Por: Por Agustín C. Pinedo (*)
La pregunta que nos hacemos en el título que encabeza esta nota nos parece pertinente porque parecería que, en nuestra patria chica, se replica un fenómeno nacional: la falta de pensamiento estratégico de cara al futuro, tanto en lo social como en lo económico y en la defensa. Pareciera que se toman decisiones pensando únicamente en la realidad del momento, sin considerar qué ocurrirá cuando las condiciones cambien y la actividad económica, la producción, el empleo y la movilidad vuelvan a crecer.
Vemos cómo se reducen los salarios de los trabajadores a niveles incompatibles con una vida digna; cómo se apalea a los ancianos que se atreven a protestar por ingresos de hambre o por la falta de medicamentos que se han ganado tras toda una vida de trabajo; cómo se desfinancian el CONICET y las universidades, hipotecando el futuro de nuestra ciencia y la formación de las próximas generaciones.
También observamos la destrucción de la industria nacional mediante la apertura indiscriminada de las importaciones; el desmantelamiento del INTA, un pilar fundamental para el desarrollo agropecuario; la paralización de proyectos estratégicos como el CAREM, destinado al desarrollo y construcción de reactores modulares de pequeño tamaño, con gran potencial exportador; y el desarme del proyecto Tronador, que permitiría al país completar todas las etapas del ciclo espacial y colocar satélites en órbita con medios propios, ubicando a la Argentina entre el reducido grupo de naciones con esa capacidad.
A ello se suma la compra de 24 aviones F-16, una decisión que algunos comparan con la adquisición de trenes usados a España que nunca llegaron a funcionar adecuadamente. Se trata de aeronaves con tecnología desarrollada hace décadas, cuya utilidad para los escenarios de guerra modernos es discutible. Incluso se ha señalado que sus asientos eyectables requieren cartuchos pirotécnicos fabricados en Inglaterra que deben renovarse periódicamente, lo que podría generar dificultades operativas en el futuro, y quedaremos con 24 aviones de 600 millones de dólares que ningún piloto podrá volar por seguridad.
Como símbolo de esta lógica de corto plazo, también se ha informado la venta de frutos de membrillo cosechados por Remonta y Veterinaria del Ejército Argentino en Mendoza con el objetivo de adquirir repuestos para vehículos.
Si este es el espejo en el que se refleja la transformación de una Terminal de Ómnibus en un centro comercial con parada de ómnibus, entonces me pregunto: ¿el gobierno de Junín piensa que la realidad actual será permanente? ¿Que la caída de la actividad económica, del empleo, del consumo y, por lo tanto, de la cantidad de pasajeros y servicios de transporte, llegó para quedarse? ¿Qué ocurrirá si el país cambia? ¿Qué sucederá cuando la Argentina recupere niveles de actividad económica y movilidad semejantes a los que tuvo durante décadas?
La vieja terminal del centro había quedado obsoleta no solo por su antigüedad, sino principalmente por su escasa capacidad para albergar el creciente movimiento de ómnibus y pasajeros. Hoy, aprovechando una coyuntura de menor actividad y menor circulación de pasajeros, se propone una instalación de menor capacidad para privilegiar un emprendimiento comercial. Pero si en el futuro esa demanda vuelve a crecer, ¿cómo se resolverá el problema? ¿Se pensó una alternativa? ¿O se supone que nada cambiará y que la situación actual será definitiva?
De no ser así, los juninenses podríamos encontrarnos en la necesidad de construir una nueva terminal, pagando nuevamente por una infraestructura que ya habíamos financiado. Incluso podría ser necesario indemnizar a la empresa concesionaria por las inversiones realizadas y por el lucro cesante derivado de la interrupción de una concesión otorgada por treinta años.
Por eso me permito plantear esta duda. Una comunidad no puede diseñar su infraestructura estratégica pensando únicamente en las necesidades del presente. Debe hacerlo considerando también los escenarios futuros y las oportunidades de crecimiento que puedan presentarse. Porque no tengo dudas: “No hay tiempo que no se acabe ni tiento que no se corte”
(*) Arquitecto. Exsecretario de Obras Públicas de Junín.