El 1 de octubre de 2026, Victoria Villarruel se fotografía con el rey Felipe VI en el Congreso de los Diputados de Madrid. Su agenda es propia: viajó con senadores de cuatro partidos y, como el Presidente estaba al mismo tiempo en París, el que quedó a cargo del Poder Ejecutivo fue un senador puntano. Doce días después, Karina Milei se baja de otro viaje presidencial para quedarse en Buenos Aires y encabezar la mesa política que negocia el Presupuesto y la reforma electoral.
Las dos escenas condensan la paradoja que recorre esta segunda entrega. La vicepresidenta, segunda en la línea de sucesión y titular del Senado, ocupa el segundo cargo de la Nación y lo ejerce lejos del poder. La secretaria general, en un puesto que no se vota y que nadie conocía, es la persona que decide.
Plutarco elegía sus pares buscando vidas que rimaran. Estas no riman: se contestan. Una tiene la legitimidad de las urnas sin el mando; la otra tiene el mando sin haber pasado por las urnas.
Villarruel llegó a la política con una causa antes que con un partido. Abogada, fundó el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas y dedicó años a reivindicar a las víctimas de la violencia guerrillera de los setenta, un tema que el resto del sistema evitaba. Fue diputada desde 2021 y, desde el 10 de diciembre de 2023, es vicepresidenta y presidenta del Senado.
La vicepresidencia argentina tiene historia de incomodidad. En 2000, Carlos “Chacho” Álvarez renunció en medio del escándalo de las coimas en el Senado; en 2008, Julio Cobos desempató con su “no positivo” contra la resolución 125 de su propio gobierno. Villarruel continúa esa tradición por otra vía: no rompe, se distancia. Arma agenda internacional propia, habla de empleo cuando el Gobierno habla de ajuste y, en Madrid, pidió regular la inteligencia artificial cuando el Presidente prefiere no regularla.
Desde el oficialismo, figuras como Lilia Lemoine le atribuyeron querer armar “un gobierno dentro del gobierno”. Desde su propia lectura, Villarruel ejerce un cargo institucional que no le debe obediencia al Presidente sino a la Constitución. Las dos interpretaciones describen el mismo hecho: una vice con capital propio y sin lugar en la mesa.
Karina Milei no tenía trayectoria política antes de 2021. Relacionista pública, acompañó a su hermano desde los años de televisión y fue quien organizó la estructura cuando la candidatura todavía parecía una excentricidad. Él la llama “el Jefe”, y el apodo resultó ser una descripción más que un chiste.
El 10 de diciembre de 2023 asumió como secretaria general de la Presidencia, para lo cual hubo que modificar el decreto 93/2018, que impedía a familiares directos del Presidente ocupar cargos de esa jerarquía. Desde allí controla la agenda presidencial, el armado nacional de La Libertad Avanza y, según distintas crónicas, buena parte de las designaciones en áreas sensibles del Estado. En octubre de 2026 condujo personalmente la mesa política del Presupuesto mientras su hermano viajaba a Estados Unidos.
La historia española tiene un nombre para esta figura: el valido. Entre los siglos XVI y XVII, hombres como el duque de Lerma o el conde-duque de Olivares gobernaron en nombre de reyes que confiaban en ellos más que en sus ministros. El valido no tenía un cargo que explicara su poder; su poder se explicaba por la confianza del monarca, y por eso duraba exactamente lo que duraba esa confianza.
Villarruel y Karina Milei encarnan dos de las tres fuentes de autoridad que describió Max Weber, y las dos orbitan alrededor de la tercera. El sociólogo alemán distinguía, hacia 1920, tres maneras en que un mando consigue obediencia. La legal-racional descansa en reglas impersonales: se obedece al cargo, no a la persona. La tradicional descansa en vínculos heredados y personales; cuando el Estado se maneja como una extensión de la casa del gobernante, Weber la llamaba patrimonial. La carismática descansa en las cualidades extraordinarias que los seguidores le atribuyen a un líder. Villarruel tiene la primera; Karina, algo de la segunda; ambas dependen de la tercera, que es la de Javier Milei.
El refrán lo dice con elocuencia: “el que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”. Karina no se arrimó al árbol; creció con él. Y quien solo tiene la Constitución descubre, quizás, que un cargo sin aliados es una oficina con buena vista.
En Villarruel hay un acierto institucional que vale más allá de cualquier simpatía: ejerce la vicepresidencia como lo que la Constitución dice que es, un cargo con autonomía y no un apéndice del Presidente. Presidió el Senado en sesiones decisivas, como la que dio media sanción a la reforma laboral, y sostuvo una agenda parlamentaria con senadores de distintos partidos.
En Karina el acierto es de eficacia política. Convirtió un partido que no existía en una estructura nacional, ganó elecciones legislativas y, cuando el Gobierno necesita votos, se sienta a conseguirlos. Ningún líder carismático sobrevive sin alguien que transforme el entusiasmo en organización, y ese rol ella lo cumplió.
El error de Villarruel es, acaso, haber confundido distancia con proyecto. Diferenciarse del Presidente le da identidad, pero sin una propuesta propia visible esa diferencia se lee como resentimiento o como espera. Una vice que agenda viajes cuando el Presidente viaja deja, además, el Poder Ejecutivo en manos de un tercero, y ese gesto no suma institucionalidad.
El riesgo de Karina es de diseño. Un poder que descansa en un vínculo de sangre no tiene contrapeso ni rendición de cuentas proporcional a su peso: la secretaria general no responde ante el Congreso como un jefe de Gabinete ni ante el electorado como una vicepresidenta. Las designaciones discutidas y las internas con otros sectores del oficialismo son el síntoma visible de un poder que nadie puede auditar del todo.
La primera lección es que el poder real debería coincidir con la responsabilidad formal. Si una secretaría coordina la política del Gobierno, ese rol debería estar escrito, con funciones explícitas y con algún mecanismo de rendición de cuentas ante el Congreso. Lo que no se nombra no se controla.
La segunda es que la fórmula presidencial es un contrato, no una foto de campaña. Presidente y vice deberían pactar de antemano qué rol tendrá cada uno, como ocurre en otros sistemas presidenciales donde la vicepresidencia recibe tareas concretas. Una vice sin funciones se busca funciones, y casi siempre las encuentra en la oposición interna.
La tercera es para los dos lados. La legitimidad de las urnas no alcanza sin capacidad de construir, y la capacidad de construir no alcanza sin legitimidad propia. Villarruel tiene los votos de una fórmula y necesita una obra; Karina tiene una obra y necesitaría, algún día, los votos.
En la primera entrega, la silla del jefe de Gabinete pasó de la palabra al acuerdo. En esta, el poder se partió entre quien fue elegida y quien fue elegida por el elegido. Acaso la república empiece a funcionar el día en que esas dos mujeres no tengan que estar en lados opuestos de la misma mesa.