domingo 30 de agosto de 2026

LOCALES | 30 ago 2026

EDITORIAL DE DOMINGO

Achicar el Estado, no los privilegios

08:00 |Si el Estado es tan malo, ¿por qué sus dirigentes disfrutan tanto de sus beneficios?


Por: Redacción Semanario de Junín

EDITORIAL PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 529 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 29 DE AGOSTO AL 4 DE SEPTIEMBRE DE 2026

Hay una contradicción que, de tan repetida, empieza a parecer parte del paisaje político argentino: dirigentes que construyen su identidad sobre la crítica al Estado, prometen reducirlo, cuestionan sus gastos y denuncian los privilegios de la política, pero que cuando llegan al poder descubren que el Estado puede ser bastante cómodo y no lo quieren soltar.

¿Qué Estado quieren achicar y qué Estado están dispuestos a conservar cuando los beneficios los alcanzan a ellos?

Javier Milei hizo de esa contradicción una bandera. El presidente suele hablar de los privilegios de la política, de la necesidad de terminar con la “casta” y de reducir el gasto público. También suele reivindicar su propio “sacrificio” y destacar que su salario perdió poder adquisitivo desde que asumió.

Puede discutirse la evolución real de su remuneración, pero hay algo que no admite demasiada discusión: el salario presidencial es apenas una parte del costo de ejercer la Presidencia. La Quinta de Olivos no sale del bolsillo del presidente. Tampoco el funcionamiento de la residencia oficial, la estructura de seguridad, los vehículos, la logística presidencial o los viajes realizados en cumplimiento de sus funciones.

Entonces, es un contrasentido utilizar el argumento del sacrificio personal a partir del sueldo cuando buena parte de las necesidades materiales propias del cargo están cubiertas por el Estado.

Si el Estado es tan malo, ¿por qué sus dirigentes disfrutan tanto de sus beneficios?

La misma pregunta puede hacerse mucho más cerca de casa. Durante diez años, Pablo Petrecca ocupó la intendencia de Junín. Hoy es senador provincial y continúa teniendo una participación central en la política local. Juan Fiorini, primero como dirigente y funcionario de ese mismo espacio y ahora como intendente interino, y siempre como cuñado, tomó la posta de la administración.

Libertarios y macristas critican con ímpetu a los “planeros” y a los endeudados. Pero resulta bastante fácil señalar a quienes reciben asistencia estatal cuando se pertenece a una clase política que lleva años usufructuando los recursos, las comodidades y la estructura del Estado.

Petrecca fue explícito al hablar de austeridad. En uno de sus discursos sostuvo que el municipio debía “achicar todo el gasto público” y reivindicó la eficiencia como criterio de gestión. ¿El achicamiento alcanza también a quienes conducen el Estado o solamente a quienes dependen de él desde abajo?

Porque durante estos años hubo viajes, reuniones, actos, fiestas, recorridas, vehículos, combustibles, seguros, mantenimiento, estructuras administrativas y toda la logística necesaria para sostener una gestión municipal. Nada de eso es ilegal. Lo naturalizamos como “el costo de gobernar”.

Pero si se pretende instalar que el Estado es una carga para los contribuyentes, también habría que explicar cuánto cuesta sostener a quienes llevan años viviendo de la política estatal.

Pero hay otro detalle más singular y que adquiere dimensión cuando se observa hacia dónde se orientan las decisiones de “nuestros” representantes.

Es allí cuando atienden una ventanilla selectiva donde los beneficiarios terminan siendo siempre los mismos: amigos del poder, empresarios cercanos o grupos que llegan desde afuera con mejores condiciones que quienes viven, trabajan e invierten desde hace décadas en Junín.

Entonces el problema no se resolvió. Simplemente cambió de tamaño y eso es lo preocupante.

Porque mientras al ciudadano se le explica que no hay plata, que debe ajustarse, que debe pagar más por determinados servicios o que el Estado no puede hacerse cargo de sus problemas, hay dirigentes que siguen transitando la política con una comodidad que difícilmente lograría un trabajador común.

El ciudadano paga el combustible. Paga los impuestos. Paga las tasas. Paga el mantenimiento de la infraestructura pública. Paga los salarios de quienes gobiernan. Paga, incluso, buena parte de aquello que no ve. Y después escucha que el problema es el Estado.

Tal vez el problema sea quienes descubrieron que el Estado es maravilloso cuando lo administran ellos y una carga insoportable cuando deben rendir cuentas ante quienes lo financian.

Disfrutar de todos los beneficios que ese mismo Estado proporciona, no es austeridad.

Es angurria.

Y muchos ciudadanos ya aprendieron a reconocerla.

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