A esta altura a nadie le llama la atención como pasó años atrás, cuando el Dr. Lorenzo Borocotó llegó a la política con un partido y a los pocos días, cambió a otro y desató un escándalo que duró meses. En 2005, fue electo como diputado del macrismo pero nunca fue legislador de ese partido, y terminó votando a favor de los proyectos kirchneristas.
14 años después, en una entrevista en radio La Red, el médico cirujano infantil y exdiputado de la Nación, cuando se agruparon sectores que solían ser opositores, como en el caso de Miguel Ángel Pichetto y Sergio Massa, dijo: “Los cambios en la política me dan un asco profundo, merecen un poquito más que decirles algo. Hay gente que merece cosas muy superiores”. No reconoció su caso.
Lo que antes podría haber sido motivo de un llamado a los padrinos para batirse a duelo, en este siglo XXI es moneda corriente. Ese universo desconocido, de pases, cambios, pintados y despintados, hoy es tan habitual casi como el mercado de pases del fútbol argentino. Los políticos no solo se cambian de partido; nacen otros, se recuperan sellos y hasta se utilizan algunos, solo para conveniencias personales, siempre 'bien argumentados'.
Están los que cambian porque se dan cuenta que el partido que les permitió llegar ‘no los representa’, los que lo hacen porque les conviene aliarse con otros y los que lo hacen porque saben que es una buena manera de ‘sostener sus ideales’ (que suelen ser los propios y no de los de quienes dicen representar).
Se habla de 'crisis de representatividad' pero siempre miran para otro lado.
Ejemplos hay cientos. De unos y otros. Uno de ellos, paradigmático, es el de Patricia Bullrich, que arrancó en política hace más de cuatro décadas en las filas de la Juventud Peronista, con vínculos con Montoneros según reconoció su propio entorno familiar. Fue diputada del menemismo entre 1993 y 1997, para luego irse al partido Nueva Dirigencia de Gustavo Béliz y, más tarde fundó su propio espacio, Unión por Todos. Con esa fuerza participó del gobierno de Fernando de la Rúa.
Tras la crisis de 2001, Bullrich se reinventó una vez más: fue candidata a jefa de Gobierno porteño por Recrear, se alió con Elisa Carrió en la Coalición Cívica y regresó al Congreso como diputada nacional en 2007. Desde 2011 comenzó a acercarse al PRO y se transformó en una de las figuras más leales a Mauricio Macri. Fue ministra de Seguridad entre 2015 y 2019, antes de llegar al mundo libertario.
Con todos estos antecedentes, ya nada llama la atención, y en el plano local, pasó lo mismo que en el orden nacional. La interna libertaria se cobró la primera ‘víctima’ en el Concejo Deliberante local y la concejala Belén Veronelli renombró su unibloque como "Libertad y Justicia", dejando atrás el nombre "La Libertad Avanza Oficial".
No fue la única, ahora llegó otra novedad: el bloque de Somos también decidió hacer cambios y ahora pasará a llamarse "Pro-Coalición Cívica". Mientras que Veronelli se distanció del bloque libertario y de las políticas del Gobierno nacional, la modificación en el caso de Somos, (ahora Pro-Coalición Cívica), tiene otra significación: el espacio que integra el oficialismo local - que suena a las alianzas de 2015, con Cambiemos; y de 2019, con Juntos por el Cambio, en ambos casos con las fuerzas radicales) ya cumplió su ciclo: Fue el sello que utilizó Pablo Petrecca cuando no podía ser reelecto intendente por haber cumplido los años permitidos por la ley y decidió dar el salto al Senado.
Visto que no pudo asegurarse en ningún espacio el lugar que pretendía, creó Somos, para asegurarse ser cabeza de lista y desembarcar en la ciudad de La Plata. Ahora, cumplida esa misión y ante los nuevos tiempos, mejor cambiar. Simple, aunque digan otra cosa.
Lo que no se cuenta es que en este cambio de figuritas cual álbum del mundial van las ilusiones y expectativas de quienes apoyaron una idea que dejaron impresa en el cartel que aún existe en el viejo local partidario de la esquina de las calles Rivadavia y Malvinas Argentinas.
Ya lo dijo Groucho Marx, “estos son mis principios, si no le gusta, tengo otros”. Está visto, cambiar de opinión según lo que pida el momento, no creer en lo que se pregona y defiende y el cinismo de tomar la moral como un juego o una herramienta de conveniencia, ganaron la política nacional, y también la local sin que les importe, aunque sea un poquito.
Eso sí, hablan de convicciones sin ponerse colorados aunque 'se preocupan' porque sus representados se desinteresan en lo que hacen, dicen y prometen.