como la presencia de glifosato en orina u otros agroquímicos en sangre. Los datos, además, fueron autodeclarados y no extraídos de historias clínicas.
Esa limitación no invalida el trabajo, pero sí obliga a ser precisos. Lo que los investigadores señalan es que los resultados respaldan la hipótesis de que el incremento de las pérdidas gestacionales podría estar relacionado con la expansión de un modelo agroindustrial caracterizado por el uso intensivo de plaguicidas.
El trabajo fue definido por sus autores como el primer informe sanitario que describe el perfil epidemiológico de la salud reproductiva en la región agroindustrial de Santa Fe. Y vuelve a poner en discusión la situación de los denominados “pueblos fumigados”, donde la cercanía entre las áreas productivas y las zonas habitadas constituye desde hace años una preocupación sanitaria.
El trabajo fue definido por sus autores como el primer informe sanitario que describe el perfil epidemiológico de la salud reproductiva en la región agroindustrial de Santa Fe
La otra investigación cambia el escenario: ya no observa consecuencias sanitarias en poblaciones rurales, sino la presencia del herbicida en alimentos destinados a sectores vulnerables.
El estudio, publicado en la revista Salud Colectiva, fue realizado por Susana Ramírez, de la Universidad Rovira i Virgili de España, y Claudio Martínez, de la Universidad de la República de Uruguay y de la Universidad Tecnológica de ese país.
Los investigadores analizaron alimentos incluidos en programas sociales de Perú y Uruguay. En el caso peruano se estudiaron productos del programa Qali Warma, mientras que en Uruguay se analizaron alimentos de la Canasta de Emergencia Alimentaria de la Intendencia de Maldonado.
Los resultados fueron llamativos: se detectó glifosato en tres de cuatro muestras analizadas correspondientes al programa peruano y en ocho de las 12 muestras uruguayas. En cinco de estas últimas, las concentraciones pudieron cuantificarse y se ubicaron entre cinco y más de diez veces por encima de los límites máximos establecidos por la normativa de referencia.
Los propios autores aclaran que se trata de resultados preliminares y exploratorios debido al reducido número de muestras y productos analizados. No permiten, por lo tanto, extrapolar automáticamente los resultados a todos los alimentos comercializados en ambos países. Pero tampoco deberían ser ignorados.
El Codex Alimentarius, elaborado conjuntamente por la FAO y la Organización Mundial de la Salud, establece límites máximos de residuos de plaguicidas en los alimentos con el objetivo de proteger la inocuidad alimentaria. Uruguay utiliza esos valores como referencia, complementándolos con otras normativas internacionales cuando no existen límites específicos.
El dato que emerge de ambas investigaciones resulta difícil de soslayar. Por un lado, en comunidades rurales argentinas se observa durante una década un incremento marcado de abortos espontáneos e hipotiroidismo en un contexto de intensa utilización de plaguicidas. Por otro, estudios realizados sobre alimentos destinados a programas sociales encuentran presencia de glifosato y, en determinadas muestras, concentraciones que exceden los límites establecidos.
En verdad no se sabe cuándo alcanzará para convertir esos resultados en una sentencia definitiva sobre el herbicida, ya que la cantidad de investigaciones así lo determina, sumando más y más argumentos. Pero como ocurre en la mayoría de los casos la respuesta es mirar para otro lado.
Cuando aparecen señales coincidentes sobre exposición ambiental, salud reproductiva, alteraciones tiroideas y residuos de agroquímicos en alimentos, lo razonable es profundizar los estudios, mejorar los controles y discutir con seriedad los mecanismos de prevención ya que detrás de cada porcentaje hay personas. Y porque el debate sobre el modelo productivo no puede reducirse a cuánto produce una hectárea. También debería preguntarse qué ocurre con quienes viven alrededor de ella y con quienes, para finalmente, entender que los productos químicos que se utilizan terminan formando parte de la mesa de los niños, sus padres y los adultos mayores.