lunes 20 de julio de 2026

NACIONALES | 19 jul. 2026

EDITORIAL DE N.A.

Nada más que un partido de fútbol

La actitud de los chicos de la selección ondeando la bandera con la frase “Las Malvinas son Argentinas”, tiene una simbología enorme en un mundo donde el individualismo hace callar las voces.


Por: Fernando Somoza (*)

Hoy hay fútbol y no es nada más que un partido de fútbol; es la final de un campeonato mundial que cada cuatro años nos sirve para conocer lo que existe más allá de las redes (¿sociales?) que nos proponen, algoritmo mediante, lo que coincida con nuestra ideología (esa que todos tenemos aunque se intente ocultar) para poder complacernos y continuar con la adicción. Un torneo que deja al desnudo las diferencias entre países, las hegemonías, las miserias, las contradicciones y las historias individuales o colectivas que nos interpelan. La importancia de este deporte en nuestro país lleva más de un siglo de arraigo y pasiones muchas veces inexplicables, aunque lo sean sólo con el fútbol. Es donde renacen los símbolos de todo tipo, ya sea a nivel vernáculo o internacional. Tal vez uno de sus atractivos será que siempre habrá un héroe y un villano, y que podemos ser lo uno y lo otro sin más problemas. De ese modo se manifiesta la argentinidad, con mezclas de ironía, desprecio hacia los otros, pero con valentía, coraje y unidad hacia adentro, en tanto y en cuanto los resultados sean los esperados, claro está.

Por eso hay una sorpresa detrás de cada torneo y después de la cosecha máxima de hace cuatro años atrás, no podía faltar una más.

Una que esperó nada menos que 40 años exactos para reaparecer, mostrando que el ADN argento a pesar de algunas actitudes cotidianas, no pierde la esencia a la hora de defender el territorio y los símbolos más allá de los sectores con poder momentáneo que quieran ningunearlo.

La actitud de los chicos de la selección ondeando la bandera con la frase “Las Malvinas son Argentinas”, tiene una simbología enorme en un mundo donde el individualismo hace callar las voces y los grupos de presión terminan haciéndonos votar lo que les conviene para seguir acumulando riqueza.

Más allá de cualquier resultado, este grupo de jóvenes representa algo que excede al deporte. En tiempos donde el individualismo parece imponerse como valor supremo, donde las redes sociales convierten cada experiencia en una exhibición personal y donde la política promueve muchas veces la fragmentación antes que los consensos, la Selección volvió a recordarle a millones de argentinos la importancia de una palabra cada vez menos frecuente: nosotros.

No es una idea nueva. El sociólogo Zygmunt Bauman advertía sobre la fragilidad de los vínculos en las sociedades modernas, donde todo parece transitorio, descartable y reemplazable. Las relaciones, las identidades e incluso los compromisos colectivos pierden espesor frente a la lógica del consumo y la satisfacción inmediata.

Algo similar observa el filósofo Byung-Chul Han cuando describe una época marcada por la desaparición del otro. Ya no hay espacio para el encuentro con quien piensa distinto, sino una tendencia creciente a refugiarnos en burbujas de opinión que sólo nos devuelven aquello que queremos escuchar.

Quizás por eso una bandera desplegada en una cancha pueda adquirir una dimensión que trasciende el fútbol. Porque recuerda que todavía existen símbolos compartidos capaces de convocar emociones colectivas. Porque demuestra que aún sobreviven causas capaces de reunir a personas que, en casi cualquier otro ámbito, estarían enfrentadas.

La reivindicación de las Islas Malvinas expresada por estos jóvenes no fue un gesto partidario ni una consigna circunstancial. Fue una afirmación de pertenencia. Un recordatorio de que existen elementos de nuestra identidad nacional que permanecen por encima de las coyunturas, los gobiernos y las modas ideológicas.

En una Argentina atravesada por dificultades económicas, incertidumbre social y crecientes niveles de agresividad en el debate público, la escena adquirió una fuerza inesperada. Allí donde muchos pretenden reducir a la sociedad a una suma de individuos aislados, apareció nuevamente la idea de comunidad.

Y esa quizás haya sido la “confrontación”. Porque nada más que un partido de fútbol terminó revelando algo mucho más profundo: que debajo del desencanto, del enojo y de las divisiones que atraviesan a la Argentina contemporánea, todavía persiste una conciencia colectiva dispuesta a emerger cuando encuentra una causa común. La frase: "nada más que un partido de fútbol" terminó explicando bastante más sobre la Argentina actual que muchos discursos políticos.

Por eso mientras una parte del poder insiste en profundizar divisiones, desacreditar al que piensa distinto y gobernar sobre el conflicto permanente, miles de argentinos encontraron en un simple gesto una razón para sentirse parte de algo más grande que ellos mismos.

La comunidad sigue viva. Tal vez golpeada, desencantada y castigada por años de frustraciones. Pero viva al fin.

Lo importante es que cuando una sociedad recuerda quién es, cuáles son sus símbolos y qué valores la unen, también recuerda que ningún poder es eterno, que ningún atropello resulta ilimitado y que la última palabra nunca pertenece a los gobernantes, sino a los pueblos.

(*) [email protected]

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