La histórica fábrica de cosechadoras Vassalli, emblema de la industria argentina, acaba de ser "vendida" por un dólar a un viejo conocido de la firma, que atravesó varias de sus etapas más difíciles. Con la promesa de reactivar la producción, desembarca con un grupo inversor aún desconocido y esgrime un plan poco visible. Los trabajadores miran de reojo.
Vassalli protagonizó lo que fue catalogado como una de las primeras operaciones industriales de la era Javier Milei, pero solo un año más tarde tenía en puerta una nueva crisis o el efecto retardado de una que no se extinguió.
La planta de la empresa fue sede de importantes movilizaciones sindicales durante los últimos meses e inmortalizó la imagen de la senadora Florencia Arietto siendo expulsada por los operarios, muchos de los cuales todavía reclaman casi un año de sueldo.
La empresa de Santa Fe llegó a fabricar más de mil cosechadoras al año y ser una insignia de la agroindustria en su época dorada, pero actualmente una máquina a medio terminar en una línea paralizada es el principal blanco de pujas internas.
Eso, y mucho más, es Vassalli, una de las últimas fabricantes de cosechadoras de capital nacional que lucha por mantenerse en pie y que ahora, desde el interior de Santa Fe, vuelve a mover sus fichas. Todavía, bajo un halo de incógnitas.
“Informamos que en el día de la fecha ha concluido el proceso de transferencia accionaria de Vassalli, habiéndose perfeccionado y formalizado la cesión por parte de la familia Marsó a favor de Roberto Santiago Chinelli, junto con el grupo empresario que integra y representa, del ciento por ciento del capital accionario”. Con ese breve comunicado en redes sociales, la firma oficializó el pasado 26 de agosto las versiones que ya circulaban hace tiempo.
Pero, ¿qué pasó con los Marsó, una histórica familia vinculada a la actividad avícola que la había adquirido en 2024? ¿Qué motiva el regreso de Chinelli, una figura clave en otras administraciones? ¿Por qué no se conoce aún al “grupo empresario" que representa? ¿Y de qué sospechan los trabajadores?
Ahora, tras la acumulación de una deuda de más de $1300 millones, importantes atrasos salariales, deudas con el sindicato y la paralización de la actividad por más de un año, fue elegido como el nuevo dueño, en representación de un grupo de inversores cuyos nombres no fueron informados públicamente y con un plan sobre el que tampoco hay demasiadas precisiones. Lo que está claro es que el anterior propietario ya se desligó de la firma, que cedió por el valor simbólico de un dólar al nuevo grupo.
Consultado sobre los proyectos en marcha dentro de Vassalli, Marsó se limitó a pasarle la pelota a otro empresario, quien por su parte prefirió mantenerse alejado de los micrófonos. Ante las insistencias de este medio para conocer la versión oficial, fuentes de la nueva conducción evitaron dar declaraciones y mantienen vigentes los trascendidos de las últimas semanas. La promesa productiva difundida es reactivar la línea productiva -frenada a cero desde mediados del año pasado- con una partida inicial de 30 cosechadoras, recuperar componentes aún retenidos en la Aduana y desarrollar nuevos modelos para relanzar la marca. Según dicen, para noviembre de este año podrían empezar a moverse los engranajes, pero aún hay puntos sensibles por resolver.
Vassalli aún mantiene en sus tres plantas de Firmat a unas 280 personas trabajadoras, que se intercalan en una jornada reducida y mantienen la vigilia aún con atrasos salariales de varios meses.
En las últimas semanas, mediante comunicados internos, los nuevos dueños prometieron normalizar la situación. Igualmente, la llave para destrabar el conflicto, aunque suene paradójico, son dos cosechadoras a medio terminar y un drapper, valuados por la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) en alrededor de u$s 2 millones.
La nueva conducción propuso completar las entregas pendientes y empezar a generar “caja” para afrontar la reactivación; pero el gremio, por su parte, reclama el movimiento contrario: que los nuevos propietarios aporten primero capital fresco y garanticen el pago de los salarios antes de retirar los equipos. Está claro que temen que las máquinas salgan de la planta, los fondos sean absorbidos por otras deudas y ellos se queden sin vía de reclamo.