EDITORIAL PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 516 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 30 DE MAYO AL 5 DE JUNIO DE 2026
Hubo una foto. En el petrequismo siempre hay una foto. Pablo Petrecca y Juan Fiorini repartiendo mate cocido en la puerta del Banco Industrial a jubilados que esperaban para cobrar, apenas comenzaba la pandemia del Covid-19. Fue ese día y nunca más.
Aquella escena, montada con precisión para las redes sociales y la construcción de cercanía, terminó siendo casi una premonición cruel de lo que vendría después. Porque hoy, para muchos jubilados juninenses, el mate cocido acompañado por un pedazo de pan duro dejó de ser una postal solidaria para convertirse en el menú obligado de fin de mes. A veces incluso antes: después del día 10 o 12, cuando la jubilación se evapora entre tarifas y alimentos básicos y medicamentos que no siempre se compran y ponen en riesgo la escasa salud.
La carne pasó a ser un lujo. El gas amenaza con convertirse en otro privilegio. Y mientras tanto, quienes deberían defender a los vecinos prefieren mirar para otro lado, sobre todo cuando las decisiones que perjudican a la gente provienen del mismo espacio político libertario al que se abrazan con entusiasmo.
Los “Dos cuñados”, devenidos en administradores permanentes del poder local, eligieron el silencio frente a la suspensión de la ley de Zona Fría, una medida que impactará directamente en miles de hogares bonaerenses y también en Junín. El golpe llegará, como siempre, a los sectores medios y bajos, esos mismos que durante años escucharon discursos sobre sensibilidad social y cercanía con el vecino.
Aun así, desde el oficialismo local intentan relativizar el impacto. Pablo Torres, titular del directorio de Gas Junín, salió rápidamente a minimizar el problema ante cierta prensa siempre dispuesta a actuar como oficina de relaciones públicas del municipio. Nada nuevo. El libreto ya es conocido: negar, relativizar y esperar que el enojo social se diluya.
Lo curioso es que muchos de quienes hoy pontifican sobre el achicamiento del Estado viven precisamente de él. Viajes oficiales, vehículos, cargos, contratos, estructuras políticas y beneficios que jamás abandonarían voluntariamente. Son enemigos del Estado… siempre y cuando el ajuste recaiga sobre otros.
Junín lleva una década atrapado en un esquema donde el poder parece administrarse para un pequeño círculo de amigos, empresarios favorecidos y dirigentes acomodados que pescan siempre en la misma pecera. Mientras tanto, el vecino común hace malabares para pagar tasas municipales cada vez más caras, servicios deteriorados y una calidad de vida que retrocede en forma marcada.
Y quizás lo más preocupante sea la naturalización. La resignación social convertida en costumbre. La aceptación de una política basada más en marketing que en gestión, más en slogans que en resultados concretos.
Petrecca entendió hace tiempo que una buena fotografía puede tapar muchos problemas. Una recorrida, un video emotivo, una sonrisa estudiada, una inauguración repetida hasta el cansancio. Pero la realidad tiene una particularidad ya que tarde o temprano termina filtrándose.
Y la realidad hoy muestra jubilados ajustando comidas, comerciantes fundidos, jóvenes que se frustran y vecinos agotados de escuchar relatos optimistas mientras sus bolsillos cuentan otra historia.
También resulta llamativo cierto desprecio de clase disfrazado de meritocracia. Como si acceder a derechos, subsidios o beneficios fuera una inmoralidad cuando alcanza a los sectores populares, pero una consecuencia natural del “éxito” cuando favorece a funcionarios, empresarios amigos o dirigentes alineados.
Sin una oposición seria, lúcida y honesta que logre construir una alternativa creíble, el oficialismo local sigue administrando el desgaste ajeno mientras conserva intacto su aparato político. Y así Junín queda atrapado en una lógica peligrosa: votar por costumbre a quienes prometen futuro mientras el presente se deteriora delante de todos.
Hay algo profundamente simbólico en aquella vieja foto del mate cocido. Lo que en su momento intentó venderse como empatía terminó convirtiéndose en una metáfora del modelo que gobierna la ciudad: una política que ofrece gestos mínimos mientras las necesidades crecen de manera brutal.
La foto deja de ser el verdadero problema ya que muchos vecinos siguen esperando que alguna vez aparezca algo más que eso… y no aparece.
