lunes 05 de diciembre de 2022

CULTURA | 21 nov 2022

EL BRILLANTE POETA OLVIDADO

Un tal Pedro Bonifacio Palacios

“Almafuerte es el imprecador. Es en la tierra en que ha nacido la eterna figura del vociferador que llega a turbar la fiesta de los dichosos. Habla de un modo que sorprende y asusta; otro que él estaría muy cerca del ridículo. El posee una coraza de sinceridad que le defiende de todo”. (Rubén Darío).


Por: Ismael A. Canaparo

Pedro Bonifacio Palacios, el gran “poeta de los olvidados”, nació en San Justo el 13 de mayo de 1854 en el seno de una familia extremadamente humilde. Cuando todavía no había salido de la niñez, pierde a su madre y es abandonado por su padre, por lo que luego fue criado por una tía. “Almafuerte” (el seudónimo con el que alcanzó la mayor adhesión de popularidad, aunque no el único), brilló en varias áreas: fue pintor, docente, escritor, bibliotecario, traductor y periodista. Murió en la mayor pobreza el 28 de febrero de 1917, en La Plata, a los 62 años.

Hace poco se cumplieron 168 años de su nacimiento. A pesar de tanto tiempo transcurrido, el poeta estrechamente ligado con la capital provincial, sigue vivo en el interés académico de muchas generaciones, al extremo que su obra es consultada permanentemente por diversas instituciones y algunos de los versos que él nos dejó en la memoria colectiva, todavía son recordados en la calle.

Definido como “almafuertista” y “bostero empedernido”, Atilio Milanta (nació en San Nicolás en 1926, es un abogado argentino y reside en La Plata desde 1946), recuerda con exactitud la primera vez que quedó impresionado por la poesía de Almafuerte: “Ocurrió en el año 1949. Yo recién llegaba a La Plata y caminaba por la zona del antiguo mercado, que estaba donde hoy se encuentran los tribunales federales. Allí escuché a un changarín cargando bananas y recitando a viva voz aquello de ‘No te des por vencido ni aún vencido / No te sientas esclavo ni aún esclavo’. Mi reflexión fue que cuando un hombre de la calle repite un verso con ese sentimiento, aunque no sepa quién es el autor, es porque ese autor es un poeta verdadero y popular, ya instalado en el alma de la gente. Desde ese momento me interesé por Almafuerte y aún hoy pienso que él sigue estando en las calles, en las esquinas de esta ciudad. Y que muchos de sus versos son recordados por los platenses”.

Además, Milanta es hincha furioso de Boca. Le dedicó a su club favorito un libro de 250 páginas, “La mitad más uno”, que editó en 1994. La publicación, que el autor tuvo la deferencia de obsequiar a quien esto escribe años más tarde, reúne la pretensión no ya de hablar de la historia boquense, sino de tratar de meterse en el corazón, la pasión y el sentimiento del hincha xeneize. En su libro, Atilio, fervoroso admirador de los periodistas Dante Panzeri, Alberto Laya, Aldo Ramini, Bernardino Veiga, Fioravanti y Lalo Pelliciari, también refleja los pasos por la casaca auriazul de dos jugadores muy caros en el cariño juninense: Martín “El Negro” Domínguez y Delfor Ayué.

Precisamente, Panzeri fue un acérrimo admirador de Almafuerte y citado muchísimas veces en sus punzantes notas de opinión, como ejemplo de calidad, coherencia y compromiso. “Explotó como pocos la musicalidad de la lengua poética y jugó siempre con la percepción de las sensaciones en un ámbito propicio para la aprehensión de lo sutil, que el día oculta con sus luces y ruidos”, decía el genio nunca igualado del periodismo deportivo, refiriéndose al poeta.

Pero volvamos a Pedro B. Palacios, que hizo de su singularidad un rasgo saliente. Trabajando por afuera de los dos movimientos poéticos que marcaron su época (el de la generación del ´80, con referentes como Carlos Guido Spano, Rafael Obligado, Olegario V. Andrade o Miguel Cané y el modernismo que encontraba en Rubén Darío a su máximo exponente) se valió de las formas por entonces consideradas anacrónicas del romanticismo para elaborar su obra. María Minellono, docente e investigadora, dice que “la obra de Almafuerte iba a representar un antes y un después dentro de la literatura argentina, dado que a esa matriz romántica, le agregó un elemento nuevo: los contenidos centrados en la orilla de la sociedad moderna y en actores sociales como los obreros y los inmigrantes, pero no desde una visión despectiva que ya había estado presente en otros autores, sino solidarizándose con ellos. Hasta entonces la literatura argentina reconocía un único antecedente de esa perspectiva: el Martín Fierro, de José Hernández”.

Minellono agrega: “Y el impacto de este elemento innovador tendría algunas consecuencias consideradas centrales para el devenir de la literatura vernácula. Jorge Luis Borges reconocería en 1981 que debía a Almafuerte su primera experiencia con esa “fiebre mágica” que le hizo descubrir al lenguaje, no ya como un medio de comunicación cotidiano, sino como “una música, una pasión y un sueño”. El hecho tuvo lugar durante su adolescencia, cuando escuchó a Evaristo Carriego recitar los impetuosos versos de “El Misionero”, uno de los poemas centrales de Almafuerte. Su obra tendría continuidad en la de los autores del grupo de Boedo y que aún Juan Gelman mencionaría en alguna ocasión que “comenzó a escribir poesía cuando no logró conquistar a una chica que le interesaba, recitándole poemas de Almafuerte”.

Su primer gran dolor ocurrió cuando tenía apenas cinco años, con la muerte de su madre y el abandono de su padre, finalmente criado por la tía Carolina.  Luego, de distintas maneras, siempre la buscará: “Madre: si bajo esa desnuda piedra/ hay algo más que huesos y cenizas,/ (…) a ti me inclino con la frente herida./ Madre: la infamia de los hombres, negra,/ ha desgarrado mi ilusión bendita”.

Empezó a trabajar como maestro en los pueblos de Mercedes, Salto y Chacabuco, a los 16 años, rodeado del cariño de los niños. No tiene título oficial, por lo que más de una vez pierde su puesto en las escuelas. En compensación, a menudo se reúnen en su casa pequeños desamparados, a los que protege educándolos. Al respecto, decía: “¡Yo he nacido, sin duda, para ser madre!” (“Confiteor Deo”, 1904). Sarmiento visita Chacabuco en 1884 y pretende trasladarlo a Buenos Aires. Palacios le responde con firmeza: “Yo me quedo en el desierto y cuando la pampa se haya poblado, me iré de maestro al Chubut”. A raíz de ello, la admiración y el respeto se vuelven mutuos entre el ex presidente y el poeta civilizador.

Tras el gobierno de Nicolás Avellaneda, la política nacional aparece dominada por Julio Argentino Roca. Pedro Palacios lo define como “el alma negra de la República” y se incorpora como escritor en el diario “Buenos Aires”, de Carlos Olivera, firmando sus notas como “Alma vida”. Pero de inmediato comienza a asumir el seudónimo de “Almafuerte”. En esa tribuna enfrenta al oficialismo roquista, para denunciar la corrupción que significó el reparto de tierras después de la conquista del desierto, en contraposición con las dificultades económicas que señala en personalidades, en opinión próceres, como Sarmiento y Mitre.

Todos los diarios del país, desde “La Nación”, que es el primero, hasta el más precario y más incongruente del rincón más lejano, se constituyeron en los difusores de su obra, por eso mismo sumamente dispersa. Lo cierto es que en ese matutino, Bartolomé y su hijo Bartolito Mitre, reciben elogiosamente su poesía y la publican. Quizá por padrinazgos como éste, Rubén Darío, corresponsal del diario en Madrid, intenta palabras no hirientes para referirse a Almafuerte. Palacios interpreta las críticas matizadas y las devuelve menos disimuladas: “El efecto de mis versos está en lo que quieren decir y no en la manera cómo lo dicen. Desde que empiezo hasta que acabo una estrofa digo algo”.

Cuenta la profesora Eleonora Gonano que “los Mitre y otros influyentes, como Lucio V. López y Joaquín Castellanos, tratan de paliar la tenaz pobreza del poeta, creándole o consiguiéndole cargos públicos de las más variadas especie, con el objeto de promover su actividad literaria y para que cumpla su sueño de editar sus obras completas (la planeaba en cuatro tomos de versos, cinco de evangélicas y cinco de discursos), sin la exigencia que cumpla las funciones de esos cargos, siempre sometidos a los vaivenes políticos. Tiene uno de cartero en 1904, cuando está terminando la segunda presidencia de Roca. Se aproximan las elecciones y adhiere a los avellanedistas, que saldrían desfavorecidos: se rumorea un fraude a favor de los seguidores de Manuel Quintana. Cuatro días antes de las elecciones de 1904, el poeta, que vive en ranchos y covachas (no por bohemio, calificación que lo indigna hasta la ira, sino por pobre) provoca un escándalo: denuncia que en el elegante Bon Marché (hoy, las Galerías Pacífico) el lamentable impacto en el interior del pseudo progreso de Buenos Aires, pervertida y corrupta, y de Quintana dice que “recibe sueldos de Londres, como un abogado de Egipto”, que “no conoce otro territorio argentino que las vidrieras de la calle Florida. Asumida la presidencia por Quintana, se le exigen al artista sus tareas de cartero, que orgullosamente se dispone a cumplir, aunque el mísero sueldo no le posibilita mantener a dos muchachos, compensación de la familia que nunca pudo formar”.


UNA PELÍCULA INOLVIDABLE


Bajo la dirección de Luis César Amadori, la empresa Argentina Sono Film patrocinó una película sobre la vida del poeta y maestro, que se llamó “Almafuerte”, estrenada en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1949. La cinta, encabezada por Narciso Ibáñez Menta, tuvo como complemento a Pola Alonso, Eva Caselli, Federico Mansilla, Juan Bono, Pedro Pompillo, Fernando Labat, Adolfo Linvel y Ricardo Viana. Este drama histórico, con el guion de Belisario García Villar y Pedro Miguel Obligado y la música de Alejandro Gutiérrez del Barrio, ganó el Cóndor de Plata a la mejor película y al mejor actor en 1950.


SU HUMILDE CARNET


Residió en La Plata entre 1886 y 1889 y, luego, desde 1904 hasta su muerte, el 28 de febrero de 1917. Fue poeta, escritor, maestro rural (aunque no contaba con título académico), profesor de dibujo y periodista. En La Plata, trabajó en la Cámara de Diputados bonaerense y ejerció el periodismo en el diario Buenos Aires; posteriormente, llegó a dirigir el diario El Pueblo. Durante su vida, sólo dos libros dieron cuenta parcial de su copiosa producción poética: Lamentaciones (1906) y Poesías (1916), este último con prólogo de Juan Más y Pí. Otro libro, titulado Poesías completas, con prólogo de Alberto Lasplaces, apareció en Montevideo el mismo año que murió. Desde entonces, son numerosas las publicaciones que han venido recopilando su obra, que incluye, entre otros títulos, Confiteor Deo, Siete sonetos medicinales, Dios te salve, La inmortal, El Misionero, Cristianas, Cantar de los cantares, Apóstrofes, Milongas clásicas, Gimió cien veces y La sombra de la patria. Según María de Villarino, Almafuerte “se sintió un alma elegida y signada por una predestinación mesiánica. Y se erigió en apóstol civil. Como tal cantó, imprecó, dijo, maldijo, condenó los vicios, la vanidad, la corrupción, el poder, y exaltó las virtudes ideales del hombre y la reivindicación del pueblo por la dignidad y la justicia, el amor y la piedad”. Si bien por edad Almafuerte perteneció a la generación del 80, poco tuvo que ver con la misma. Su poesía excede el romanticismo del que se nutrió y resulta tan inclasificable como su singularísima personalidad.

 

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