La sesión del pasado miércoles en el Senado bonaerense ofreció un espectáculo que excede la simple anécdota de la chicana política ya que fue una radiografía perfecta de la degradación del debate público en la Argentina actual.
Lo que debió ser un espacio de solemnidad y memoria institucional terminó convertido en un sainete, donde la violencia de género y los crímenes más atroces fueron reducidos a una batalla de audios para una guerra berreta de tribunas.
La mecha la encendió la legisladora camporista Fernanda Raverta, quien al recordar el aniversario del trágico femicidio de Lucía Pérez en Mar del Plata, decidió trazar una línea discursiva forzada: vinculó aquel brutal crimen de hace una década con la violencia verbal que propala el presidente Javier Milei.
Teléfono en mano pegado al micrófono de su banca, reprodujo un compilado de bravuconadas presidenciales, sentenciando que "naturalizar el grado de violencia verbal le está haciendo un daño enorme a la sociedad".
La respuesta de la bancada oficialista no tardó en llegar y activó el resorte más previsible de la retórica contemporánea: el whataboutism, o la falacia del "tú también".
En ese rol, el senador libertario Gonzalo Cabezas recogió el guante, pero no para defender las formas del Ejecutivo ni para refutar el planteo de fondo.
En su lugar, contraatacó con otro audio de WhatsApp. Esta vez, las agresiones e insultos del expresidente Alberto Fernández hacia Fabiola Yañez resonaron en el recinto. "Yo les recuerdo que la mujer del ex presidente terminó golpeada y eso no les importó en lo más mínimo", remató Cabezas. Este episodio expone con preocupación el mecanismo de una trampa retórica diseñada para la era de la polarización.
Este mecanismo de “y ustedes que”, denominado “whataboutism” (Y tú que) es efectivo porque anula la discusión: no busca la verdad, sino la distracción. Al responder a una crítica exponiendo una falta peor del rival, el emisor queda eximido de dar explicaciones.
El mensaje que dejan los legisladores es destructivo como ejemplo para la sociedad ya que no parece importar la violencia verbal institucionalizada si es que el adversario político cometió una agresión física.
Ambas realidades -el maltrato presidencial presente y los abusos del mandatario anterior- coexisten en su gravedad y merecen repudio, pero la polarización las usa como comodines en un discurso patético.
El objetivo ya no es legislar ni proteger, sino provocar un impacto para el algoritmo de las redes sociales, lo cual muestra la falta de interés de los legisladores en ser representantes del ciudadano, transformándose en meros espadachines de sus partidarios y singulares influencers egocéntricos.
El Senado bonaerense, que debería ser un ámbito de alta deliberación y construcción de políticas de Estado, termina pareciéndose a un programa de chismes de la tarde.
La dinámica del debate legislativo se ha vaciado de argumentos técnicos para adoptar el formato del "carpetazo" instantáneo y la espectacularidad del clipeo digital termina generando una degradación institucional.
Lo grave no es solo que se utilicen recursos falaces para eludir la responsabilidad discursiva de la que carecen; lo verdaderamente obsceno es que causas tan sensibles como los femicidios y la violencia de género queden sepultadas bajo una disputa partidaria de bajísimo vuelo.