domingo 07 de marzo de 2021

CULTURA | 29 ene 2021

el caballero del tango

Por la ruta sonora de Ricardo Tanturi

Un repaso por los últimos 70 años del dos por cuatro, nos permitió encontrarnos con “El caballero del tango” y, además, con las grandes figuras, los títulos, la radio, el cine y la danza. Y entre todo eso, la nostalgia.


Por: Ismael Canaparo

Mañana se cumplirán 48 años del fallecimiento del maestro Ricardo Tanturi, que había nacido el 27 de enero de 1905 en el porteño barrio de Barracas. Pianista, compositor y director de orquesta, tuvo un lucimiento significativo en la época dorada del tango, especialmente cuando sus vocalistas fueron Alberto Castillo y Enrique Campos, los dos con estilos muy opuestos, aunque de excelente llegada al público. Una agrupación discreta en sus arreglos, pero con estribillistas (Castillo/Campos) capaces de incentivar a los bailarines. Llamado “El caballero del tango”, estudió en la UBA, graduándose como médico, profesión que nunca ejerció.

El periodista Manuel Adet, del diario “El Litoral” de Santa Fe, sostiene, al hablar de la orquesta, que “Tanturi y Castillo compartieron los beneficios de la fama durante cuatro años. Ambos estaban atravesando su mejor momento artístico. La voz de Castillo y la puesta musical de Tanturi constituyeron un verdadero suceso que ganó, por derecho propio, un lugar privilegiado en la historia del tango. La presencia de la orquesta en clubes de barrio, locales nocturnos y en los principales salones de Buenos Aires, Montevideo, Mar del Plata y Rosario, dan cuenta de su popularidad, popularidad reforzada por las singulares dotes histriónicas de Castillo y su calidad como vocalista.

Para esos años a los grandes directores de orquesta se los reconocía por el cantor que los acompañaba. Es así como Troilo era impensable sin Fiorentino, Pugliese estaba con Chanel, Di Sarli con Roberto Rufino o D’Agostino con Vargas. El cantor había dejado de ser el estribillista de la década del treinta y adquiría gravitación propia y, en más de un caso, su marketing superaba al del propio director de la orquesta.

Es por eso que fueron muchos los que temieron que cuando Castillo se separó de Tanturi a mediados de 1944, la orquesta iniciaría su definitiva cuenta regresiva. Sin embargo, y cuando todos esperaban que el sustituto fuera alguien parecido a Castillo, incluso algún imitador, Tanturi tuvo el tino de elegir a Enrique Campos, un uruguayo cuya personalidad artística era opuesta a la de Castillo.

Enrique Campos cuando llegó de Montevideo a Buenos Aires buscando nuevos horizontes, era conocido en el ambiente de la noche como Eduardo Ruiz. La anécdota cuenta que Tanturi le explicó que en los escenarios porteños ya estaban Ricardo Ruiz y Enrique Ruiz, por lo que no era aconsejable insistir con un Ruiz más. Dicho esto, abrió la guía telefónica y al azar eligió un nombre. A partir de ese momento para felicidad de los tangueros nació Enrique Campos.

Con él, Tanturi grabó alrededor de cincuenta temas algunos realmente notables. El estilo de Campos era más melancólico, menos estridente y de una perfecta afinación. Pertenecen a ese período “Calor de hogar”, “Si se salva el pibe” y “El sueño del pibe”. Campos debutó en Radio El Mundo el 4 de agosto de 1943 con dos temas excelentes: “Muchachos comienza la ronda”, de Luis Porcell y Leopoldo Díaz Vélez, y el vals “Al pasar”, de Raúl Iglesias y Juan Gatti. Después de tres años de lucirse en los mejores escenarios tangueros de Uruguay y Argentina, Campos se fue con Francisco Rotundo.

Después vinieron Roberto Videla, Osvaldo Ribó, Juan Carlos Godoy y Elsa Rivas. Se trataba de excelentes cantores que supieron estar a la altura de las exigencias del maestro, pero lo que había cambiado eran las circunstancias. El período de oro de la década del cuarenta nunca más volvió y en el camino numerosas orquestas -incluida la de Tanturi- se fueron apagando lentamente. En la década del sesenta el primer disco lo grabó en 1966. También fue el último”.

A su vez, el talentoso Julio Nudler, escribió la siguiente semblanza en Página/12, dedicada a Tanturi: “Aunque nunca descolló por sus dotes musicales, Tanturi logró conducir durante varias décadas una orquesta de renombre, que basó su éxito en la enorme atracción de algunos de los cantores con que contó. Por esa misma razón, las versiones instrumentales de su limitada orquesta son escasas y poco recordadas. Sin embargo, su fama resiste el paso del tiempo, y en los últimos años, con el resurgimiento del tango como danza, las grabaciones de Tanturi son tal vez las más requeridas por los bailarines. Además, algunos de sus registros se han convertido en clásicos absolutos.

Ricardo Tanturi nació en Buenos Aires, de padres italianos, en el barrio de Barracas, uno de los más pobres y vitales de la ciudad, limitado por el Riachuelo, otrora surcado por incontables barcazas, y hoy contaminado y maloliente. Su primer instrumento fue el violín, que estudió con Francisco Alessio, tío del célebre bandoneonista y director Enrique Alessio. Su hermano Antonio Tanturi, pianista y codirector de la Orquesta Típica Tanturi-Petrone, lo indujo a dejar el violín por el piano y fue su maestro.

En 1924 comenzó Ricardo su carrera artística, sentado al teclado en clubs, festivales benéficos y, junto con su hermano, en LOY Radio Nacional (luego llamada Belgrano), nada de lo cual le impidió estudiar Medicina y recibirse con muy buenas calificaciones. En la universidad formó conjuntos estudiantiles. Allí conoció al actor Juan Carlos Thorry, quien luego sería su primer cantor, y a muchos de los músicos que conformarían su orquesta.

En 1933 formó un sexteto para actuar en cines y teatros. Lo bautizó “Los Indios”, en homenaje a un equipo de polo. Esa misma sería la denominación de todas sus formaciones posteriores. Tanturi solía utilizar como presentación el tango así llamado, “Los indios”, de Francisco Canaro, pero curiosamente nunca lo grabó.

Se inició en el disco en 1937, con una histórica placa del sello Odeon que contiene el tango “Tierrita”, de Agustín Bardi, en versión instrumental, y “A la luz del candil”, música del talentoso Carlos Vicente Geroni Flores, y truculenta letra de Alfredo Navarrine, cantado por Carlos Ortega. Pero Tanturi da el gran salto en 1939, cuando incorpora a Alberto Castillo, que se convertiría en un imán para el público. Castillo, de afinación perfecta, magistral en el uso de los matices y la media voz, seducía con todos los recursos posibles: su impactante gestualidad, su engominada elegancia varonil, su título de médico ginecólogo (obtenido en 1942) y ese estilo por momentos confidencial, por momentos desenfadado, que convertía cada tango en un espectáculo.

En los 37 temas que dejó grabados Castillo antes de alejarse de Tanturi en 1943, la orquesta le cede el protagonismo, como también haría con el elegido para sucederlo, el uruguayo Enrique Campos. Este compartía con Castillo el interés puesto en la comunicación con el público. Campos no intentaba ningún lucimiento vocal. Cantaba con displicencia, sin exaltarse, con la sencillez de las cosas humildes. Detrás de él, la orquesta sonaba afiatada, precisa y discreta, con una simple perfección. Esto convierte a los 51 temas que registró el binomio Tanturi-Campos en uno de los tesoros del género.

La orquesta no conocería ya momentos de tanto esplendor, aunque alcanzó notable nivel con Osvaldo Ribó a partir de 1946. Roberto Videla para la misma época, y posteriormente Juan Carlos Godoy y Elsa Rivas, entre otros, consiguieron revitalizar ocasionalmente la popularidad de Tanturi. Este compuso los tangos “Amigos presente”, “A otra cosa che pebeta” y “Pocas palabras” con letra de Enrique Cadícamo; “Sollozo de bandoneón” con Enrique Dizeo, y “Ese sos vos” con Francisco García Jiménez, entre otros”.

LA ROTACIÓN DE LOS CANTANTES

“Cabe destacar que la del cantante de orquesta fue, en todo momento, una actividad preponderantemente masculina. La aceptación los lanzaba al estrellato, por lo que la rotación de los vocalistas  se hizo inevitable. Por regla general, su primera tentación era convertirse en solistas. Un salto peligroso porque, al no tener el marco de la orquesta “madre”, el cantante perdía el cincuenta por ciento de su garantía de éxito. Sin embargo, varios (en distintos momentos, Alberto Castillo, Alberto Morán, Alberto Marino, Angel Vargas, Jorge Vidal, Alberto Podestá y Julio Sosa) lo lograron. Otros (como Francisco Fiorentino) tuvieron cierta notoriedad inicial, para luego verse obligados a retornar a su antigua condición si querían continuar trabajando. Un tercer grupo permaneció como solistas, con una aprobación moderada, imposible de comparar con la que habían obtenido en sus tiempos de cantantes de orquesta (por ejemplo, Enrique Campos  -FOTO- y Raúl Berón).

Aunque en el ideario del tango algunos cantores quedarían asociados con determinadas orquestas, esta suerte de “binomios” (créase o no, así se los llegó a definir) sólo refleja un momento preciso, a menudo breve. En una línea histórica de sólo dos décadas a partir de 1935, la rotación de cantantes resulta muy alta”. (Héctor Benedetti).


 

 

 

 

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