sábado 4 de abril de 2026

CULTURA | 12 jul. 2024

HIZO SU PROPIO CAMINO

Lo llamaban “Juanele”, un poeta revolucionario

Juan L. Ortiz fue contemporáneo de Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Raúl González Tuñón y Carlos Mastronardi.


Por: Ismael A. Canaparo

Juan Laurentino Ortiz (11 de junio de 1896 - 2 de septiembre de 1978) fue un poeta y traductor argentino, conocido como “Juanele”, considerado por el escritor Juan José Saer como “el más grande poeta argentino del siglo XX”. Está en el mismo plano singular y secreto en el que se ubica la influencia de Macedonio Fernández u O. Girondo.

Vivió su infancia en el medio rural de la Mesopotamia argentina y residió de joven en Buenos Aires, donde se vinculó a los ambientes políticos e intelectuales del anarquismo. Vuelto a su provincia natal de Entre Ríos, trabajó como empleado público y llevó una vida retirada, aunque no le impidió ejercer una notable influencia estilística sobre las jóvenes generaciones.

Se inició bajo la influencia de la poesía intimista posterior al modernismo para después evolucionar hacia acentos más personales, entre los que destaca un sentimiento cósmico del paisaje y un humanitarismo solidario. Apartado de los círculos literarios, su obra tuvo escasa difusión y se publicó de manera dispersa en varios poemarios: “El agua y la noche”, “El alba sube”, “El ángel inclinado”, “La rama hacia el Este”, “El álamo y el viento”, “El aire conmovido”, “La mano infinita” y “La brisa profunda”, los que en 1971 se reunieron en tres volúmenes bajo el título “En el aura del sauce”.

En 1969 compartió con R. González Tuñón el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía. Completan su obra El Gualeguay y La orilla que se abisma (ambos de 1971). En 1996 la Universidad Nacional del Litoral editó su Obra completa, a la que agregó poemas, ensayos y artículos inéditos. Su poesía fue influida por la estética de S. Mallarmé en el sentido espacial del verso.

“Numerosas fotos lo muestran con su boquilla larga y finísima, su largo cabello revuelto y su bigotito, todo fragilidad y delgadez. Los relatos cuentan de un anciano muy amable y de la suerte de encantamiento al que se accedía mediante su conversación. La leyenda de Ortiz habla de un poeta apaciblemente sentado en su refugio provinciano, y suele tenerse en la imagen de una casita frente a las barrancas del río, a la que dos generaciones convirtieron en lugar de peregrinación, como si conocer a Ortiz fuera un paso imprescindible en la formación de un escritor o poeta”. De esta manera, evoca Daniel Freidemberger, responsable de una antología que reúne poemas de la mayoría de libros del escritor nacido en 1896 en Puerto Ruiz, Departamento de Gualeguay, Entre Ríos.

Estos fueron sus libros publicados: “La Luna” (1933), “El alba sube...” (1937), “De la libertad hacia la vida” (1938), “El ángel inclinado” (1938), “La rama hacia el este” (1940), “El álamo y el viento” (1948), “El aire conmovido” (1949), “La mano infinita” (1951), “La brisa profunda” (1954), “El alma y las colinas” (1956), “De las raíces y del cielo” (1958), “En el aura del sauce” (1971) y “Obra completa” (2005).

He aquí algunos conceptos del poeta que publica el diario “El Extremo Sur de la Patagonia”, fundado en 2002, editado en Comodoro Rivadavia (Chubut).

“¿Cuántos años llevo celebrados con la poesía? ¿Le parece que celebrados? Diría, muy justa y humildemente, que mi primer libro se publicó en 1932. Aunque desde 1924 (año en que me casé) hasta 1932, había estado ordenando un poquito mis papeles, si es que se puede decir ordenar. Pero ya antes, desde que aprendí a leer y escribir, las cosas empezaron a asentarse; memorizando a veces, notando en un cuaderno otras...”.

“Siempre se me pregunta por qué he elegido vivir permanentemente en una provincia. Acaso porque he decidido pasar, como bien dice Machado, la prueba de la soledad en el paisaje; dura prueba para todo escritor. Machado, precisamente, fue un típico escritor de provincia, en el sentido pleno. O sea, estuvo radicado en un pequeño lugar, y muy espaciadamente viajaba a Madrid, y menos aún a París, aunque no por ello estaba ausente o desconocía lo que pasaba. Machado dice cosas muy profundas y muy justas. Lo que significa vivir en provincia y resistir la prueba de estar sin compañía. Es algo que después yo he sentido en carne propia. Revisando sus libros decla: esto es lo que me sucede a mí. Él afirma que es un desafío muy importante para ciertos escritores, o para ciertos intelectuales, para ciertos espíritus, vivir con la naturaleza, fuera de la ciudad, porque si bien es muy humano y muy necesario contrastar lo que uno hace, someter a la opinión de los colegas o cómplices, lo que uno esté creando, saber a qué atenerse sobre su valor, si bien ello es necesario para la conciencia poética, artística en general, lo otro, es decir la contrastación solamente con las cosas que no responden, quizás sea determinante o más profunda en distinto sentido. Machado dice que él en las provincias no podía preguntarle a un árbol, a una piedra, lo que valía eso que hacía, eso qua sentía que debía hacer. Y que le hubiera sido relativamente fácil irse a Madrid a preguntárselo a otros escritores, pero que prefería someterse a la prueba misma, si es que puede considerarse prueba a esa resonancia que, no sé si imaginativamente, las cosas tienen en el mismo mundo que las rodea. O sea, hay ciertos elementos que son un poquito negativos, como la vanidad publicitaria, que se satisface con una vida de grupo, de camaradería, con una vida que se llama justamente artístico-literaria. Pero lo otro es una alternativa que define, dirige una vocación de otra manera. Aunque no se puede decir que esto es mejor que aquello, depende de cada uno, de cada experiencia personal”.

“No crea que he meditado mucho sobre mí poesía, al menos sobre lo que significa como realización, llamémosle así, dentro de cierta estética, de cierto gusto, de ciertas exigencias, de ciertas tendencias, de determinado entorno cultural, no, en ese sentido no he frecuentado la meditación sobre lo por mí creado. He considerado más bien a mi poesía en lo que significa como testimonio, diríamos, de momentos dados en que yo sentía esa necesidad. Tanto es así que a veces vuelvo a leer y empiezo a recordar, aunque hay ciertos momentos vividos que son difíciles de rescatar, de volver a ellos en profundidad... La visión que tengo de mi poesía es que ha sido otra manera de ser. Yo existía justamente por eso y a través de eso. ¿Por qué? Porque vivía en la poesía, entonces, cuando llegaba a una relativa, pero muy relativa, a una humildísima satisfacción, importaba otra forma de vivir, en cuanto eso que había provocado el poema, o lo que fuera, respondía a una intuición de cierta realidad, de ciertas zonas de la realidad, de ciertos matices, de cierta profundidad fuera de lo que normalmente se podía captar: entonces me traía la sensación de que yo revivía ese hasta dónde yo había podido percibir ciertos matices de una realidad que me trascendía y que Intuía muy profunda, inaccesible casi”.

“¿Cuál sería hoy la función del poeta en nuestra sociedad? Yo diría, como Artaud o como Cesaire, que la poesía está unida ahora a la revolución. En el sentido de las transformaciones. Porque el poeta obra con el lenguaje mismo para apresar esa realidad que es muy fluida y confluyente y que es también contradictoria. Y debe asimismo modificar todas las convenciones comunes de la comunicación. Se está así frente a una revolución en el lenguaje que puede incidir después en otros planos de la transformación en tanto toca otros planos de la concepción de la realidad o de su percepción en los lectores u oyentes. No olvidemos que el hombre está en la prehistoria, no ha penetrado en la verdadera historia, y el poeta está comprometido en esa tarea. Pero ya hemos hablado bastante, y usted viene de lejos... mire, mire ese vuelo de las golondrinas, escuche ese canto”.

 

Bibliografía:

Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. “Biografía de Juan L. Ortiz”; Biografías y Vidas y El Extremo Sur.

 

 

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