miércoles 08 de febrero de 2023

OPINIÓN | 8 ene 2023

COLUMNA DE DOMINGO

Fernando Báez Sosa, víctima de una jauría asesina

Cuando el esparcimiento y la diversión de individuos se torna en acciones violentas y destructivas es evidencia clara de un deterioro peligroso de una sociedad en plena crisis moral y ética.


Por: Escribe: Máximo Luppino

El júbilo social del pueblo argentino por el triunfo del campeonato del mundo de nuestra selección nacional acontecido en Qatar, se ve eclipsado por el desarrollo del juicio contra los agresores del joven Fernando Báez Sosa.

Es un enero empañado por el recuerdo del homicidio de un joven comprometido con la sociedad, hijo de una familia ejemplar de inmigrantes, estudiante de Derecho y contaba con sólo 18 años al momento de su asesinato.

Cuando el esparcimiento y la diversión de individuos se torna en acciones violentas y destructivas es evidencia clara de un deterioro peligroso de una sociedad en plena crisis moral y ética.

El rugby es sin dudas un noble deporte, como tantos otros lo son, pero hasta en el templo del bien se manifiesta el diabólico mal.

Fundamento de la existencia de esta malvada oscuridad se aprecia cuando ocho rugbiers, jóvenes como Fernando, actuaron cual despiadada jauría criminal dando muerte a un semejante luego de una cobarde y artera golpiza. 

La valiente caballerosidad es enaltecida en la práctica del rugby, pero estos delincuentes han deshonrado a este digno deporte. Cobraron fuerza y “espíritu de grupo” para delinquir y matar, colocaron sus músculos al servicio de la malignidad más cruel.

Casi un equipo completo de rugby contra un inocente joven ¿Cómo calificar este hecho sin sentir profundo dolor y aversión por los agresores?

Como condimento funesto al homicidio que estaban cometiendo vociferaban: “negro de mierda”,  según aseveran los testigos. Esta discriminación califica de una forma mucho más drástica la maldad de los “deportistas” que degeneraron en espeluznantes criminales.   

Según las crónicas de los testimonios volcados en el juicio oral y público, Lucas Pertossi da el primer golpe artero estando Fernando distraído, y Máximo Thomsen propina el puntapié final luego de acomodar la cabeza de la víctima como si se tratara de un balón de rugby. Repetimos nombres que se hicieron públicos en el juicio y con la intención de que la barbarie no se refugie en un anonimato cómplice.

La cúspide de la indignación llegó cuando familiares, vecinos y periodistas oyeron el testimonio de testigos presenciales que escucharon decir claramente a uno de los agresores: “A este negro de mierda me lo llevo de trofeo”. Sin palabras, sólo lágrimas de indignación surgen del público presente.

Claro que estas criminales conductas poseen causas. Educamos el intelecto, generamos “triunfadores”, fomentamos la competencia y no la solidaridad, enaltecemos la materia “olvidando” el espíritu, subestimando el valor de los sentimientos.

No, basta de endurecer el alma con conceptos despiadados. Eduquemos el corazón, así lograremos una sociedad fraternal y justa.

La pena de reclusión perpetua flota en el ambiente de tribunales. Daría la sensación de que cualquier pena menor a “perpetua” sería juzgada por la opinión pública como insuficiente e inadecuada.

Que Fernando descanse en paz en el cielo del supremo padre. Que Dios le de fuerzas a la familia y también a las de los agresores que de alguna manera también son víctimas de las acciones criminales de sus hijos.

Una condena de prisión perpetua sin salida condicional será apenas un bálsamo pequeño para el dolor social y la vergüenza con la cual mancharon a nuestra sociedad estos jóvenes, que humillaron al deporte que practican, a su familia y a la Nación toda.

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