El primer día de octubre arrancó con un paro convocado por la Federación de Educadores Bonaerenses (FEB), que tuvo un acatamiento del 98% y sirvió para visibilizar la violencia que sufren los docentes en las escuelas de la provincia de Buenos Aires, un tema frecuente que deja en claro que algo se quebró entre la sociedad y la escuela.
Esta semana, acá cerca, en Chacabuco, una ex directora de primaria que cumplía labores como preceptora en el Colegio Nacional, también fue agredida en forma brutal por la madre de una alumna e hizo su descargo público.
“Soy Andrea Otegui, preceptora de la Escuela Nacional y docente con 22 años de trayectoria. Comparto esta carta para que los medios transmitan la verdad de lo sucedido y se eviten distorsiones” manifestó y añadió: “el día del hecho, mientras acompañaba a alumnos en el aula, una madre ingresó exigiendo a los gritos que buscáramos a su hija. Le indiqué que debía dirigirse a Dirección. Minutos después, volvió hacia mí, me insultó, me escupió, me golpeó en la cabeza, me tiró al piso y continuó amenazándome. Antes de retirarse, también agredió a la directora”.
Según explicó “el conflicto se originó por una situación previa entre estudiantes que ya había sido abordada por la institución” y aclaró que “jamás acusé a la alumna ni la ofendí”, expresando que “ninguna preocupación o desacuerdo justifica agredir a quienes trabajamos en la escuela. Alumnos presenciaron los gritos y la violencia, quedando expuestos a una situación trágica e inaceptable”. Sintetizó la situación destacando que “escribo desde un profundo dolor en un lugar que quiero y donde nunca imaginé vivir algo así. Busco visibilizar lo ocurrido y que las autoridades tomen medidas concretas. Necesitamos entornos seguros para trabajar y aprender; no podemos esperar una tragedia mayor para actuar. Las familias tienen derecho a ser escuchadas, pero los educadores merecemos respeto y protección”.
Y cerró con la frase: “Basta de violencia en las escuelas, por los docentes y por nuestros chicos”.
Lo que antes se leía como un episodio aislado de mala conducta, hoy es analizado por los expertos como una crisis estructural de la autoridad pedagógica
La escena se repite en distintas aulas de la región con una frecuencia que asusta, pero que suele quedar muchas veces oculta tras los muros de las instituciones. Un docente intenta explicar un concepto en el pizarrón mientras el murmullo generalizado apaga la explicación. Pide silencio y la respuesta no es el orden, sino el desafío abierto, exagerado, inusitado, sin argumentos, la barbarie pura.
Lo que antes se leía como un episodio aislado de mala conducta, hoy es analizado por los expertos como una crisis estructural de la autoridad pedagógica.
Para dimensionar este fenómeno con rigurosidad científica, la investigadora Cecilia Soledad Claveri llevó a cabo una exhaustiva tesis doctoral titulada “Violencia de los alumnos hacia los docentes de nivel secundario en escuelas de gestión estatal de la ciudad de La Plata”, que puede hallarse en el repositorio de la Universidad de Flores (UFLO).
El estudio —que aplicó un cuestionario estandarizado a profesores de la capital bonaerense— arroja datos estadísticos contundentes sobre el maltrato diario que soporta el cuerpo docente.
Aunque el trabajo de campo se realizó a fines de 2019, sus resultados operan hoy como una reveladora "radiografía de la prepandemia". Los especialistas destacan que aquellas conductas que ya eran críticas hace unos años, lejos de disiparse, se profundizaron drásticamente tras el regreso a la presencialidad plena, en un contexto social y económico fuertemente degradado como el actual.
El primer hecho de la investigación de Claveri se vincula con la violencia verbal. En una escala de medición estadística donde los valores más altos reflejan una mayor recurrencia de los comportamientos, el ítem general de "Violencia verbal del alumnado hacia los profesores" alcanzó una preocupante puntuación de 3.73.
Sin embargo, al desglosar las conductas específicas, el dato más alarmante surge en la acción de "faltar el respeto al profesor", que escaló a un promedio de 4.30. Esta cifra demuestra que el insulto, la contestación agresiva y la desautorización explícita ya no constituyen cuestiones extraordinarias, sino que forman parte de la cotidianeidad con el que los educadores deben lidiar al frente del aula.
"La pérdida de la asimetría histórica entre el adulto que enseña y el joven que aprende modificó por completo las reglas de juego", señalan especialistas en convivencia escolar.
Cuando el docente pierde el monopolio del saber pero en particular, el respaldo de la sociedad, su figura queda expuesta a la constante negociación de normas que agota su capacidad de intervención pedagógica.
Otro de los pilares del estudio analiza lo que la pedagogía denomina "disrupción en el aula", evaluada con una puntuación general de 3.47. Dentro de esta categoría, la conducta de "dificultar las explicaciones hablando" trepó al 4.07.
A simple vista, que los alumnos hablen en clase podría parecer un problema menor de disciplina. Sin embargo, en términos de salud laboral, los psicopedagogos institucionales lo catalogan como una forma de "micro- maltrato" constante.
La interrupción sistemática del hilo de enseñanza obliga al profesor a gastar más energía en capturar la atención y restablecer el orden que en transmitir contenidos.
Este escenario de tensión sorda genera un desgaste cognitivo y emocional acumulativo que, a mediano plazo, deviene en licencias psiquiátricas, cuadros de estrés crónico (burnout) o, en última instancia, el abandono prematuro de la profesión.
La interrupción sistemática del hilo de enseñanza obliga al profesor a gastar más energía en capturar la atención y restablecer el orden que en transmitir contenidos
Quizás el aporte más novedoso y actual de la tesis de Claveri sea la medición de las denominadas "Violencias TIC". El aula ya no se limita a las cuatro paredes físicas de la escuela; se expandió hacia las plataformas virtuales, y con ello llegaron nuevas modalidades de hostigamiento.
De acuerdo con los datos recogidos entre los docentes platenses, las ofensas dirigidas a los profesores a través de las redes sociales alcanzaron un índice de 3.80.
En sintonía, la acción de "grabar o sacar fotos a los profesores para burlarse de ellos en internet" registró un elevado 3.63.
Este hostigamiento digital introduce una vulnerabilidad inédita para el trabajador de la educación. El docente es expuesto, satirizado o directamente difamado en grupos de mensajería o perfiles públicos sin su consentimiento. La humillación se vuelve viral, permanente y traspasa los horarios de la jornada laboral, persiguiendo al educador hasta la intimidad de su hogar.
Las instituciones escolares por lo general carecen de herramientas normativas y tecnológicas eficaces para sancionar o contener esta nueva forma de maltratar.
El valor de la investigación de Claveri radica en que le pone números precisos a un malestar que los gremios docentes locales vienen denunciando con vehemencia en los últimos años.
Las crónicas policiales y gremiales recientes de la región de La Plata reflejan que la violencia verbal y digital medida en la tesis suele ser la antesala de desbordes aún mayores, que incluyen agresiones físicas por parte de alumnos e incluso de familias que irrumpen violentamente en los establecimientos, lo que se asemeja con lo ocurrido esta semana en Chacabuco.
La docencia se ejerce hoy bajo un persistente sentimiento de desprotección. Frente a las demandas de contención social que se le exigen a la escuela pública, los profesores manifiestan quedar en una posición de absoluta soledad institucional.
Las conclusiones del estudio académico de Claveri invitan a una reflexión profunda que va más allá de la simple y recurrente sanción punitiva.
La violencia en las escuelas no es un hecho en solitario, sino el reflejo de una sociedad donde los canales de diálogo tradicionales parecen haberse quebrado y la política partidaria es fiel testigo de lo que no debiera ocurrir.
Para los analistas, la solución requiere un abordaje completo ya que no alcanza con pedirle al docente que "controle" el aula si no cuenta con el respaldo de protocolos claros de actuación, gabinetes psicopedagógicos reforzados y, fundamentalmente, una alianza refundada con las familias.
Mientras el respeto a la figura del maestro siga devaluándose, las aulas continuarán siendo espacios de trinchera y la calidad educativa seguirá pagando el costo de un sistema que no logra cuidar a quienes enseñan.