martes 25 de junio de 2024

OPINIÓN | 10 jun 2024

NOTA DE OPINIÓN

El radicalismo, la universidad y los errores que debemos corregir

Una aclaración menor pero nada desdeñable que hacen los historiadores es que la universidad gratuita no pertenece al legado del año 1918, sino al del primer peronismo


Por: Martín Agosti (*)

Para aclarar “desde el vamos” las intenciones de esta carta, diré que desde nuestro espacio en el radicalismo siempre hemos rechazado los curiosos pactos con los sectores neoliberales, empezando con el macrismo, para luego descender todavía más al averno de la propuesta del autodenominado “anarcocapitalista”, Javier Milei.

En ese entorno la universidad ha sido este año un botín de guerra no debidamente defendido por quienes consideran a la Reforma de 1918 como hito del desarrollo de la Argentina y prefieren además no reconocer la importancia que tuvo el peronismo para motorizar la gratuidad.

La política universitaria de Alfonsín, tuvo una importante acción desde el punto de vista de las libertades: se reinstaló el autogobierno universitario, se garantizó la libertad de pensamiento tras la larga noche de la dictadura, se reincorporó a alumnos y docentes expulsados desde 1974 hasta 1976, y también luego de marzo de 1976. Se instaló de nuevo la posibilidad de discutir y pensar, de incluir en las bibliografías a autores que habían sido exorcizados, desapareció cualquier limitación –que no fuera legal– para reincorporar a aquellos que habían sido separados de las instituciones en función de sus ideas o de su militancia.

Por el contrario no hubo políticas específicas para las universidades, y la autonomía se entendía como desentendimiento gubernativo por las decisiones que se tomaran en cada institución, así como también en el sentido de que no había –todavía no lo hay del todo– un sistema universitario sino un archipiélago de instituciones separadas unas de las otras, sin orientación de conjunto, ni finalidad que fuera más allá de la que fijaran separadamente las autoridades de cada una de ellas.

De tal modo, implicó un formidable avance hacia la reconquista de las libertades, pero a la vez una pobreza notoria, no solo de recursos (no fue buen tiempo desde el punto de vista presupuestario para las universidades), sino de políticas que pudieran, siquiera mínimamente, transformar estas instituciones y darles una gestión modernizada y eficaz.

Una aclaración menor pero nada desdeñable que hacen los historiadores es que la universidad gratuita no pertenece al legado del año 1918, sino al del primer peronismo.

A pesar de que en la memoria colectiva ha condensado ambas cuestiones en una sola, la gratuidad fue legalmente establecida recién en 1949, y desde entonces está vigente a pesar de que el neoliberalismo acaricia siempre la idea de transformar la educación superior en un negocio rentable, como sucede, por ejemplo, en los países del sudeste asiático, que ofrecen paquetes a estudiantes provenientes de Norteamérica y de Europa para que estudien allí, a cambio del cobro de muchos miles de dólares anuales por estudiante.

Por eso llama la atención que desde quienes dicen estar en nuestras propias filas del radicalismo que desde la cuna abundó sobre la educación libre, aparezcan votando iniciativas de ese mismo neoliberalismo que atenta contra quienes encontraron en la universidad su vínculo con el desarrollo.

Y en esos avatares no huyo a nombrar a la diputada Danya Tavella, de quien no pueden observarse argumentos válidos para haber votado a favor de la Ley Bases en el recinto de la cámara baja, al mismo tiempo que desde el Ejecutivo nacional llevaban hacia el cadalso el presupuesto de todas y cada una de las casas de altos estudios que de él dependen.

Peor, si es que todavía queda alguno que no sepa que la legisladora en su condición de tal, está de licencia como vicerrectora de la Universidad Nacional del Noroeste de Buenos Aires (UNNOBA), denostando con su actitud a la historia radical y sus banderas y a contramano de las manifestaciones que realizaron los estudiantes por las calles y claustros de nuestra ciudad.

Si bien la Reforma se ocupó de que los sectores medios llegaran a la universidad, no logró que lo hicieran los más desposeídos, sino a partir del 2003; esta inclusión social debiera mantenerse y reforzarse, pero con las políticas neoliberales es esperable todo lo contrario y todavía mucho más contradictorio será que la UCR avale esas prácticas por las cuales hoy, los jóvenes, nos condenarán por siempre.

(*) Exsecretario general de la UCR Junín

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