La reciente inauguración de las letras corpóreas gigantes con la palabra "JUNÍN" sobre la avenida de Circunvalación a metros de la terminal y luego del escándalo por la desaparición del nombre que aparecía en el tótem de la terminal que pasó a ocuparse con la palabra Aló, es una clara muestra de la gestión PRO en la ciudad.
El intendente interino Juan Fiorini presentó la nueva construcción como un hito de modernización y "embellecimiento" urbano. Un punto fotogénico ideal para las redes sociales, con el nuevo espacio comercial privado en plena terminal y las luces de fondo.
Sin embargo, detrás del brillo de la pintura fresca, la misma geografía urbana, expone una contradicción flagrante. Apenas a unos metros de distancia, sepultado por el olvido y la desidia estatal, yace otro cartel de bienvenida: oxidado, despintado y abandonado a su suerte, un vestigio de la gestión de Mario Meoni que jamás fue puesto en valor.
Esta postal de dos carteles —uno sobreestimulado y el otro invisibilizado— no es una simple desprolijidad de planificación vial; es un síntoma perfecto del egoísmo político y de la "arquitectura de la espectacularidad". El espacio público se convierte así en un tablero de autocelebración donde lo que importa no es la continuidad institucional, sino la necesidad compulsiva de dejar una marca identitaria propia. Inaugurar lo nuevo siempre rinde más dividendos políticos que mantener lo existente y mucho más si es ajeno a las ideas que se pregonan.
Este fenómeno desnuda la actitud egocéntrica de minimizar el trabajo de las administraciones anteriores para repetir exactamente la misma acción, pero asegurándose de "llevar agua para el propio molino". Al dejar que la estructura de la gestión de Meoni se degrade hasta el desuso, la gestión actual opera bajo una lógica de borramiento simbólico:' lo que no fue hecho por nosotros, no existe' (o debe ser percibido como obsoleto). Así, la construcción de la identidad de una ciudad no se piensa como un proceso colectivo y acumulativo a lo largo del tiempo, sino como una sucesión de fundaciones desde cero, donde cada gobernante pretende refundar la historia local.
El costo de este individualismo político es doble. Es económico, porque implica duplicar gastos en lugar de restaurar y refuncionalizar el patrimonio existente. Pero fundamentalmente es cultural: educa a la ciudadanía en la cultura del descarte y en la idea de que los bienes comunes son descartables si no sirven para la foto del funcionario de turno.
Mientras el nuevo cartel busca capturar la atención rápida del transeúnte, el viejo cartel oxidado a solo unos metros sigue hablando en silencio. Y dice mucho más sobre la verdadera cultura política local que las flamantes letras recién inauguradas.