Por: Redacción Semanario de Junín
Cada tanto, alguna propuesta reaparece en la agenda pública con el mismo atractivo de las soluciones aparentemente simples para problemas complejos. Esta vez fue la diputada bonaerense Ayelén Rasquetti, de Fuerza Patria, quien impulsó una iniciativa para modificar la Ley Provincial 10.342 y permitir que los municipios otorguen permisos de uso sobre las banquinas de rutas y caminos provinciales para actividades productivas.
La propuesta parte de una lógica que, en tiempos de estrechez económica, puede resultar seductora para muchos intendentes: aprovechar terrenos considerados ociosos para generar recursos adicionales mediante el cobro de cánones o tasas. Según la legisladora, miles de hectáreas lineales permanecen desaprovechadas y podrían convertirse en una fuente legítima de ingresos para las administraciones comunales.
Sin embargo, el debate dista mucho de ser nuevo. Tampoco es una discusión exclusivamente económica. De hecho, la comunidad científica argentina ya se pronunció sobre el tema hace varios años y sus conclusiones fueron contundentes: cultivar las banquinas implica más perjuicios que beneficios.
La iniciativa propone incorporar estos espacios laterales de rutas y caminos dentro de las superficies susceptibles de ser cedidas para explotación agrícola, previa autorización de la Dirección de Vialidad bonaerense. También prevé la creación de un registro de usufructuarios para fiscalizar la utilización de esos terrenos.
A primera vista, la propuesta parece razonable. Si existen tierras disponibles, ¿por qué no producir en ellas? Sin embargo, el problema surge cuando se analiza cuál es la verdadera función de esos espacios.
En 2019, cuando desde distintos sectores comenzaron a promover la idea de sembrar hasta el borde mismo de rutas y caminos, un amplio grupo de investigadores del CONICET, del INTA, de la Universidad de Buenos Aires, de la Universidad Nacional de Mar del Plata y de la Universidad Nacional de Misiones salió a responder públicamente.
Su planteo fue claro: las banquinas no son terrenos improductivos. Por el contrario, constituyen algunos de los últimos refugios de biodiversidad que sobreviven dentro de regiones intensamente transformadas por la agricultura.
Mientras la expansión agrícola avanzó durante décadas sobre grandes extensiones del territorio pampeano, estos corredores conservaron vegetación nativa, flores silvestres, insectos polinizadores, aves y pequeños mamíferos que hoy cumplen funciones ecológicas fundamentales.
Los investigadores señalaron que muchas de las especies vegetales presentes en estos ambientes proporcionan alimento y refugio a insectos beneficiosos para la agricultura, incluyendo polinizadores y controladores naturales de plagas. Es decir, contribuyen indirectamente a la propia producción agropecuaria.
La importancia de estos espacios no es menor. En una época donde se discute la necesidad de sistemas productivos más sustentables y menos dependientes de insumos químicos, las banquinas representan verdaderas reservas biológicas capaces de aportar servicios ecosistémicos gratuitos.
La paradoja es evidente: mientras numerosos países desarrollados destinan recursos para recuperar corredores biológicos y franjas de vegetación natural dentro de las áreas agrícolas, en Argentina todavía aparecen propuestas para eliminarlos.

Los defensores del cultivo de banquinas suelen sostener que permitir la producción sobre estos espacios aumentaría la superficie agrícola disponible. Sin embargo, cuando se analizan los números, el beneficio económico aparece como marginal.
Los propios investigadores calcularon que, aun suponiendo una utilización plena de las banquinas existentes en la provincia de Buenos Aires, el incremento representaría aproximadamente unas 36.000 hectáreas adicionales sobre más de 17 millones de hectáreas ya sembradas con cultivos anuales.
En términos porcentuales, la superficie incorporada apenas rondaría el 0,2 por ciento del área agrícola provincial.
Además, esa cifra teórica resulta todavía menor en la práctica. Muchas banquinas presentan limitaciones de suelo, problemas de drenaje, cercanía con centros urbanos o restricciones vinculadas a la seguridad vial que dificultan cualquier aprovechamiento productivo.
La pregunta entonces resulta inevitable: ¿vale la pena sacrificar espacios con alto valor ambiental para obtener una rentabilidad relativamente insignificante? Para los especialistas la respuesta es un no rotundo.
Y agregan otro aspecto pocas veces considerado. Las banquinas forman parte del dominio público y cumplen funciones que exceden cualquier cálculo económico inmediato. Son áreas que contribuyen a conservar especies nativas, facilitan la conectividad biológica entre ambientes fragmentados y ayudan a sostener procesos ecológicos esenciales para la producción y para la sociedad en general.
Por otra parte ¿cuál sería la calidad de la semilla cultivada al borde de rutas expuesta a la constante “fumigación” de los escapes de los vehículos a partir del plomo y otros elementos constitutivos de los combustibles?
La discusión, por lo tanto, no debería limitarse a cuánto dinero podría recaudar un municipio. También debería incluir cuánto pierde la comunidad cuando desaparecen estos espacios.
La propuesta de Rasquetti surge en un contexto donde muchos municipios atraviesan dificultades financieras y buscan nuevas fuentes de recursos. Desde esa perspectiva, la iniciativa puede interpretarse como un intento de ampliar las herramientas de gestión local.
Sin embargo, las políticas públicas requieren evaluar costos y beneficios más allá de la urgencia presupuestaria.
La experiencia demuestra que las decisiones vinculadas al uso del territorio suelen tener consecuencias que perduran durante décadas. Lo que hoy parece una solución rápida puede transformarse mañana en un problema ambiental difícil de revertir.
Los científicos que abordaron esta cuestión hace años plantearon precisamente ese dilema. Advirtieron que las discusiones sobre producción y conservación no pueden resolverse únicamente desde criterios económicos o partidarios. Requieren evidencia técnica, análisis de largo plazo y una mirada que contemple el interés colectivo.
En tiempos donde la sustentabilidad dejó de ser una consigna para convertirse en una necesidad concreta, resulta llamativo que vuelva a instalarse una propuesta que ya fue ampliamente cuestionada por especialistas de distintas disciplinas.
Quizás el verdadero desafío no consista en sembrar las banquinas, sino en comprender por qué existen y cuál es el valor que aportan. Porque en ocasiones, aquello que parece improductivo a simple vista termina siendo mucho más valioso que los beneficios inmediatos que promete una cosecha.
Y porque, como suele ocurrir con ciertas discusiones recurrentes de la política argentina, volver una y otra vez sobre ideas ya refutadas termina pareciéndose demasiado a poner, otra vez, la mula al trigo.