domingo 31 de mayo de 2026

SEMANAGRO | 31 may. 2026

SEMANAGRO

¿A quién le va bien en agricultura?

07:57 |El Gobierno anunció una baja de retenciones para trigo y cebada y prometió un recorte gradual para la soja. En los papeles, la señal parece ir en la dirección que el campo reclama desde hace años. Pero cuando esa novedad baja al lote y se cruza con los costos reales de la campaña, el entusiasmo se enfría.


Por: Redacción Semanario de Junín

SECCIÓN SEMANAGRO PUBLICADA EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 516 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 30 DE MAYO AL 5 DE JUNIO DE 2026.

En la Argentina, cada vez que un gobierno toca las retenciones intenta quedarse con una escena de alto voltaje político. No es casual: se trata del impuesto más resistido por los productores y, al mismo tiempo, de una de las herramientas fiscales más usadas para extraer recursos del sector que genera buena parte de los dólares del país. Por eso el anuncio de Javier Milei en la Bolsa de Cereales sonó, a primera vista, como una noticia fuerte: el trigo y la cebada bajarán de 7,5% a 5,5% desde junio, mientras que la soja tendría desde enero de 2027 un recorte gradual sujeto a la recaudación. En el discurso, la medida se presentó como una reparación largamente esperada. En la campaña fina, sin embargo, la épica se vuelve bastante más modesta.

La razón es simple: una baja de impuestos no opera en el vacío. El productor no siembra sobre discursos, siembra sobre costos. Y los costos, en esta campaña, llegaron primero.

El dirigente agrario Néstor Roulet difundió un análisis que desacomoda el triunfalismo oficial: con la rebaja de dos puntos en las retenciones al trigo, se cubre apenas entre el 36% y el 38% del aumento que tuvieron en los últimos tres meses los costos de producción del cereal.

Si bien el Gobierno resigna una parte del tributo, no logra compensar ni siquiera la mitad del golpe que llegó por el lado de los insumos y de los gastos operativos.

El dato importa porque el trigo no admite demasiada retórica. La decisión de siembra se toma ahora, con la calculadora en la mano.

La soja, el gran motor exportador argentino, quedó atada a un cronograma futuro y condicionado a la recaudación

Si el fertilizante subió, si el combustible apretó y si el paquete tecnológico quedó más caro, una mejora parcial en el precio neto puede terminar actuando apenas como una curita sobre una herida más profunda. La señal puede ser bienvenida; el problema es que no necesariamente alcanza para transformar una campaña ajustada en una campaña rentable.

Eso obliga a poner el foco en una verdad que suele quedar escondida detrás de la frase “al campo le va bien”.

La agricultura argentina no es un bloque uniforme. Para el productor propietario, la baja de retenciones significa una mejora concreta, aunque si el costo del trigo aumentó casi 100 dólares por hectárea en pocos meses, el beneficio tributario pasa a ser solo una porción acotada de la película.

Para el arrendatario, en cambio, la cuenta es bastante más áspera. El alquiler condiciona la campaña desde el arranque y cualquier salto de los insumos coloca al productor en una franja de mayor exposición. En ese contexto, dos puntos menos de retenciones son un alivio, sí, pero difícilmente una salvación.

Hay, además, otro punto que enfría el entusiasmo: el Gobierno no anunció una rebaja general para todos los cultivos. La excepción concreta y vigente ahora mismo alcanza al trigo y a la cebada.

La soja, el gran motor exportador argentino, quedó atada a un cronograma futuro y condicionado a la recaudación. Traducido: para 2026, el alivio directo aparece solo en los cultivos de invierno. Y aun allí, los números muestran que el margen sigue bajo presión.

En Junín y en el noroeste bonaerense, donde el trigo forma parte del sistema agrícola, estas cuentas no son teóricas. Se traducen en cuánto se siembra, con qué nivel de tecnología se encara la campaña y hasta dónde se tolera el riesgo. El productor puede valorar la señal oficial y, al mismo tiempo, desconfiar de su alcance real. No hay contradicción en eso. Hay experiencia.

La baja de retenciones para trigo y cebada existe y marca una dirección que el agro viene reclamando desde hace años

LA PREGUNTA DEL MILLON

El problema de fondo, entonces, no pasa por decidir si la baja de retenciones es buena o mala en abstracto. Buena, claro que es. El punto es otro: si la medida sirve para recomponer de verdad la economía del productor o si funciona apenas como un gesto políticamente rentable. Porque una cosa es reducir la alícuota del 7,5% al 5,5%; otra muy distinta es lograr que esa mejora alcance para cambiar el signo de los márgenes en un contexto de costos recalentados.

También conviene observar cómo se construyó el relato alrededor del anuncio. Milei presentó la baja de retenciones como parte de una misión mayor: achicar el Estado para bajar impuestos y devolverle a la producción parte de lo que históricamente se le quitó. La idea tiene impacto, pero el productor no vive de eslóganes: vive de cerrar números. Y la cuenta del trigo muestra que la reducción anunciada mejora el precio neto, pero no altera lo suficiente una estructura de costos que ya venía desacomodada.

La soja ofrece otro ejemplo de esa distancia entre el anuncio y el efecto real. El sendero descendente prometido desde enero de 2027 es una señal para el largo plazo, pero no pone plata hoy en el bolsillo del productor ni corrige la campaña actual. Por eso, aunque el discurso buscó mostrar una ofensiva integral sobre las retenciones, el impacto concreto e inmediato quedó acotado a trigo y cebada.

Esta discusión expone un problema bastante argentino: la costumbre de vender como cambio estructural lo que a veces apenas alcanza para ser una corrección parcial. La rentabilidad agrícola no depende solo del impuesto a la exportación. Depende también del valor internacional, del tipo de cambio, de la logística, del financiamiento, del precio de los fertilizantes, del combustible y del clima. Si varias de esas variables juegan en contra, dos puntos de retenciones menos pueden lucir muy bien en la conferencia y muy discretos en el lote.

De ahí que la pregunta inicial siga en pie. Seguramente le va mejor a quien tiene tierra propia, escala suficiente y capital de trabajo. Pero esa respuesta deja afuera a una porción enorme del universo productivo: al arrendatario que trabaja con márgenes quirúrgicos, al productor mediano que depende de una buena campaña para sostenerse y a quien no tiene resto para absorber una suba súbita de costos. En ese terreno, la frase “al campo le va bien” se parece demasiado a una comodidad discursiva.

En definitiva, la baja de retenciones para trigo y cebada existe y marca una dirección que el agro viene reclamando desde hace años. Pero los números que puso sobre la mesa Roulet obligan a mirar debajo del aplauso. Si esa rebaja cubre menos de la mitad del aumento reciente de los costos del trigo; si el propietario mejora pero no despega; si el arrendatario sigue viendo un horizonte flaco; y si la soja quedó otra vez en el terreno de las promesas condicionadas, entonces el debate real no pasa por festejar el anuncio, sino por admitir que la economía de la campaña sigue sin dar alivios amplios.

Y ahí vuelve la pregunta: si el productor nato y el arrendatario no alcanzan a tener buenos resultados económicos, ¿a quién le va bien en agricultura?

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