Por: Semanario de Junín
EDITORIAL PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 513 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 9 AL 15 DE MAYO DE 2026
El senador e intendente licenciado de Junín, Pablo Petrecca, representa con su personalidad una de las expresiones más paupérrimas de la política actual, en tiempos en los que la democracia, en manos de personajes de este tipo, atraviesa algunas de sus mayores degradaciones.
Quien llegó a la Legislatura bonaerense luego de singulares timbreos a dirigentes de fuerzas ajenas a su partido, buscando apenas un lugar de llegada al Senado provincial, cree ahora que puede impartir lecciones de moralina barata, como si no existieran archivos, antecedentes y conductas que dejan al desnudo su impúdica inconsistencia política.
Después de abandonar al distrito no sólo con su ausencia física sino también mediante una gestión deficiente, hoy vuelve a recostarse sobre los poderes de turno para intentar morder otro pedazo de la torta que comparte desde hace años junto a familiares, amigos y socios políticos, desde que desembarcó en el sillón de la calle Rivadavia.
Dueño de una hipocresía difícil de disimular, esta semana volvió a exhibir una de sus ya habituales contradicciones públicas. Lo hizo a través de un mensaje que, justamente, colisiona de frente con sus propios actos.
En el marco del Día Mundial de la Libertad de Prensa, publicó: “Sin prensa libre, no hay democracia. Solo propaganda. Hoy recordamos que el periodismo no es un privilegio: es el derecho de la sociedad a saber”.
Resulta un verdadero ejercicio de cinismo escuchar semejante declaración de parte de quien esconde sistemáticamente los números de la administración municipal para impedir que la ciudadanía conozca maniobras, contrataciones y decisiones que luego terminan convertidas en pedidos de explicaciones ante el Tribunal de Cuentas bonaerense.
Sus palabras adquieren además un tono abiertamente ofensivo cuando se recuerda que desde hace años mantiene una guerra personal contra SEMANARIO: bloqueando a este medio en redes sociales, presionando a comerciantes y empresarios para que retiren publicidad de nuestras páginas y permitiendo —cuando no alentando— ataques digitales impulsados por sectores de su entorno político y hasta por integrantes del núcleo religioso que frecuenta su familia.
Nada de esto sorprende. Petrecca hace tiempo eligió el camino de las máscaras. Dice defender valores republicanos mientras se acerca cada vez más a espacios políticos nacionales que alimentan discursos de odio contra el periodismo y consideran a la prensa independiente un enemigo a destruir.
Descree profundamente de la libertad de expresión porque supone que todo tiene precio. Cree que las voluntades se compran, que las críticas se silencian y que la dignidad puede negociarse como un contrato más dentro de la administración pública. Lo que jamás entendió es que existen valores que no cotizan ni se subordinan al poder político de turno.
Por eso ya no sorprende que incluso muchos de sus propios pares lo definan como un dirigente falso, oportunista y camaleónico; alguien capaz de cambiar de discurso, de alianzas y de convicciones según las necesidades del momento. Un político que incumple promesas con la misma facilidad con la que ensaya sonrisas para las cámaras, mientras intenta disimular, detrás de gestos de superioridad, limitaciones que hace tiempo quedaron expuestas ante la sociedad.
