Por: Ismael A. Canaparo
Habría que crear la asociación “Coleccionistas de recuerdos”, con la finalidad de atesorar la más antieconómica y curiosa de las profesiones: guardar las imágenes de las personas, cosas u objetos de culto que nos hicieron felices. Un lugar preferencial de reunión podría ser, por ejemplo, el cordón de la vereda de cualquier calle adoquinada del Pueblo Nuevo. Eso sí: habría que apurarse porque en cualquier momento el intendente suplente, Juan Fiorini, produce otro asesinato a la geografía urbana y siembra de asfalto el lugar donde alguna vez fue el centro neurálgico de la ciudad. No hay otro sitio más hermoso que ese popularísimo barrio juninense, cargado de nostalgias y duendes traviesos.
En Junín hay pocos lugares donde pueda hablarse de fútbol. Además, el momento que se vive, con clubes vacíos y empobrecidos, sin actividad social, tiende a disminuir aún más esos encuentros. La sede ya no existe, el salón tampoco, el bar que estaba en la esquina hoy es una pizzería, un pelotero infantil o un súper chinesco. Por lo tanto, la gente no reordena el mundo de la pelota allí durante horas. La esquina barrial o las paradas céntricas tradicionales se fueron abandonando por ser sitios progresivamente peligrosos. No hay espacios para el encuentro casual. La gente los tiene, sí, pero personalizados, porque debe, por circunstancias externas, convivir con otras personas: la oficina, el supermercado, la estación de servicio, la insoportable cola en un banco, en un cajero o en un pronto pago. Ya no se va a una confitería a esperar a que lleguen los amigos. La ciudad, el espacio público, es cada vez más peligroso. Uno le dice a un hijo: “Tené cuidado en la calle”, sin ir más lejos, lo más común. Esto implica que ese espacio público (un adentro y un afuera; un bar, que implica un lugar privilegiado e íntimo y la calle, como lugar de diálogo), está en franca decadencia.
Por ejemplo, ¿cómo explicarles a los jóvenes hinchas de Sarmiento quién fue Martín Ramón Domínguez? ¿en qué lugar y en qué contexto hacerlo? Al periodismo deportivo también le faltan espacios, que no cubren ni las cenas de fin de año, ni los agasajos a ex figuras, ni los programas radiales, donde se encuentra cualquier cosa, menos la reflexión sensata y equilibrada, además de la profundización de la relación que existe entre el deporte y el negocio, análisis que brilla por su ausencia, lo que no ocurre con los lugares comunes, las bromas internas y las trivialidades. En estas cavilaciones silenciosas y en forma antojadiza, se nos vino a la cabeza el nombre del Negro Domínguez, porque a veces uno se replantea olvidos, totalmente involuntarios, que es necesario reparar.
Cuando uno se pone a repasar los “próceres futbolísticos” que tuvo Sarmiento en toda su historia, suele caer en tentaciones casi obligatorias. Recordar, por ejemplo, a Hebert Pérez, Coco Pelli, Taqueta Barrionuevo, Horacio Medina, Omar Atondo, Oscar Ayala, Noel Madama, Oscar Avilés, Hugo Spadaro, José Tomino, Omar Vargas, Velorio Giménez, Miguel Angel Alvarez, Daniel Cangialosi. Sin embargo, son pocos los que se quedan abrochados a la figura de aquel marcador de punta, totalmente “informal” para la época, que hizo de la función un número típicamente humorístico, desairando a sus adversarios con pizcas de sutilezas y quiebres, amagues y fugas, gambetas y cruces. Martín Ramón Domínguez fue un “cuatro” mentiroso, un carrilero adelantado a la época, un volante creativo. Tenía gran habilidad con la pelota. Se iba arriba continuamente, alimentando a sus compañeros, pero jamás a lo tonto y a ciegas. Su arma más contundente y eficaz fue el “desplante”, el desaire hacia aquel adversario que osaba querer penetrar por su sector. Ante cada finta, ante cada freno, ante cada sutileza, la tribuna “moría”. Pero nunca utilizó esa capacidad innata para “gastar”, “ridiculizar” o “sobrar” al rival. Cuando la violencia no existía y las hinchadas podían convivir sin ingratos separadores, no pocos aficionados se cambiaban de lugar en el segundo tiempo para no perderse las piruetas chaplinescas de este jugador fenomenal, dueño de una personalidad arrolladora, aunque de aspecto “bonachón y compadre”, como le gustaba definir al Gordo Troilo a los tipos derechos, sin falsas poses.

Hay una anécdota, contada por amigos, que pinta de cuerpo entero el ingenio y las humoradas de Domínguez dentro de una cancha de fútbol. Ocurrió el 15 de agosto de 1954. Sarmiento jugaba de visitante ante Nueva Chicago. Desde siempre, ir hasta Mataderos fue sumamente complicado. Y más en aquel entonces, donde en los verdinegros brillaba Norberto Calandria, un apóstol de los grandes ciclos de la entidad (jugó 281 partidos y marcó nada menos que 116 goles, siempre en la “B”), un crack que le simplificaba todo a sus compañeros. Sin embargo, esa tarde no podía pasar al Pelado Pérez, ni por arriba, ni por abajo, ni por los costados. Y cuando se tiraba a cualquiera de las puntas, el Negro ni siquiera le dejaba dominar la pelota. No sólo se la quitaba, sino que hasta lo gambeteaba, saboreando la quijoteada ante el símbolo local. “Patoruzú” (así lo llamaban, porque jugaba en las dos áreas, de ida y de vuelta) estaba enloquecido de impotencia. Para colmo, el verde ganaba
En el ´58 Sarmiento comenzó a utilizar una camiseta de algodón, prontamente desechada por los dirigentes. ¿Por qué? Por la airada “protesta” de Domínguez y Bruzzio, ambos dotados de un significativo abdomen. Encabezaron la “rebelión”, ya que esa casaca se les pegaba al cuerpo con el sudor de la lucha y ponía al descubierto sus “panzas”. Otro hecho curioso fue que Taqueta Barrionuevo, que calzaba el número 38, al igual que Domínguez, era el “encargado” de domarle los botines al Negro. “Patas” chicas para talentos grandes.
Martín Domínguez, nacido en Tucumán, vistió la casaca de Sarmiento nada menos que en seis temporadas consecutivas, de
Hoy ya no quedan jugadores de su estilo, simplemente porque se apartaba de todo lo convencional. Nunca hizo de su calidad una pose, ni exaltó los momentos de brillo, que los tuvo en cantidad. Sabía que las cosas en el fútbol, así como en la vida (los triunfos, los amores, la amistad, los encuentros) se dan porque se dan y entonces son maravillosas. El Negro fue un enamorado del buen juego. De eso habría que hablar de ahora en más...