sábado 28 de noviembre de 2020

CULTURA | 5 nov 2020

DESDE QUE SE FUE, NUNCA MÁS VOLVIÓ

El verdadero “Caminito” que inspiró los versos de Gabino Coria Peñaloza

“¡Qué cruel es el tiempo! Destruye poetas y eterniza sus poesías. Porque Gabino ya no existe físicamente. Pero su poesía no murió. Está impresa para siempre, junto a los etéreos sonidos musicales que Juan de Dios Filiberto plasmó sobre la partitura, tanto en “Caminito” como en “El Pañuelito”, que son sus letras más conocidas. Por ellas nuestro hombre perdura –y sin duda perdurará- en el devenir del tiempo. (José Narosky).


Por: Ismael Canaparo

El sábado pasado se cumpliron 45 años de la muerte del poeta y escritor argentino Gabino Coria Peñaloza (19 de febrero de 1881- 31 de octubre de 1975), mendocino de nacimiento, pero radicado en Chilecito (La Rioja), célebre por haber compuesto las letras de tangos famosos como "Caminito" y "El Pañuelito", los dos con música de Juan de Dios Filiberto y grabados por Carlos Gardel.

Luego de muchos años, y llevando en su mochila el recuerdo de sus años de bohemia, cuando compartía cafetines y tangos con Carlos Gardel, Francisco Canaro, José Razzano, Homero Manzi, Pascual de Rogatis, Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto, Luis Teisseire y otros príncipes de la noche porteña, en 1927, partió a la provincia de La Rioja y se radicó en la ciudad de Chilecito.

Su primer tango fue el famoso "El Pañuelito" de 1920, grabado por Filiberto, al igual que muchos otros de sus temas. En 1929 ganó con el tango "Margaritas", un concurso organizado por la empresa Max Glücksman, que interpretó Carlos Gardel.

Pueden señalarse otros importantes tangos escritos por Coria Peñaloza, como "La Cartita", "El Besito", "El Ramito", "La Vuelta de Rocha", “Lucerito”, "La Tacuarita", todas grabadas por El Zorzal. También fue colaborador de varias revistas, entre ellas El Mundo (Argentina), Atlántida, Las letras, diario La Nación, Caras y Caretas y Nativa, de la que fue cofundador. Por otro lado, publicó tres libros de poemas, “Cantares” y “La Canción de Mis Canciones”, en 1939, y “El Profeta Indio”, en 1950.

Indudablemente, teniendo en cuenta toda su obra poética y letrística, el tango “Caminito” se ganó con creces un sitio de privilegio. Fue compuesto en 1926 y presentado ese mismo año en el concurso de canciones organizado por la Municipalidad de Buenos Aires, donde obtuvo el primer premio, pero como comentan José Gobello y Jorge Bossio en su libro “Tangos, letras y letristas”, fue abucheado por el público.

Aquí se inspiró “Caminito”..

Pese a ese percance inesperado, ese mismo año lo grabó Carlos Gardel, con las guitarras de Ricardo y Barbieri. A partir de ese instante, se convirtió, junto con “El choclo”, “La cumparsita”, “A media luz” y “Adiós muchachos”, en uno de los tangos de mayor difusión universal. Al año siguiente, El Morocho lo volvió a grabar y también lo hicieron, Ignacio Corsini y la orquesta de Francisco Canaro, ahora en forma instrumental.

En la página “Todo Tango”, Álvaro Coria Peñaloza (nieto de Gabino) y Ricardo García Blaya, reúnen interesantes apuntes sobre el protagonista de esta nota. Veamos. “Horacio Ferrer define agudamente el destino de Gabino en el tango: “Fue el exacto intérprete literario del contenido temperamental y formal que Juan de Dios Filiberto imprimió a la canción porteña, contemplando la tesitura ingenua y rosa de la misma”.

“La historia que dio origen a “Caminito” es un hito y una clave para comprender su personalidad y su obra. Aquí transcribiremos una variante a la ya publicada en “Todo Tango”, extraída de la página del Diario Chilecito. Se trata de una entrevista a su nieto, Álvaro, “que nos permite desentrañar interesantes aspectos, hasta ahora poco conocidos, de la apasionante vida de Don Gabino, sin duda, fuera de lo común, estrechamente ligada a la bohemia y el arte”.

“Ya desde su temprana juventud, Gabino, nuestra una marcada inclinación hacia las letras, mostrando sus preferencias hacia las coplas, las relaciones y la poesía. En su trabajo diario —a principio de siglo— se desempeñaba como inspector en un ente recaudador de impuestos, y también como inspector del Instituto Nacional de Vitivinicultura. La necesidad de trasladarse por el país, lo trae a nuestra tierra riojana, sintiéndose intensamente atraído posteriormente por Chilecito.

“El tango “Caminito” caló profundamente en el sentimiento de miles de personas, en muchos países y por más de 80 años de vigencia ininterrumpida, es motivo de diversas polémicas a la hora de pretender saber sus orígenes y hasta hay quienes, erróneamente, lo atribuyen inspirado en el barrio de La Boca, en donde, en homenaje a los autores y al tango, existe una conocida calle con ese nombre, que es al mismo tiempo la que ostenta monumentos conmemorativos, placas y bustos recordatorios. Pero su verdadero origen está bastante lejano, tanto en el tiempo como en la distancia, en un sencillo pero encantador pueblito de la provincia de La Rioja, hoy ya ciudad de Olta”.

“En su temprana juventud, a comienzos de 1900, Gabino recorría los polvorientos caminos entre los pueblos riojanos, épocas en que los viajes eran toda una odisea. Por esos años, el traslado de pueblo en pueblo se hacía a lomo de caballos o mulas. Así fue, que cierto día de paso por Olta, quiso el destino que Gabino se viera impedido de continuar su viaje porque una gran creciente le impedía el paso”.

“En aquella época eran frecuentes las tertulias, fiestas caseras en las que la gente se divertía sanamente, entre música, y camaradería. Gabino, hombre de espíritu artístico, muy sensible, ve la presencia de un piano de cola, un piano hoy histórico que curiosamente tenía la fama de haber sido el primero en la provincia, traído a lomo de mula a través de la cordillera desde Chile, un Steinway & Sons, nada menos.

“Atraído por la curiosidad y el deseo de escuchar su timbre sonoro, pregunta si había entre los presentes alguien que supiera tocar, y ante la negativa por la ausencia del músico, se hace presente una señorita en su reemplazo que podía también tocar; Gabino, queda prendado por el encanto natural de la dama, lo que posteriormente, al conocerla más, termina convirtiéndose en amor reciproco”.

“Las costumbres de la época, no miraban con buenos ojos una relación tan prematura, y con un extraño hombre que estaba sólo de paso, por lo que era un amor prohibido, y por ese motivo se veían clandestinamente. Días más tarde, el río baja, Gabino continua su viaje y el tiempo pasa. Antes de partir él había prometido a su amada, que iba a regresar a buscarla. Al año siguiente, ya dispuesto a enfrentar a los padres de la que había conquistado su corazón, regresa a Olta.

“Lamentablemente, ella había partido y para peor nadie le decía hacia dónde o no le querían informar. Lo cierto es que al recabar más información, recibe la noticia de que ella se había ido con rumbo desconocido y con un bebé en su vientre. Ante el total hermetismo familiar y el rechazo hacia su persona, Gabino parte tristemente. Tiempo después, en Villa Mercedes, San Luis, desolado y con una congoja que marca profundamente su alma de poeta, vuelca su desconsuelo en la pluma, escribiendo un poema que más tarde se convirtió en “Caminito”. Regalando a la humanidad la historia más desdichada de su vida, convertida en sencillos y humildes versos cantados por las voces más prodigiosas”.

“El libro de Gobello-Bossio, recuerda: “En 1959, siendo intendente municipal Hernán Giralt, se impuso el nombre “Caminito” —en homenaje al tango—, a una callejuela de La Boca —cien metros curvos desde Garibaldi y Lamadrid hasta Pedro de Mendoza—, frente a la Vuelta de Rocha. Esa arteria ha sido convertida en museo y lugar de atracción para turistas. Coria Peñaloza no aprobó el homenaje, pues sostuvo que es otro el caminito que inspiró sus versos”.

“Después de una vida intensa y agitada en la gran ciudad (Buenos Aires), Gabino decide retirarse a Chilecito (La Rioja) junto a su esposa, donde residió por más de 40 años. Siempre enamorado del paisaje, al pie de eterno nevado cerro Famatina y fue, entonces, que lo encontró la muerte cinco años antes de cumplir un siglo de vida, rodeado de poemas, versos nostálgicos y rosales, bajo el cielo azul del octubre chileciteño”.

“Por último, una reflexión casi existencial planteada como una pregunta sin respuesta: ¿Cómo habrá sobrellevado Gabino la pena de haber engendrado un hijo, fruto del amor, que nunca pudo conocer?”.


OLTA, HOGAR DEL FAMOSO TANGO

Por Eduardo Parise

Cuentan que todo empezó en un pueblo riojano llamado Olta. Y que fue en una casa en la que estaba el único piano del pueblo, al que habían llevado hasta allí cargándolo con unas mulas. Aquel lugar fue el punto de origen para un apasionado romance entre una joven maestra y un poeta, pero que un año más tarde terminó en frustración. Ese final hizo que el poeta escribiera unos versos para evocar aquella relación y el paisaje del sendero que los enamorados habían recorrido. Concluía diciendo: “Desde que se fue/nunca más volvió/ caminito amigo/ yo también me voy”. Dos décadas después, con la música de Juan de Dios Filiberto, aquella letra se iba a convertir en uno de los tangos más difundidos en el mundo.

Ocurrió en 1902. La joven se llamaba María; el poeta, Gabino Coria Peñaloza. Y para que se encontraran, la naturaleza hizo su aporte. Coria Peñaloza (descendiente por sangre materna de Vicente “El Chacho” Peñaloza) iba desde Chilecito hacia San Luis cuando una gran creciente del río lo dejó varado en Olta. Como su madre era oriunda de ahí, tenía mucha gente amiga. Una tarde lo invitaron a una reunión en casa de una familia tradicional del lugar. En esa casa estaba el piano.

Cuando el poeta le pidió a la joven anfitriona que tocara algo, ella dijo que no lo hacía más en homenaje a una hermana muerta. Pero estaba María, maestra, profesora de música y también integrante de una familia destacada. El flechazo fue inmediato y se convirtió en pasión: él tenía 21 años; ella dos menos. Pasaron unos días y el “caminito amigo” (recuerdan que era una huella ancestral que unía Olta con Loma Blanca) fue testigo de aquella relación. Después el río volvió a su nivel, terminó el aislamiento y el muchacho siguió su camino, aunque prometió volver. Recién lo hizo al año siguiente. María ya no estaba: su familia había decidido llevarla a otro lugar no revelado. El romance juvenil quedaba trunco, pero había generado aquellos versos.

En 1923, en un encuentro en plena calle Florida, Coria Peñaloza conoció a Juan de Dios Filiberto, un hombre del barrio de La Boca, ya dedicado a la música. Antes había sido herrero, estibador y mecánico en los talleres de la compañía naviera Mihanovich. Justamente, en el camino a ese trabajo, el músico recorría todos los días un desvío ferroviario cercano a la vuelta de Rocha. Iba a ser el disparador para un tema musical pero sin letra.

La presentación en el encuentro callejero la hizo otro prócer boquense: Benito Quinquela Martín. Quinquela consideró que aquel “poeta loco” (como llamaba a Coria Peñaloza) era el complemento ideal para otro hombre difícil como Filiberto, una figura a quien, a los 9 años, habían echado del colegio por su mala conducta. “Caminito” se estrenó en el Concurso de Canciones Nativas del Corso Oficial de Buenos Aires, en los carnavales de 1926. Esa vez, Filiberto reunió un grupo con diez violines, un armonio y cuatro voces. Dicen que el público desaprobó el tema con silbidos. Recién unos meses más tarde, cuando Ignacio Corsini lo cantó en una obra en el Teatro Cómico, se convirtió en éxito. Hacia 1950, Quinquela y otros vecinos lograron que el caminito de La Boca fuera un museo abierto con gran fama.

Claro que el Caminito de La Boca no es el único pasaje en la ciudad con evocaciones que aluden a su pasado. En ese sentido se puede recordar al actual pasaje Enrique Santos Discépolo que, como una curva, cruza la manzana entre Lavalle, Riobamba, Corrientes y Callao. Por ese pasaje pasaba la locomotora La Porteña con sus vagones desde la estación del Parque (donde hoy está el Teatro Colón) hacia el Oeste. Fue el primer tren que circuló en Buenos Aires. Pero esa es otra historia.


 

 

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