Por: Redacción Semanario de Junín
SECCIÓN SEMANAGRO PUBLICADA EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 529 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 29 DE AGOSTO AL 4 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Durante décadas, buena parte de la discusión sobre la ganadería argentina estuvo concentrada en las mismas variables: cantidad de cabezas, producción de carne, consumo interno, exportaciones y precios de la hacienda. Son indicadores indispensables para conocer la evolución del negocio, pero pueden dejar fuera de cuadro una transformación menos visible y, acaso por eso, mucho menos discutida: la sociedad rural que sostuvo históricamente a la ganadería ya no es la misma.
Esa es la hipótesis que plantea el ingeniero agrónomo Andrés Halle en su reciente trabajo “Del arraigo rural a la concentración productiva”, publicado por el Centro Argentino de Ingenieros Agrónomos (CADIA). El autor sostiene que durante las últimas décadas la actividad atravesó uno de los mayores cambios de su historia, aunque a simple vista haya parecido que nada demasiado importante ocurría: las vacas siguieron estando, la producción continuó y la carne siguió llegando al mercado.
El problema, justamente, está en aquello que las estadísticas productivas no siempre muestran.
Según Halle, detrás de esa continuidad se produjo una reducción sostenida del número de establecimientos ganaderos, un incremento del tamaño promedio de los rodeos, una menor población residente en el campo y una creciente concentración de la producción en unidades de mayor escala.
En este aspecto agregamos un dato significativo y es que muchos productores que se habían elegido alquilar su campo, terminaron comprendiendo que una matriz extractivista como la de la agricultura actual, terminaría por liquidar la aptitud agrícola de sus tierras y con ello hipotecaría su patrimonio.
La ganadería conserva sus vacas pero lo que está cambiando, y quizá más rápido de lo que se advierte, es el campo humano que las rodea
Para comprender el proceso hay que retroceder varias décadas. Halle ubica buena parte del origen de la transformación fuera de la propia ganadería: en la revolución tecnológica que atravesó a la agricultura argentina durante los años 90 y, con mayor intensidad, desde comienzos de los 2000.
La expansión de la siembra directa, la incorporación de la soja RR, el contratismo rural, el aumento de la capacidad operativa de la maquinaria y la agricultura de precisión modificaron sustancialmente la productividad agrícola.
La consecuencia fue que un mismo productor pudo administrar superficies considerablemente mayores que en el pasado.
Al mismo tiempo, los ambientes de mayor aptitud productiva comenzaron a ser disputados con mayor intensidad. Tierras que históricamente habían sido compartidas por la agricultura y la ganadería pasaron progresivamente hacia la producción de granos.
La ganadería quedó así sometida a una competencia diferente por el recurso tierra.
A eso se sumaron, según el trabajo, períodos de menor rentabilidad relativa, la inmovilización de capital propia de la producción bovina y una característica que diferencia al negocio de otras actividades: requiere presencia y atención durante todo el año.
Entonces la respuesta no fue abandonar la ganadería, sino que buscaron transformarla.
El sector incorporó tecnología, aumentó la productividad por hectárea, intensificó sistemas, desplazó parte del rodeo hacia regiones de menor aptitud agrícola y desarrolló con mayor intensidad los feedlots y sistemas más eficientes de recría y terminación.

La paradoja es que una actividad puede adaptarse exitosamente desde el punto de vista productivo y, al mismo tiempo, experimentar una transformación social profunda.
Los registros de Senasa utilizados por Halle muestran que entre 2012 y 2025 disminuyó el número de establecimientos con existencias bovinas mientras aumentó el tamaño promedio de los rodeos y la participación de los estratos de mayor escala.
El fenómeno no fue idéntico en todas las provincias, pero la tendencia general aparece en buena parte del territorio nacional.
Los Censos Nacionales Agropecuarios permiten ampliar todavía más la perspectiva. La reducción de explotaciones y el despoblamiento rural no serían fenómenos recientes, sino procesos que llevan varias décadas y que ayudan a explicar la estructura actual del sector.
Halle señala que, de acuerdo con los datos que utiliza, en las últimas tres décadas desaparecieron cuatro de cada diez explotaciones agropecuarias
El planteo más interesante del trabajo aparece cuando Halle lleva esta transformación al terreno del tradicional ciclo ganadero argentino.
La teoría clásica explica las etapas de liquidación y retención de vientres a partir de los precios relativos de la hacienda, los granos y otras actividades agropecuarias, además de las condiciones macroeconómicas.
Pero esa explicación fue construida sobre una estructura productiva en la que cientos de miles de establecimientos familiares tenían una escala relativamente reducida y donde la unidad productiva coincidía, en buena medida, con la unidad doméstica.
En aquel escenario, vender vacas podía ser una decisión de supervivencia. Cuando faltaba liquidez, el productor familiar podía desprenderse de vientres para sostener la explotación o la economía del hogar. Y cuando mejoraban las expectativas, podía reconstruir rápidamente el rodeo utilizando infraestructura y superficies disponibles.
Pero ¿qué sucede cuando ese productor ya no es el protagonista mayoritario?
La pregunta adquiere dimensión cuando Halle señala que, de acuerdo con los datos que utiliza, en las últimas tres décadas desaparecieron cuatro de cada diez explotaciones agropecuarias y se despobló la mitad del campo argentino, al tiempo que aumentó el tamaño medio de las empresas y se modificaron las condiciones de acceso al crédito y la gestión del negocio.
No significa que las explicaciones tradicionales del ciclo ganadero hayan dejado de tener utilidad. El propio autor evita semejante conclusión. Lo que plantea es algo más preciso: si cambió estructuralmente el tipo de productor que toma las decisiones, también debería analizarse si sus respuestas ante los precios, el crédito y las expectativas mantienen la misma intensidad y velocidad que en el pasado.
La cuestión tiene consecuencias que exceden las estadísticas ganaderas. El campo puede producir más eficientemente con menos establecimientos, pero esa eficiencia convive con menos familias rurales, menos habitantes permanentes y un entramado social debilitado.
La pregunta de fondo, entonces, no es solamente cuántas vacas tiene la Argentina ni cuántos kilos de carne produce. También es quiénes quedan detrás de esas vacas, dónde viven, qué escala tienen sus explotaciones y qué relación mantienen con las comunidades rurales.
La ganadería argentina se adaptó y continúa siendo una actividad central. Pero aquella sociedad rural que durante generaciones estuvo asociada a su desarrollo se encuentra en plena transformación.
Como advierte Halle, comprender ese proceso no implica juzgarlo ni negar las razones económicas y tecnológicas que lo impulsaron. Significa reconocerlo. Porque si cambió profundamente la estructura productiva y social, también puede haber llegado el momento de revisar algunas de las herramientas con las que se intenta explicar su comportamiento.
La ganadería conserva sus vacas. Lo que está cambiando, y quizá más rápido de lo que se advierte, es el campo humano que las rodea.
En resumen, no debemos olvidar la importancia de una “sociedad rural” que sostenga desde adentro al campo argentino. Una sociedad en el sentido estricto de la palabra y no como el nombre de una organización.
Muchos de los problemas de la política agropecuaria acontecen por la falta de cohesión social de los distintos actores que la componen, los cuales están a merced de grandes grupos económicos que les venden una historia manipulada que los termina invadiendo y utilizando.

