miércoles 13 de mayo de 2026

CULTURA | 15 oct. 2021

FIDELIDAD AL BARRIO

Julián Centeya: un excepcional bohemio de la emoción

Pese a que su oficio luce hoy pasado de moda, muchos tangueros recuerdan sus hermosas glosas, sobreviviendo con energía a borbotones, pese al lapidario paso del tiempo.


Por: Ismael A. Canaparo

Julián Centeya (1910-1974), seudónimo de Amleto Enrique Vergiati, fue un destacado poeta, recitador y letrista de tango argentino, conocido por sus poesías y textos en lunfardo. Se lo conocía como “El hombre gris de Buenos Aires”. Tomó ese apodo a raíz de la primera canción que escribió, la milonga "Julián Centeya", con música de José Canet.

Amleto nació en Borgataro, provincia de Parma, Italia, el 15 de octubre de 1910. Falleció en Buenos Aires el 26 de julio de 1974. Cuando tenía un año, su padre, un periodista de ideas anarquistas, debió huir de su país, emigrando a la Argentina, a donde arribó en 1912. La familia se radicó inicialmente en San Francisco (Córdoba) y en 1923 se radicó en Buenos Aires, estableciéndose en el barrio de Parque Patricios.

Llegó a la Argentina a los 12 años, en 1922 y amasó su obra al mejor estilo de los antiguos bardos: irreverente, inconformista, dispersa, mejorada por el buen uso del lunfardo. Intentar definirlo tropieza con un inicial problema. No fue poeta puro, aun cuando “La musa mistonga” (1964) o “Piel de palabra” (1973) lo muestren en ponderables dimensiones. No fue un narrador convencional, pese a que “El vaciadero” (1971) lo descubre como escritor denso y prolijo. Tampoco se alista como autor de canciones, aunque las hizo y muy bien: “La vi llegar” y “Claudinette” son tangos suyos de original factura y de una rotunda originalidad.

La pluma inolvidable del periodista Jorge Göttling (premio KONEX 1997), fallecido el 26 de agosto de 2006, publicó en Corregidor en abril de 1998 el libro “Tango, melancólico testigo”, en el que “El Alemán” marca testimonios e ideologías de grandes del dos por cuatro, como Sebastián Piana, Héctor Stamponi, Homero Expósito, Angel D’Agostino, Virulazo, Armando Pontier, Juanca Tavera, Horacio Salgán, Mariano Mores, Enrique Cadicamo, Eladia Blázquez, Tania, Carlos Gardel y Chico Novarro, después de explicar el fenómeno de la música porteña.

Julián con Aníbal Troilo.

También figura en la publicación de 166 páginas una cálida y vigorosa semblanza sobre Julián Centeya, que hemos tratado de resumir en estos términos: “Le puso nombre a un oficio que inventó con la complicidad de Buenos Aires: Julián Centeya fue un trabajador de la emoción. Además, hombre de dos paisajes: de un lado, los latidos del sur de la ciudad, de la quema y de todo el tango. Del otro, la respiración de aquella Corrientes angosta mítica y luminosa, que fue desalojada por esta otra Corrientes de hoy, más ancha y pizzera. Italiano, pero sólo por el rigor de la cédula, que marcaba su nombre real: Amleto Vergiatti, nacido en Borgotaro, Parma. Decía él que fue la última ciudad que se rindió ante el fascismo. Tuvo paisanos de lujo (Giuseppe Verdi, Arturo Toscanini) y un padre periodista que lo marcó.

Prototipo de la llamada generación del ´25, amó y se alimentó de Buenos Aires en una suerte de “toma y daca” de mutuo enriquecimiento. Finalmente, se lo recuerda como él quiso que fuera: casi como una noción de referencia, dentro de esa suyísima calle Corrientes, don edificó, simultáneamente, su fama y su obra, su leyenda y sus tangos.

Puro hueso, puro trabajo, pura bondad y puro talento. De gris sólo tuvo Centeya el poco afortunado eslogan que le colgaron, más como una cocarda que como condecoración. Restallante, sensitivo, dueño de policromías internas y exteriores, Julián amasó su obra en el mejor de los estilos de los antiguos bardos: irreverente, inconformista, irregular y dispersa, mejorada con el buen uso del lunfardo.

Así como los managers suelen inventar cosas, por ejemplo, el “shopping”, un bacilo que instaló la enfermedad de la compra inútil en todos los barrios, Julián Centeya se inventó a sí mismo. Una noche de 1938 fijó su postura ante la vida, exclusiva como la “ye” que adorna su apellido adoptado: “Me llamo Julián Centeya / por más datos soy cantor. / Nací en la vieja Pompeya / me llamo Julián Centeya, / su seguro servidor”.

La pregunta, en todo sentido, se impone: ¿Qué es lo que en realidad fue Julián? No le hizo falta respuesta alguna a ese porteño pudoroso, sentimental y nostálgico, que no apeló a la vieja trampa de hacer una profesión de la melancolía. Tampoco interesó la respuesta a sus contemporáneos, demasiado ocupados en seguirlo por los intrincados caminos de la porteñolatría que supo recorrer hasta su muerte. 

Centeya y Pascualito Pérez.

Hay gente que se muere comúnmente. Hay otros, como Julián, que mueren para que se note su ausencia. A partir de esa falta, de esa pequeñez de la historia, se descubre, como una revelación, el misterio del tano Amieto, convertido en genio y figura de esta porción terrenal que tanto amó y a la que convirtió, en sus obras, en un espejo de su alma.

Tuvo devociones variadas: César Tiempo, la primera. También Celedonio Flores, Carlos de la Pua, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Juan Carlos Lamadrid. También tuvo debilidades en la elección de su entorno, que, a veces, no lo correspondía. Nira Echeniquelo escrachó a fondo en unos versos:

“Parroquiano esencial de la vereda, patrón del tinto, dueño de la garúa y la tristeza, propietario esencial de todos los faroles, recaudador feroz de los relámpagos, deschavetado camarada de los ángeles”

La mejor descripción que le cabe es la de periodista con todas las letras, que fatigosamente elaboró, jornada a jornada, en el ámbito de las redacciones, un estilo y una respiración. Hizo de todo y hasta la pasó bien. Si vivió mal, durante muchos años, fue para su sufrimiento, pero en beneficio de la poesía. Y cuando empezó a vivir bien, porque largamente lo merecía, se le acabó el carretel y un viejo bondi, en su fantasía, lo depositó en Corrientes y Jorge Newbery. Fue el 26 de julio de 1974, aniversarios de las muertes de Roberto Arlt (1942) y de Eva Perón (1952)”.

 


TIENE UN LUGAR PROPIO


Julián Centeya luce una casa donde yacen sus recuerdos. En sus inicios, el espacio compartía establecimiento con un colegio secundario. Hasta que en el año 2002 obtuvo su autonomía y se trasladó a la Av. San Juan 3255, en el barrio de San Cristóbal. El trabajo de obra y traslado fue extenso. Recién en mayo del 2004 llegó la inauguración, con una fiesta que musicalizó la orquesta El Arranque.

Hoy este sitio cultural no sólo ofrece los talleres. Cuenta además con múltiples espectáculos de diversa índole: teatro infantil y ATP, conciertos para los más chicos, cine, danzas, muestras de arte y fotografía en sus galerías, bandas de música y festivales. Además, posee un salón para reuniones de charlas y debates tales como las agrupaciones de murga que participan en la Ciudad de Buenos Aires. También se brinda un lugar a expresiones culturales, a distintas entidades y a personas con discapacidad.

El horario de visita a este magnifico centro es el siguiente: lunes a viernes, de 9 a 21, mientras que sábado y domingo, de 10 a 22.


 

 

 

 

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