Por: Ismael A. Canaparo
Radicado desde hace más de cuarenta años en Buenos Aires, viene cada tanto a su querida ciudad natal para reencontrarse con familiares y amigos. Evocar sus comienzos, después de tantas décadas, es sencillo. Porque “El Pichi”, como todos lo conocen, nunca cambió el formato de su espectáculo musical para los niños. Por el contrario, lo fue perfeccionando poco a poco, hasta convertirse en lo que es hoy, una verdadera atracción para “los locos bajitos”, basada en su singular carisma, buen gusto, estilo y musicalidad. Aquí era “Pichirica Sánchez”, allá simplemente “El Pichi”.
En su show callejero, instalado cada tarde de lunes a viernes, de 15.30 a 18.30, en la porteña esquina de Santa Fe y Riobamba, más precisamente frente al restaurante “Babieca” (Santa Fe 1898, esquina Riobamba), Pichi mezcla mimo, tai chi chuan y chiflado multicolor de la rambla de algún ignoto balneario. No pasa la gorra, ni permite que le dejen dinero. Los chicos que salen de las escuelas cercanas, se sacan fotos con él. Los “tacheros” no pasan sin saludarlo, con algún bocinazo. Pero el cariño del público no es una novedad: su origen hay que rastrearlo en los años '70, en la bohemia teatral que hacía pie en “La Antorcha”, del recordado Héctor López. Sus canciones instantáneas lo llevaron a Chile y hasta grabó un disco para la RCA.
Según confesó él mismo, en los últimos meses del año pasado se le acercó el Jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, con el propósito de informarle que se le iba a proponer para “Ciudadano Ilustre de Buenos Aires”, una distinción que se le otorga a los grandes referentes, destacados en distintas expresiones. Sin embargo, Pichi se negó. “Me da vergüenza, me da vergüenza. Yo no quiero saber nada. No es mi estilo”, contestó. No por soberbio (es lo que menos exhibe), sino por sencillez y humildad.
LA NOTA DE CLARÍN
Transcribimos a continuación la nota que le dedicó el matutino Clarín bajo el título ‘El Pichi’: “No me interesa ser ciudadano ilustre”, escrita por el colega Hernán Firpo.
“Nadie entiende qué es lo que hace. No entrega volantes de pizzería ni promociona nada. Está vestido de colores. Parado en una esquina. Mucho verde en su cabeza de zarpado bombín. Lleva un carrito. Lo encontramos de casualidad, nos miramos como cada tanto se mira la gente que pasa y nos damos un abrazo fuerte. Así empieza la cosa.
-¿Sos uno de esos que reparte abrazos?
-No, para nada.
-En una época estaban de moda.
-Me abrazo con gente abierta, no soy de esos abrazadores profesionales que había antes. No los vi nunca más. Eran como imitadores de algo que no emociona.
-¿Qué habrá pasado con ellos?
-CEOs del afecto.
-¡Jajaja…!
-Para imitadores me quedo con Sandro, Sandro, no sé si sabían, era un enorme imitador.
-De Elvis.
-¡Te quedás corto, mi amigo! Averiguá como imitaba a Charles Aznavour. Sandro, básicamente, fue un imitador que triunfó como cantante.
-¿Por qué estás vestido así?
-Nunca me costó vestirme así. Yo arranque con Pipo Mancera en los Sábados Circulares.
-¿Pipo Mancera?
-No te hagas el pendejo… Iba al programa y tocaba el bombito. Soy contemporáneo de Pipo Pescador.
-Mucho “Pipo” en tu vida…
-Vine de Junín en el ´74, y empecé a ponerme colores. Pero de a poco. Esta versión que estás viendo ahora no tiene más de 15 años. No sé que me pasó con los colores, pero me empezaron a llamar la atención- A mí me gustaban los mamelucos de trabajador, los naranjas, ¿viste?, pero un color fue llamando a otro y un día me di cuenta de que estaba usando botines amarillos.
-¿Cómo te llamás?
-Pichi, El Pichi.
-¿Pichi qué?
-Pichi Sánchez. Pichi viene de Pichirico, un personaje de radioteatro. Yo era un nene, imagínate. Un nene en mi pueblo. Mi mamá me puso así por esa criatura radial algo campera y grotesca. Me empezaron a decir y quedó.
-¿Sos un sin techo?
-¡No! ¿Por? Soy un juglar.
-Un juglar…
-Juglar, juglar, juglar. ¿Vos sabés qué es eso? Serrat, es un decir, se quedó en la categoría de trovador. El trovador hace plata, el juglar no. Yo llegué a juglar. A mí me gusta cantar y recitar. Oí esto: “Yo trabajaba de peón en el campo/ ganaba ocho con cincuenta/ Gastaba todo mi sueldo chupando vino, jugando al truco… (se quiebra, los ojos se le llenan de agua).
-Perdón, ¿estás emocionado?
-Sí, esa que te recité es la primera canción que hice en mi vida.
-¿Habla de vos?
-No, es una canción. Las palabras son como estímulos…
-¿Los pibes de ahora se divierten o se deprimen con un payaso?
-La alegría está adentro mío. Yo me visto así para acompañar al personaje. Sin la ropa sigo siendo el Pichi, el Pichi que habla de frente.
-Sos muy conocido en la zona.
-¿Vos decís por la gente que me saluda? Estoy desde 1974 en la zona. Además, no sos el primero que me hace una nota. Mirá -y despliega una especie de papiro-, notas, reseñas en color, en blanco y negro. Soy lo más lindo que me pasó en la vida, y con la calle tengo una complicidad muy especial.
-¿Te ofrecen monedas?
-A veces la gente se confunde, sí. Yo no agarro nada. Una vez me tiraron un fajo de billetes desde la ventanilla de un auto y ahí los fui a buscar. No podía dejar que se volaran.
-¿Por qué elegiste la esquina de Riobamba y Santa Fe?
-El barrio me dio trabajo. Yo soy empapelador de paredes. Me la pasé decorando ambientes de la zona y “Babieca” -¿puedo nombrar una confitería famosa?- es como mi segunda casa.
-¿Pero qué hacés?
-No sé, no me preguntes. Me han investigado, me han hecho interrogatorios, pero eso fue hace mucho. Estoy en esta esquina desde hace 44 años, con algunos intervalos. En la época de los militares me guardaba un poco. Después fui solo un personaje querido, con gente alrededor queriendo sacarse fotos. Y después me convertí en un amigo del barrio.
-¿Te ofrecieron otras esquinas?
-Ofrecerme, no. Empecé en Callao y Santa Fe, donde estaba la casa de electrodomésticos Scioli.
-¿Qué llevás adentro del carro?
-Puro bombo. Hasta encontrar esta esquina llegué a caminar cien cuadras diarias. Me iba hasta San Telmo y volvía. Me fui quedando por los mozos. Buena gente. Una piba me hizo una página en internet, y la gente se fue encariñando mucho más conmigo.
-¿Quién te hubiera gustado ser?
-Luis Sandrini, hasta que lo conocí y se me fueron las ganas. Le pedí un autógrafo, hace años de esto, y me cerró la ventanilla del auto en la cara.
-Vos que sabés, ¿en qué época sentiste que la gente estuvo de mejor ánimo?
-Con Menem me dediqué a hacer plata. Es más, había tanto trabajo de empapelador que me costaba el personaje. El uno a uno hizo que todo el mundo quisiera gastar.
-¿Y ahora?
-Ahora me quieren dar un reconocimiento y yo no quiero saber nada de esa milonga.
-¿Reconocimiento?
-Quieren que sea ciudadano ilustre, pero no me interesa. Larreta, el jefe de Gobierno, me invitó a tomar un café con leche y me puso como cara visible de la Comuna 2. Me filmaron y todo. Yo no quiero saber nada.
-Diferencias políticas.
-Para nada. Vergüenza, me da vergüenza. No es mi estilo.
-¿Dónde vivís?
-En Haedo, con mi señora.
-¿Venís todos los días?
-Casi. Antes venía siempre. Al principio creía que hacer 3 x 8: ochpo horas para laburar, ocho para descansar y ocho para hacer lo que uno quiere. De grande aprendí que la ecuación era distintas: 6 x 4. Seis horas para dormir, seis horas para trabajar, seis para joder y seis para que te sobren las horas.
-¿De qué vivís?
-Ahora, de la mínima.
-Jubilado.
-Sí”.