El mapa cultural y turístico del interior bonaerense está sufriendo un marcado rediseño que expone, fundamentalmente, un cambio de prioridades políticas. Para los amantes del jazz, la llegada de la primavera traía consigo la expectativa de las clásicas melodías sincopadas a esta zona de la provincia de Buenos Aires, aunque eso se perdió.
Este año el silencio se apoderó de los escenarios locales ante la ausencia del Festival de Junín Jazz & Blues, un evento arraigado, pero hoy postergado.
En contraste absoluto, a poco más de 200 kilómetros, la ciudad de San Nicolás de los Arroyos se consolida como el nuevo polo de atracción musical del género en la región a través de una potente propuesta artística y logística con entrada libre y gratuita.
La última vez que se realizó de forma oficial el festival en nuestra ciudad fue el viernes 29 y sábado 30 de julio de 2022.
Esa edición marcó el regreso del “Junín Jazz & Blues” tras el parate forzado por la pandemia. El evento se llevó a cabo con entrada libre y gratuita en el Teatro de la Ranchería, bajo la dirección artística de “Hety” Merlini, y contó con la presentación de artistas y bandas como GaneJazz, Bonzo Morelli, Sol Cabrera y Misty Swing.
La desaparición del festival de jazz del calendario juninense no es un hecho aislado, sino un reflejo de la matriz de gestión del entonces intendente Pablo Petrecca y su sucesor interino, su cuñado Juan Fiorini.
Desde el Ejecutivo local se ha optado por redefinir el perfil de los eventos masivos, priorizando proyectos de otro impacto y mayor visibilidad, como el regreso del automovilismo al Autódromo Eusebio Marcilla.
Bajo esta lógica, la política pública del municipio suele "descansar" la oferta de espectáculos artísticos en el sector privado; fundamentalmente en la figura del empresario cercano Eduardo "condorito" Di Marco, quien centraliza la cartelera de espectáculos netamente comerciales en el recuperado Cine San Carlos.
Así, mientras el Estado local delega la circulación cultural en propuestas de alta rentabilidad y consumo masivo privado, las expresiones de nicho y de gestión estatal —como el jazz— quedan desfinanciadas y fuera de la agenda pública.
Sin un presupuesto asignado con exclusividad o una estructura de patrocinio, la directiva actual es clara: concentrar los recursos en actividades masivas en espacios públicos que justifiquen el gasto frente al gran público.
La comparación entre ambas ciudades expone visiones estratégicas contrapuestas. Históricamente, la propuesta de Junín ha apostado por un concepto tradicional y centralizado, cobijado exclusivamente bajo el techo del Teatro de la Ranchería. Una experiencia íntima, de sala, ligada estrictamente a la disponibilidad presupuestaria local.
Por el contrario, el Festival de Jazz de San Nicolás irrumpe con un formato disruptivo de "jazz a cielo abierto" que toma cinco sedes históricas en simultáneo. Lejos de depender de una única caja estatal, la plaza nicoleña se sostiene sobre una fuerte articulación público-privada entre el municipio y empresas como EDEN, otorgándole un músculo financiero que le permite asegurar una grilla internacional. Además, San Nicolás juega con mística identitaria: el festival es un homenaje nativo al histórico concierto que el legendario Bill Evans dio en esa localidad en 1979.
La falta de continuidad de estos festivales en ciudades como Junín reabre la discusión sobre la importancia de la diversidad en la oferta cultural. Para las comunidades del interior de la provincia de Buenos Aires, este tipo de propuestas no constituyen un mero pasatiempo; son motores fundamentales de desarrollo económico, turístico y de identidad social.
Un festival de esta magnitud moviliza la hotelería, la gastronomía y el comercio local, atrayendo a un perfil de visitante regional que busca alternativas al turismo masivo tradicional. En lo social, democratiza el acceso a bienes culturales de primer nivel que, de otro modo, quedarían confinados a las grandes capitales.
Mientras San Nicolás se posiciona con firmeza en la agenda cultural nacional gracias a una alianza estratégica, Junín asiste como espectador a la pérdida de un espacio ganado, atrapado en una polarización interna donde ‘la melodía’ de las recientes inauguraciones parecen haber tapado, por ahora, a los acordes del jazz.