viernes 19 de agosto de 2022

CULTURA | 16 jul 2022

GARDEL Y COBIÁN GRABARON SUS TEMAS

Paquita, la primera en hacer rezongar un fueye

Tuvo el privilegio de tener como pianista en su agrupación a Osvaldo Pugliese, quien era cinco años menor que ella.


Por: Ismael A. Canaparo

Francisca Cruz Bernardo fue una directora de orquesta, compositora y la primera bandoneonista profesional. Nació el 1º de mayo de 1900 y murió el 14 de abril de 1925. Tenía tan solo 24 años. Sus restos descansan en el cementerio de la Chacarita.

En rigor, ocurre que en determinados cantantes, toda muerte a temprana edad puede operar como espaldarazo de consagración, y por añadidura el nacimiento del mito. ¿Sobre su fallecimiento? Hay quienes aseguran que se la llevó la tuberculosis. En cambio, familiares, médicos y amigos sostienen que se debió a un resfrío devenido en feroz bronconeumonía.

Paquita, que no alcanzó a grabar ningún disco, escribió unas quince piezas musicales, comenzando por el tango “Floreal”, que grabó Juan Carlos Cobián. Y siguió con “Villa Crespo”, “Cerro Divino” (vals que compuso en homenaje a Montevideo cuando estuvo trabajando en esa ciudad) y “Cachito”, tango dedicado a Horacio J. Domínguez que era el hijo del propietario del Café Domínguez, que se convirtió en “La Enmascarada” cuando le puso letra Francisco García Jiménez y que fue grabado por Carlos Gardel y también por Roberto Firpo en 1955. También es autora de “Soñando”, con letra de Eugenio Cárdenas, obra que recibió en 1924 el sexto premio en el primer concurso de tangos organizado en el Teatro Grand Splendid por la firma Max Glücksmann. Otras obras fueron el tango “La Luciérnaga” y los pasodobles “Dejadme solo” y “La maja”.

Era hija del matrimonio de inmigrantes españoles: José María Bernardo, nacido en 1860 en Almería, Andalucía y emigrado a Buenos Aires en 1887, y su madre María Jiménez, también del sur español y diez años menor. Paquita nació en Buenos Aires en la calle Gorriti casi esquina Canning (hoy Scalabrini Ortiz). Tenía siete hermanos: Enrique (1889), Mercedes (1890), Josefina (1891), Arturo (1895), Luis (1903), José (1906) y María (1911).

Viendo que mostraba inclinación por la música, sus padres, que tenían buen pasar económico, la enviaron en 1915 a estudiar piano al conservatorio de la profesora Catalina Torres. Al mismo lugar concurría a aprender bandoneón el joven José Servidio, apodado "Balija", que con los años devendría un conocido músico y autor del tango “El bulín de la calle Ayacucho”. Esto dio oportunidad a Paquita de conocer ese instrumento y advertir su preferencia por el mismo, por lo que comenzó a estudiarlo a escondidas, con la ayuda de Augusto Pedro Berto. Por esos años se consideraba que los instrumentos musicales propios para las jóvenes podían ser la guitarra o el piano, pero nunca el bandoneón, cuya ejecución obligaba a abrir y cerrar las piernas, totalmente inapropiado para ellas. Pese a ello, con ayuda de hermanos y amigos, ella

pudo convencer a su padre que le permitiera continuar con el fueye y así fue que recibió las enseñanzas de Pedro Maffia, que tenía su misma edad, y Enrique García.

Guadalupe Aballe es docente y se ha ocupado con mucho éxito de realizar investigaciones sobre la escolaridad de Gardel, publicando verdaderas primicias en estos temas. Colaboradora permanente de actos y eventos, y muy especialmente en las tareas de recuperación de la casa -ahora Museo- de Carlos Gardel. Escribió una hermosa semblanza dedicada a Paquita:

“Casi no necesita presentación, pocas figuras hay en la historia del tango que sean tan reconocidas ante la sola mención de su nombre. Inmediatamente, nos viene a la memoria la imagen de una muchacha joven, con traje de hombre y un bandoneón descansando en sus rodillas. Fue la primera bandoneonista profesional argentina.

Hija de los inmigrantes españoles José María Bernardo y María Jiménez, a Francisca le esperaba un destino poco usual para una mujer de comienzos del siglo XX, un destino brillante a la vez que triste, si pensamos en su exitosa carrera y su muerte prematura.

En 1915, siendo adolescente, comenzó a estudiar piano en el conservatorio junto a Catalina Torres, pero la vida quiso que Paquita tuviera como compañero de estudios a José Servidio y terminó cambiando el piano por el bandoneón. Se dedicó con ahínco al aprendizaje aplicando el método del gran músico y profesor Augusto Berto.

Esta decisión de seguir su vocación nos hace meditar acerca de su carácter y su temple; una muchacha dispuesta a romper tabúes, derribar barreras, con tal de dar rienda suelta a su verdadera inclinación musical. Corrían tiempos difíciles, era una época en que la moral de una mujer podía ponerse en tela de juicio por actitudes como la descrita.

Paquita tuvo que haber sido una mujer decidida y valiente, como sus contemporáneas Alfonsina Storni y Delmira Agustini lo fueron en el mundo de las letras.

Siendo joven, llegó a dominar el bandoneón con maestría y se la vio acompañando a José Junnissi en funciones de beneficencia barriales. Hasta que llegó el día en que su fama llegó al centro.

En 1921, tocaba en el Bar Domínguez, sito en Corrientes 1537, con su sexteto llamado Orquesta Paquita, junto a Osvaldo Pugliese, Elvino Vardaro, Alcides Palavecino, Miguel Loduca y Arturo Bernardo, su hermano. Todos jóvenes como ella. Allí estrenó su tango “Floreal” y como anécdota simpática recordemos que la policía se vio obligada a desviar el tránsito de la calle Corrientes hacia Paraná, debido a la gente que se agolpaba para escucharla.

En 1923, participó en la Gran Fiesta del Tango organizada por la Sociedad de Compositores en el Teatro Coliseo; única mujer entre cien músicos.

Es una lástima que no haya dejado ninguna grabación, pero a falta de discos conservamos su obra. Paquita fue una buena compositora y grandes artistas llevaron sus creaciones al disco. A modo de ejemplo podemos citar a Roberto Firpo, que le registró “Cachito”, y el máximo, Carlos Gardel le grabó dos composiciones: “La enmascarada”, con versos de Francisco García Jiménez y “Soñando”, con letra de Eugenio Cárdenas. Este último tema fue premiado en el primer concurso de tangos organizado en el Teatro Gran Splendid por las casas Odeon y Max Glucksman.

Estuvo presente en la inauguración de Radio Cultura interpretando tangos, acompañada por el maestro José Tanga. Durante 1923 y 1924 siguió con su prolífica carrera actuando en los bares, La Paloma, Domínguez antes mencionado y, durante el verano, en La glorieta de Villa Crespo y en la terraza del Balneario Municipal.

Los hermanos de la vecina orilla tuvieron la dicha de oírla tocar, en octubre de 1923, cuando estuvo en la Confitería 18 de julio, de Montevideo, ciudad donde compuso su vals “Divino cerro”.

El 10 de diciembre de 1924 debutó en el teatro Smart con la compañía de Blanca Podestá como fin de fiesta, actuando hasta finales de febrero de 1925 con José Tanga, Manuel Vicente, Bartolo López, Miguel Le Duca, Arturo Bernardo, donde acompañó también al cantor Florindo Ferrario.

Su público fiel estaba siempre a su lado y la seguía donde quiera que actuara, no conoció ni la decadencia ni el fracaso. Tampoco la vejez.

Al igual que Alfonsina y Delmira, partió muy pronto, cuando todavía tenía mucho para darnos. Si bien la muerte les llegó a cada una en circunstancias diferentes —Delmira fue asesinada en un cuarto de hotel tras una cita, Alfonsina se entregó voluntariamente al mar y Paquita sucumbió frente a una enfermedad—, a las tres, el inesperado final les dio un halo especial a sus ya míticas figuras.

Poco antes de cumplir los veinticinco años falleció en el barrio que la vio nacer: Villa Crespo. Su muerte no se debió a la tuberculosis como propagó la leyenda urbana, sino a un resfrío mal atendido que derivó en serias complicaciones.

Hoy Paquita vive en nuestro recuerdo y así será por siempre”.


ASÍ LA DESPIDIÓ “EL ALMA QUE CANTA”


“El Alma que Canta” fue una revista semanal dedicada exclusivamente al género del tango, fundada por Vicente Bucchieri. El primer número apareció en febrero de 1916 y dejó de publicarse en 1961. Vendía cada siete días la friolera de 250 mil ejemplares, algo que sería imposible para la época actual.

Ha muerto Paquita…

La musa de la lírica popular, la musa del tango dejó un día los lugares donde estremecía de emoción con las notas del bandoneón que era en su mano como un corazón que gemía, para marcharse al país de las cosas eternas y errantes…

En su homenaje sus amigos y admiradores, han resuelto levantar un monumento artístico en el Cementerio donde descansan sus restos; y con él se perpetuará el recuerdo de la dulce Paquita, la bondadosa Paquita, aquella que nos llenara más de una vez el alma de frescuras sentimentales, al arrullo de un tango que parecía desgranarse de sus pálidos dedos de griseta…

¡Pobre Paquita! Fue la musa del pueblo, la poetisa del arrabal, el alma de la milonga sencilla que tiene caricias de tango dormilón; y en su recuerdo deshojamos su dolor; que es también como un tango que se desgrana y nos descubrimos tristes y silenciosos todos los que amamos el arrabal, la música del tango y el alma pura humilde de las cosas del pueblo…

Nos adherimos a su homenaje y dejamos por un momento nuestra lucha diaria para permanecer en la íntima oración ante la figura de la buena pebeta que manejaba el bandoneón como si fuera un corazón a quien le arrancara la vida notas y melodías…

¡Porque Paquita, tenía alma!

 

 

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