El municipio de Junín vuelve a sorprender con su singular capacidad para la reconversión urbana. Allí donde antes rugían los motores y la juventud local se reunía la mítica pista de motos, hoy se erige un vanguardista monumento al desinterés y la biodiversidad plástica. El espacio del viejo Nardi se convirtió en un flamante basural a cielo abierto, gestionado de manera colaborativa por el descarte clandestino y la proactiva inacción de las autoridades comunales.
Los vecinos del sector, (notablemente desactualizados en las tendencias globales de diseño paisajístico, porque parece esa es la que va ahora) cometieron el error de insistir con viejos vicios democráticos. Munidos de paciencia, armaron expedientes, elevaron notas y llamaron de forma reiterada a los despachos municipales.
Esperaron con excesiva nostalgia decimonónica, la llegada de camiones recolectores o inspectores que pusieran orden en el predio. El resultado fue la nada misma.
La respuesta oficial estuvo a la altura de la gestión: un silencio interrumpido únicamente por el zumbido de las moscas y el ruido de las carreras de los ratones, que ya adoptaron el lugar como su nuevo hábitat natural.
Para el gobierno local, la premisa es clara: si no se mira, la mugre deja de existir. Es la consagrada técnica de limpiar exclusivamente "adonde mira la suegra", concentrando el despliegue estético en el centro y las plazas, mientras las periferias se transforman en tierra de nadie.
Parece que los residentes de la zona deberán aprender a convivir con este nuevo "pulmón de desechos". Total, en el Junín moderno las prioridades son nítidas: al ritmo de la Big Mac todo fluye lindo, mientras los expedientes se acumulan en los escritorios al mismo ritmo que las bolsas de residuos en la vieja pista, el contribuyente sigue pagando sus tasas.
Sí, la desatención y la vergüenza se reciclan día a día.