miércoles 18 de mayo de 2022

CULTURA | 2 may 2022

DEBUTÓ EN JUNÍN A LOS 14 AÑOS

Domingo Federico, sugestión y muy buen gusto

Fue un grande entre creadores del tango y su obra es de tal calidad que, muchos de sus temas, se convirtieron en genuinos clásicos del género. Dirigió su orquesta desde 1943 hasta mediados de la década del 50.


Por: Ismael A. Canaparo

Domingo Serafín Federico (compositor, bandoneonista, violinista, pianista, arreglador y director de orquesta) nació el 4 de junio de 1916 en el barrio porteño de Palermo Viejo y falleció en Rosario el 6 de abril de 2000, a los 83 años. Recordar a este gran maestro del dos por cuatro, significa tratar de ir al rescate de sonidos históricos.

Es impresionante subrayar que este gran músico hizo sus primeras incursiones en Junín, con apenas 14 años, en dúo con su hermana Nélida Cristina, él en bandoneón y ella en piano. El suceso ocurrió el 1º de enero de 1931, en aquel memorable café Tokio que ya no queda, como diría el poeta Julián Centeya. Las actuaciones se repitieron varios días, con gran acogida por parte del público, tal como consigna el libro “El Tango en Junín”, de Roberto Dimarco y Oscar Velilla.

Sin descuidar sus estudios secundarios, los hermanos actúan en distintos escenarios céntricos porteños, en radios de Buenos Aires y en alguna que otra gira por el interior del país. Rápidamente son conocidos como “El dúo Federico”. Lo llamativo es qué en determinadas franjas de aquellas presentaciones, se intercambiaban los instrumentos: Nélida tocaba el bandoneón y Domingo el piano. Los dos eran guiados por su padre Francisco.

En un reportaje que concedió a Gabriel Soria, presidente de la Academia Nacional del Tango, esto apuntó Domingo Federico: “A los seis años, cuando todavía los chicos soñábamos con los Reyes Magos, mi padre me llevó a una casa de música, me regaló un violín y me dijo: “Este es el regalo, el Rey Mago soy yo”. Luego nos mudamos a Carmen de Patagones, donde mi padre contrajo una enfermedad muy seria y fue ahí cuando me decidí por el bandoneón, con el que me ligué, en una necesidad de trabajo. Mi papa, que era profesor de violín, quería que yo fuera médico, pero también ansiaba que fuera músico como él, por lo tanto, comenzó a enseñarme las escalas (…). Volvimos a Buenos Aires y mi viejo no mejoraba. Entonces tuve que transitar todos los lugares donde se tocaba tango para poder llevar dinero a mi casa y sin que mi familia se enterara –pues creían que yo trabajaba en una confitería de las siete de la tarde a once de la noche, con horario fijo– fui bandoneonista en bodegones y peringundines. Transité todo lo que era el Abasto, el Spinetto, el Dorrego, siempre en torno a los mercados que era donde estaba la mayor cantidad de lugares para tocar…”.

La página “Tangomias” hizo una bella y detallada semblanza de Federico: “No le fue bien a los Federico en la ciudad del sur de la provincia y debieron volver a Buenos Aires, donde el pequeño Domingo, se ganaba la vida tocando el fueye en los boliches junto a su hermana, en un dúo que era muy solicitado por los parroquianos y dueños de tales establecimientos. Domingo contaba sólo quince años cuando, con su hermana, llegó a actuar en el Teatro San Martín, en el mismo escenario entre las presentaciones de Carlos Gardel e Ignacio Corsini y donde actuaron, entre muchos otros, Canaro, Charlo, Mercedes Simone y Osvaldo Fresedo.

Sebastián Piana lo instruía en teoría y solfeo; Athos Palma le daba herramientas de armonía y más tarde en unión a Julio Nistal, recibía conocimientos y elementos de composición.

Domingo Federico decía que conocía al hombre. ¿Por qué? Había estudiado medicina, llegando hasta quinto año, donde había presenciado alrededor de doscientas autopsias. Pero al momento de optar, se quedó con la música.

Francisco Canaro, que era muy amigo suyo (“me distinguía con su amistad”), lo invitó a integrarse al Círculo de Autores y Compositores de Música, en 1931 y fue socio fundador de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (SADAIC), en 1936.

Se reunía mucho con Canaro. Le molestaba que ciertos personajes lo difamaran, diciendo que compraba los tangos, por dos mangos, por un café con leche o por chauchas. Vio partituras y arreglos escritos por Canaro. Eran algo limitados y elementales, pero eran suyos.

Integró la orquesta de Ricardo “La Nena” Brignolo, en 1934, para pasar a la de Juan Canaro, con quien a pesar del afecto que se tenían, no dudó en enfrentar como delegado de la orquesta, cuando se suscitaba algún problema. Fueron amigos a pesar de todo.

Fue vocal de SADAIC. Homero Manzi se postulaba, en 1946, como candidato y Francisco Canaro, le dijo que lo necesitaba en su lista: “Ahora se presenta Manzi y viene con un grupo que la saben y yo hablo, pero no tan bien como usted. Lo quiero en mi lista, aunque sea como vocal”. Ganó Canaro, quien después en las elecciones siguientes se retiró, permitiendo el ingreso de Manzi a la presidencia.

Unos años antes, sus actuaciones eran brillantes con la orquesta de Miguel Caló, donde permaneció hasta el año 1943. El 16 de junio de ese año, constituye su propia orquesta, como tres años antes había creado la Orquesta de la Facultad de Medicina.

Intenta, por el aliento de sus ex compañeros de la facultad, proseguir sus estudios de medicina. Pero en virtud de la atención de las actuaciones de su orquesta, no pudo sobrellevar ambas actividades. Una anécdota fue el detonante. En un examen un profesor le preguntó si era pariente del músico. Cuando le dijo que era él, le habló de tangos todo el tiempo y mandó que se retirara. Cuando consultó la nota, decía “Distinguido”. Le dio mucha bronca, porque se había preparado y estudiado como nunca. Cuando la misma situación se dio en el siguiente examen, se decidió y “entonces largué los libros”, sentencia.

A raíz de la proyección de la película de Walt Disney, en 1942 o 1943, que ignoraba por completo a la música de la ciudad, recorriendo secuencias camperas, Federico como una especie de retruque, conocedor de la música de jazz, toma la síncopa del bugui y compone un tango, con su ritmo característico. Había pensado enviárselo a Disney como una forma de desagraviar la omisión del tango en su filme, con el mismo título: “Saludos”. Pero cuando empezó a conocerse, tuvo tanta aceptación y le dejó importantes dividendos como derechos de autor y satisfacciones, que se olvidó de sus propósitos iniciales. La grabación de su orquesta está fechada el 10 de abril de 1944, en el sello RCA Víctor en un disco 78, que a la vuelta tiene el tango “La culpa la tuve yo”, de Adolfo Avilés y Andrés Roberto Domenech.

“En una oportunidad en que Miguel Caló estaba ausente, me dijo Pontier: ‘Federico, por qué no tocamos ese tango suyo del corazón…’, pero yo me negué, porque el tango aún no estaba instrumentado y además suponía que Caló se iba a enojar. “Al final me convencieron, pero antes de hacerlo surgió el problema de que no teníamos cantor, porque Podestá se había ido con Di Sarli, y nosotros tocábamos sólo instrumentales. Entonces les dije ‘este tango es cantado y no tenemos a nadie…’. Fue entonces, cuando Enrique Mario Francini me dijo ‘yo lo sé y lo canto yo’. “Como no teníamos micrófono para el cantor, le pedimos a Dajos Vela que nos prestara uno y así Francini fue el primero que lo cantó”. El relato de Federico en el reportaje citado por Gabriel Soria.

Su primer cantor fue Ignacio Díaz que sólo grabó “La culpa la tuve yo”. Luego de eso falleció y fue reemplazado por Carlos Vidal. Los vocalistas que lo acompañaron fueron también, entre otros: Oscar Larroca, Mario Bustos, Enzo Valentino, Armando Moreno, entre otros, que participan en una copiosa discografía que fue destruida por Mejía (Federico registró algo más de un centenar de temas; sólo 13 matrices se salvaron de la destrucción y hoy son piezas de museo), el mejicano que llegó al país para dar lugar preferencial y único a la producción importada y su consecuencia en Buenos Aires, con la creación del Club del Clan, donde surgieron abundante cantidad de grabaciones para que lo nacional se fuera al demonio.

Con la excusa de proteger el idioma, en el año 1943 cierto personaje siniestro prohibió el lunfardo y ciertas letras, solamente por estupidez, como la métrica y ciertos inofensivos sinónimos, censuró el tango “Percal”, por incluir la palabra “abriles”, en lugar de “años”. De la protesta que hicieron los autores (Domingo Federico-Homero Expósito, sólo lograron impotencia y bronca.

Vinculado a la empresa de cine EFA, fue director musical, en las películas “Otra cosa es con guitarra” (1949), “El ídolo del tango” (1949), “Otra cosa es con guitarra” (1949) “Imitaciones peligrosas” (1949), “Al compás de tu mentira” (1950), “El Morocho del Abasto” (1950), “El cantor del Pueblo” (1951), y “Embrujo de Cerro Blanco” (1961). En las dos primeras, aparece en escena como actor. Participa, también, en otros filmes: “Un tropezón cualquiera da en la vida” (1949), “Mary tuvo la culpa” (1950), “La historia del tango (1951)” y “La diosa Impura” (1963).

Cuando decide radicarse en Rosario, se vincula a la Universidad Nacional de Rosario, donde crea y dirige la Orquesta de Tango de la Universidad de Rosario. “Unica en el mundo y original en sí misma, ya que sus integrantes provienen de estudios musicales, digamos, clásicos”, subraya Héctor Nicolás Zinni.

Fue empresario, pero no musical. Un camisero de apellido Harari, que también era letrista de tango, le decía siempre de poner un negocio y un día decidió que el negocio se lo ponía él. Fue un comercio de ventas de indumentaria masculina, camisas, corbatas, etc. que duró un tiempo, hasta que decidieron venderlo. Con la persona que se decidió a adquirir la tienda, se suscitó un hecho cómico, ya que, al invitarlo a una comida para cerrar el trato, le dijo: “Bueno, señor saludos, ¿qué le parece si vamos a comer para ir arreglando este asunto”. Estaba convencido que el apellido de Federico era “saludos”.

Con el libro del chinito Roddy Koy en 1963, musicalizó la comedia “Un bandoneón en la calle”. Un año más tarde, “La historia ilustrada del Tango” y “La vida de Francisco Canaro”, también de Koy, donde personificaba a Pirincho. Y comentaba: “Por imitar la voz de Canaro, me quedé afónico”.

Luego, con libro de Miguel Jubany, presenta “País” (1973), “Ciudad” (1975), “La Biblia Rante” (1976 con libretos propios), “Orfeo y Eurídice del Tango” (1979), “Volveré y seré millones” (1983), “Evita, una pasión argentina” (1985) y “Lucía de América” (1992)”.

 

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