martes 20 de febrero de 2024

OPINIÓN | 21 ago 2021

Espacio de opinión

Tirar la piedra y esconder la mano

Por Romina De Luca


Las declaraciones recientes del empresario Daniel Herrero, presidente de Toyota Argentina, reavivaron el debate sobre la educación argentina. Últimamente esta discusión se centró casi exclusivamente en relación a la pandemia, esto es, a favor o en contra de la presencialidad en pandemia. Pero Herrero trajo a colación ese debate que se actualiza periódicamente al publicarse los resultados de las distintas pruebas de evaluación nacional e internacional, como las PISA, las TERCE, las ONE/Aprender de las que participa nuestro país. Los resultados, traducidos en rankings y escalas donde nuestro país queda siempre en los últimos lugares, nos enfocan sobre las destrezas y cualidades con las que egresan las y los estudiantes. Herrero, no sin segundas intenciones, lo sintetizó en pocas palabras: no podemos cubrir 200 puestos porque los estudiantes de nuestra región (Zárate-Campana) no terminan el secundario y cuando lo hacen no pueden leer y comprender un diario.

Así, el empresario hizo alusión a dos indicadores educativos. Por un lado, el desgranamiento de una escuela secundaria obligatoria formalmente hablando dónde solo se reciben, en tiempo y forma, 4 de los diez que inician el secundario. Este número surge de comparar la matrícula de primer año en 2014 y mirar cuántos egresaron en 2019. Por otro lado, de las pericias obtenidas por las y los estudiantes que, como muestran las pruebas Aprender de 2019, el 38,3% tiene niveles de rendimiento en lengua básicos o por debajo del básico y el 71,4% se ubica en las mismas categorías para matemáticas.

A decir verdad, no se trata de un cuadro nuevo si atendemos a lo que muestran las distintas pruebas. Veamos los resultados de las PISA. En el 2000, el 43,6% de los estudiantes tenían comprensión lectora por debajo de 2 (debajo de básico o básico), en 2006, la cifra trepó a 57,9%, en 2009 a 51,6%. En matemática, las cosas no eran mucho mejores. En 2009, Argentina obtuvo 388 puntos ubicándose por debajo del promedio latinoamericano; en 2006 con 381 puntos, casi el 40% de los alumnos no podía resolver los ejercicios más elementales y fueron encuadrados en el Nivel -1 (el más bajo de la escala), puntaje similar al del año 2000. En el 2015, el país fue descalificado por adulterar la muestra y en el 2018 quedó en el puesto 63 sobre un total de 77 participantes. Veinte años de un mismo cuadro. Primero le echaron la culpa a la Ley Federal, aunque ciertas pruebas locales que se implementaron en la década del ’80 mostraban un cuadro similar para CABA y Córdoba. Dijeron que la Ley de Educación Nacional resolvería todo. Y aquí estamos ante un horizonte desolador.

Así y todo, los números de la escuela secundaria permiten perfectamente cubrir los 200 puestos en Toyota, máxime si consideramos cuál fue la estrategia de la empresa para afrontar los problemas educativos: crear sus propios programas de finalización del secundario para sus operarios. “Educate para el cambio” es el nombre de uno de sus programas discontinuados durante la pandemia. El padrinazgo de escuelas es otra de las estrategias seguida por esa fracción de la burguesía más concentrada.

Lo cierto es que el interés que hoy muestran los empresarios nos permite pensar dónde se ubican las causas de los pésimos resultados de la escuela argentina. La respuesta: en la sociedad de la que se benefician esos mismos empresarios que hoy se quejan. Evidencia sobra: casi la mitad de la población de nuestro país es pobre con mayor impacto en los hogares sostenidos por mujeres. Siete de cada diez infantes son pobres y solo uno de cada cuatro niñas y niños puede hacer algo tan básico como almorzar y cenar todos los días. El 57,4% de los hogares que tienen hijas e hijos en escuelas estatales tiene secundario incompleto. Eso que el Ministerio de Educación denomina “clima socioeducativo” del hogar bajo. La mitad de los hogares de estudiantes de escuelas estatales no tiene obra social ni prepaga, casi el 34% de los varones de entre 16 y 17 años y el 30% de las mujeres realizan actividades productivas, cifra global que en el GBA es de casi el 32%. Durante la pandemia más de medio millón de chicas y chicos tuvieron que salir a trabajar. Hablamos de una escuela obligatoria dónde 2 de cada 10 adolescentes del ámbito urbano que realizan alguna actividad productiva no asiste a la escuela. Si sumamos el embarazo adolescente acumulamos otro factor de desescolarización. A ese cuadro hay que agregar décadas de caída del salario real y planes sociales que ni siquiera funcionan como parches y un desempleo que bien medido (incluyendo desalentados, subocupados, jóvenes ni-ni) afecta a uno de cada tres trabajadores.

Puesta en contexto, no extraña que la cifra de desertores escolares coincida con las de pobreza en el país. Década tras década, las políticas de descentralización educativa permitieron adecuar los logros y expectativas del sistema a esa debacle. Por eso, la clase social que provoca esos números no debería desligarse tan rápido de los resultados de “su” escuela. Por eso, si no queremos seguir hundiéndonos es mejor que ellos den un paso al costado.

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